Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 4 #6
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CAPÍTULO 4 #6

La respuesta era sencilla, pero Alma se quedó pensando en ella mientras salían del armario.

Era una forma distinta de medir el valor de las cosas, no por su precio ni por el tiempo que llevaban guardadas, sino por el deseo de volver a hacerles sitio.

Quizá se podía aplicar también a los lugares, a las personas o a ciertas partes de una misma que una creía haber dejado atrás y que, de pronto, deseaba recuperar.

—Entonces esta guirnalda debe de ser muy importante —comentó.

Vera sonrió y cerró la caja con cuidado.

—Lo es.

Alma no preguntó por qué. No hacía falta.

A las seis y cuarto, la librería volvió a abrir sus puertas y la tarde recuperó su ritmo habitual.

La mujer que había estado hojeando una novela regresó para comprarla, el padre del niño de los dragones pasó por delante del escaparate y saludó con la mano, y una pareja entró buscando un regalo de cumpleaños antes de marcharse con dos libros y la promesa de volver antes de Halloween.

Alma se quedó junto a la mesa del fondo, revisando las notas que habían preparado, mientras Vera atendía a los clientes con una naturalidad que le hizo comprender que, por mucho que la librería le preocupara, aquel trabajo seguía siendo una parte importante de su vida.

Cuando el último cliente se marchó, Vera giró el cartel de la puerta y regresó a la mesa. Miró la lista, comprobó las tareas que habían anotado y pareció satisfecha con el resultado.

—Creo que hemos conseguido avanzar bastante.

—Tenemos una lista de lecturas, una propuesta para la búsqueda de pistas, una idea para la merienda y una caja de adornos que ha intentado asesinarnos —resumió Alma—. Diría que ha sido una tarde productiva.

—No olvides la guirnalda.

—La guirnalda es una pieza clave del proyecto.

Vera sonrió y guardó las hojas en la carpeta.

—Podría funcionar. No resolverá todos los problemas, pero al menos tendremos algo concreto que preparar.

Alma asintió. No quería fingir que una noche de historias bastaría para solucionar las dificultades económicas de la librería, y tampoco pretendía ofrecerle a Vera un optimismo vacío.

Había visto suficientes pequeños negocios para saber que las buenas ideas no siempre se traducían en ventas y que, a veces, el esfuerzo de una persona no bastaba para mantener a flote un proyecto.

Sin embargo, también sabía que crear una actividad capaz de reunir a la gente alrededor de los libros podía tener valor incluso si no cambiaba las cuentas de un mes para otro.

—Creo que sí —dijo—. Y, si al final decides hacerlo, podemos pensar en cómo anunciarlo. Una fotografía del escaparate, algunos libros, las luces. Algo que invite a entrar sin necesidad de prometer una noche inolvidable.

Vera levantó las cejas con fingida indignación.

—¿Por qué no una noche inolvidable?

—Porque, si la prometemos, tendremos que contratar a un fantasma profesional.

—Conozco a alguien que podría hacerlo.

—¿A don Ramiro?

—No. Don Ramiro trabaja en exclusiva para la librería.

Alma soltó una carcajada y guardó el lápiz.

Después recogió las tazas que habían dejado sobre la mesa y las llevó a la cocina, donde las enjuagó antes de volver al mostrador.

Vera estaba colocando la carpeta en un cajón cuando Alma se decidió a hacer una pregunta que llevaba unos minutos rondándole la cabeza.

—¿Quieres que vuelva otro día para seguir organizándolo?

La naturalidad con la que pronunció aquellas palabras la sorprendió. No había preparado la frase ni buscado una excusa para justificarla. Simplemente quería volver, y por primera vez no sintió la necesidad de disfrazar aquel deseo de una tarea profesional.

Vera levantó la cabeza y la miró durante un instante antes de responder.

—Me gustaría que volvieras. Si te apetece, claro. Podemos seguir pensando en el evento y, si no, también podemos hablar de libros.

Alma sintió que una sonrisa le aparecía en el rostro antes de que pudiera evitarlo.

—Me apetece.

No añadió que llevaba toda la tarde buscando maneras de prolongar el encuentro, ni confesó que el contacto de sus manos seguía presente en su memoria con una nitidez absurda.

Tampoco explicó que había pensado en Vera mientras mezclaba la mantequilla con el azúcar, ni que la idea de volver a la librería se había convertido en uno de los momentos que más esperaba de la semana.

Se limitó a sonreír y a dejar que la respuesta fuera suficiente, agradecida de que Vera no le pidiera más explicaciones.

Cuando salió a la calle, la tarde empezaba a oscurecer.

Las farolas se habían encendido en la plaza y las ventanas de las casas brillaban detrás de los cristales empañados.

Una corriente de aire levantó varias hojas del suelo y las hizo girar alrededor de sus zapatos.

Alma se detuvo junto al escaparate y miró hacia el interior.

A través del cristal vio a Vera colocar la guirnalda alrededor de una pequeña estantería, comprobando cómo quedaba cada tramo y cambiando de posición alguna hoja que parecía no encajar.

No necesitaba una fotografía para recordar aquella imagen.

De hecho, se alegró de haber dejado la cámara en casa.

Había momentos que no quería convertir en un archivo ni revisar después buscando el encuadre perfecto, momentos que prefería conservar de la manera imperfecta en que habían sucedido: una risa inesperada, una caja de adornos derramada por el suelo, el olor a canela en una cocina pequeña y unas manos que se habían rozado dos veces.

Alma bajó la mirada hacia sus dedos mientras reanudaba el camino.

No había pasado nada que pudiera considerarse una promesa.

Un roce no significaba que Vera estuviera interesada en ella, del mismo modo que una sonrisa no equivalía a una declaración.

Que la librera hubiera dicho que le gustaría verla de nuevo tampoco implicaba necesariamente que quisiera algo más que su compañía.

Alma no iba a inventarse una historia entera a partir de unos cuantos gestos, pero tampoco necesitaba fingir que aquellos gestos no le habían importado.