CAPÍTULO 4 #7
Sacó el teléfono del bolsillo y encontró un mensaje de Inés preguntándole si pensaba responder de una vez a la pregunta sobre la librera.
Alma resopló, divertida, y escribió que había llevado bizcochitos.
Inés contestó enseguida que aquello no respondía a su pregunta.
Alma miró una última vez el escaparate antes de escribir que a Vera le habían gustado.
La respuesta de su amiga llegó acompañada de una observación que la hizo reírse en mitad de la plaza: estaba perdidísima, porque nadie se ponía a hacer repostería para una mujer que conocía desde hacía poco más de una semana sin que hubiera algún motivo oculto.
Alma empezó a escribir una respuesta, la borró y volvió a intentarlo.
Al final guardó el teléfono sin contestar.
No necesitaba explicárselo a Inés, ni siquiera necesitaba explicárselo a sí misma.
Todavía no. Tenía que responder al correo de la agencia, revisar las fechas de la campaña y decidir qué condiciones estaría dispuesta a aceptar.
La oportunidad profesional seguía siendo buena, y quería aquel trabajo tanto como quería seguir construyendo una vida que le resultara propia. Nada de eso había cambiado.
Pero, mientras caminaba hacia casa, empezó a imaginar los próximos días con una imagen nueva entre sus pensamientos: una mesa llena de libros, una guirnalda de hojas cobrizas y una mujer que sabía reírse de las calabazas asesinas y que había dicho, sin demasiadas vueltas, que le gustaría que volviera.
Alma no sabía qué lugar ocuparía Vera en su vida, ni siquiera si Vera quería que ocupara alguno, pero por primera vez aquella incertidumbre no le pareció una señal de que debía marcharse antes de que las cosas se complicaran.
Le pareció una razón para ir despacio, conocerla y descubrir qué podía surgir entre ellas sin obligarlo a convertirse en algo antes de tiempo.
Cuando llegó a casa, dejó el abrigo en el perchero y encendió la luz de la cocina.
El olor a canela todavía permanecía en el aire, mezclado con el de la manzana y el café que se había quedado frío por la mañana.
Alma abrió la caja metálica y comprobó que quedaban tres bizcochitos.
Se comió uno mientras leía el correo de la agencia y otro mientras anotaba las fechas de las reuniones.
El tercero lo dejó en un plato, sin una razón concreta que pudiera explicar.
Quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, había algo que le apetecía guardar para después.
A la mañana siguiente, Vera abrió la librería a las nueve y cuarto.
El cielo estaba despejado, aunque las piedras de la calle seguían húmedas por la lluvia de la noche, y el olor a papel la recibió como siempre cuando entró, dejó el bolso bajo el mostrador y se quitó el abrigo.
Sin embargo, aquella mañana le pareció percibir también un rastro de canela, un recuerdo que la hizo sonreír mientras encendía las luces y comprobaba las tareas pendientes.
No tenía motivos para pensar que Alma volvería pronto.
Habían hablado de continuar organizando la noche de historias, pero todavía quedaban muchas cosas por decidir y la fotógrafa tenía su propio trabajo.
Vera no quería convertirse en una persona que pasara el día pendiente de la campanilla de la puerta.
Había facturas que revisar, pedidos que preparar y una librería que mantener a flote.
Así que empezó por organizar las devoluciones, respondió a dos correos y preparó una lista con los libros que quería destacar en el escaparate de Halloween.
A las once y cuarto, sin embargo, se descubrió pensando si Alma habría desayunado y si habría conseguido preparar una receta nueva sin cubrir de harina toda la cocina.
—Esto es ridículo —murmuró, aunque no parecía especialmente molesta consigo misma.
Don Ramiro, desde el escaparate, mantuvo su expresión de eterna sospecha.
Vera abrió el cuaderno y escribió una nueva tarea: preparar las tarjetas para la búsqueda de pistas.
Debajo añadió otra: preguntar a Alma qué día podía volver.
Se quedó mirando la frase durante unos segundos, consciente de que aquella pregunta no era imprescindible para organizar el evento.
Podía enviarle un mensaje más adelante, cuando tuviera algo concreto que consultarle, o esperar a que se encontraran de nuevo.
Sin embargo, la idea de volver a verla le resultaba agradable y no encontraba ninguna razón para fingir lo contrario.
Cerró el cuaderno con una sonrisa y se dispuso a trabajar.
No necesitaba saber cómo iba a terminar una historia para querer leer la página siguiente, del mismo modo que no necesitaba conocer el significado exacto de un gesto para disfrutar de lo que le había hecho sentir.
Quizá aquella tarde no había sido más que una conversación agradable y una receta que había salido mejor de lo esperado.
Quizá los roces de sus manos no significaban nada más que dos personas moviéndose en una cocina demasiado pequeña.
Vera no tenía forma de saberlo, y por el momento no necesitaba averiguarlo.
Lo único que sabía era que, desde que Alma había entrado en la librería con una caja de bizcochitos bajo el brazo, el recuerdo de su risa parecía haberse instalado entre los libros.
Y, aunque Vera todavía no estaba dispuesta a reconocerlo en voz alta, empezaba a sospechar que aquella historia tenía un aroma muy particular: manzana, canela y algo dulce que no figuraba en ninguna receta.