CAPÍTULO 4 #5
—Podemos preparar dos partes —propuso Alma—. Primero las lecturas, para quienes quieran escuchar las historias con tranquilidad, y después la búsqueda de pistas y la merienda. Así cada persona puede participar a su manera sin que todo el mundo tenga que hacer lo mismo durante toda la tarde.
Vera se quedó pensando y luego asintió.
—Eso me gusta. Y podríamos dejar una mesa con los libros de los que hayamos leído fragmentos. Si alguien quiere llevárselos, podrá comprarlos al terminar.
—Perfecto. Las calabazas podrán considerarse una inversión empresarial.
—Empiezo a pensar que tienes una obsesión con mis calabazas.
—Me preocupa su impacto en la economía local.
La risa de Vera llenó la pequeña habitación y Alma volvió a experimentar aquella satisfacción tranquila que había sentido al verla probar los bizcochitos.
Le gustaba hacerla reír, aunque no solo porque la risa de Vera tuviera un sonido cálido y ligeramente grave.
Había algo especial en verla disfrutar de un momento sin que la preocupación por la librería ocupara todo el espacio.
Alma deseó poder regalarle más tardes así, aunque sabía que no podía convertir aquella idea en una responsabilidad ni decidir por adelantado qué lugar quería ocupar en la vida de Vera.
Continuaron revisando la lista y distribuyendo las tareas que todavía quedaban pendientes.
Vera anotó que debía elegir las lecturas y comprobar cuánto espacio tenían disponible; Alma se ofreció a ayudarla a pensar en las pistas y en la manera de anunciar el evento, siempre que ambas pudieran acordar primero qué necesitaba la librería.
No hablaron de presupuestos concretos ni dieron por hecho que Alma fuera a realizar un trabajo fotográfico gratuito.
Vera había dejado claro que quería respetar su profesión, y Alma agradecía que no tuviera que defender sus límites antes de que nadie se los hubiera cuestionado.
Cuando terminaron, la hoja nueva contenía una propuesta bastante más ordenada que las notas originales.
No resolvía todos los problemas ni garantizaba que la gente acudiera en masa, pero convertía una idea dispersa en un plan que podían empezar a poner en práctica.
Vera pasó los dedos por el borde del papel y sonrió con una mezcla de alivio y prudencia.
—Creo que podría funcionar.
Alma apoyó el lápiz sobre la mesa.
—Yo también. Y, si al final decides hacerlo, podemos pensar en cómo anunciarlo para que la gente se anime a venir. Una fotografía del escaparate, algunos libros, las luces… Algo que invite a entrar sin prometer una noche inolvidable.
—¿Por qué no una noche inolvidable?
—Porque, si la prometemos, tendremos que contratar a un fantasma profesional.
—Conozco a alguien que podría hacerlo.
—¿A don Ramiro?
—No. Don Ramiro trabaja en exclusiva para la librería.
Alma se echó a reír y guardó el lápiz. La conversación había sido tan fácil que le costaba creer que apenas estuvieran empezando a conocerse.
No necesitaba esforzarse por encontrar algo que decir ni calcular cuánto tiempo podía quedarse sin parecer demasiado interesada.
Podía hacer una pregunta, escuchar la respuesta y dejar que el tema siguiente apareciera por sí solo.
Aquel tipo de comodidad le resultaba familiar en algunos momentos de su vida, pero llevaba bastante tiempo sin encontrarla con alguien nuevo.
Cuando decidieron buscar la guirnalda de hojas que Vera quería utilizar para decorar la librería, la tarde ya había avanzado.
La librera condujo a Alma hasta un armario situado junto a la cocina, donde guardaba las cajas con adornos de distintas temporadas.
El espacio era más profundo de lo que parecía desde fuera y contenía una colección de objetos que quizá habían pertenecido a la librería desde que abrió: paquetes de papel de regalo, una pequeña estrella de Navidad, varias bolsas con adornos de Halloween y un árbol artificial desmontado que descansaba en el estante inferior.
—La caja debería estar arriba, detrás de los paquetes de papel —explicó Vera—. Hay varias, así que te aviso de que el orden responde a una lógica que solo yo comprendo.
—Mi especialidad es trabajar en espacios caóticos.
—Eso explica muchas cosas.
Alma miró el interior del armario y localizó tres cajas con etiquetas de distintos colores.
La guirnalda estaba en la del fondo, identificada con una etiqueta amarilla, pero una caja más grande bloqueaba el acceso.
Alma alargó el brazo para alcanzarla y tiró con cuidado.
El cartón se enganchó en el borde de la estantería y no se movió.
Probó de nuevo, esta vez inclinando ligeramente la caja, pero una bolsa de adornos se deslizó desde arriba y cayó directamente sobre su cabeza.
Una lluvia de pequeñas calabazas de plástico, murciélagos de cartón y hojas artificiales se derramó por el suelo.
Durante un segundo, ninguna de las dos habló.
Alma tenía una calabaza naranja apoyada en el hombro y otra había quedado atrapada entre su brazo y el costado.
Vera se llevó una mano a la boca, intentando contener la risa, pero el esfuerzo solo consiguió que emitiera un sonido ahogado.
—No te rías —advirtió Alma, quitándose la calabaza del hombro—. He venido a ayudar y estoy siendo atacada por el material de decoración.
—Lo siento muchísimo —consiguió decir Vera, aunque su expresión demostraba que no lo sentía tanto.
—No lo parece.
La librera terminó apoyándose en la estantería, incapaz de contener la carcajada. Alma la observó con fingida indignación, sosteniendo una de las calabazas delante de ella como si fuera una prueba en un juicio.
—¿Has terminado?
—Todavía no.
—¿Necesitas agua? ¿Un médico? ¿Una segunda opinión?
Vera intentó responder, pero volvió a reírse y tuvo que cerrar los ojos un momento para recuperar el aliento.
Alma acabó riéndose también, incapaz de mantener la seriedad frente a aquella alegría tan contagiosa.
Durante unos segundos solo se escucharon sus risas y el crujido de las hojas artificiales bajo sus zapatos, mientras la pequeña habitación parecía haberse convertido en el escenario de una representación absurda cuyo único propósito era demostrar que ninguna de las dos sabía tomarse demasiado en serio.
Cuando Vera consiguió tranquilizarse, se agachó para recoger los adornos.
—Perdona —dijo, todavía sonriendo—. No me estoy riendo de ti.
—Te estás riendo de mi desgracia decorativa.
—Eso sí.
Alma le tendió la pequeña calabaza que aún sostenía y después se agachó para ayudarla.
Fueron reuniendo las hojas, los murciélagos y las calabazas de plástico, mientras Vera le indicaba dónde dejar cada cosa.
En un momento dado, ambas alargaron la mano hacia la misma hoja de color cobrizo y sus dedos se encontraron de nuevo.
Esta vez ninguna retiró la mano inmediatamente.
El contacto fue leve, pero Alma sintió con una claridad inesperada el calor de los dedos de Vera junto a los suyos.
Podría haberse apartado, haber hecho una broma o haber fingido que no había ocurrido nada, como hacía siempre que una situación amenazaba con importarle más de la cuenta.
Sin embargo, Vera seguía allí, agachada a su lado, sin mostrar incomodidad ni intentar convertir el gesto en algo distinto de lo que era.
Simplemente no se había apartado, y Alma descubrió que tampoco quería hacerlo todavía.
Levantó la mirada. Vera tenía los ojos puestos en algún punto cercano a sus manos, y su expresión era tranquila, aunque había algo en la pequeña curva de sus labios que hizo que Alma sintiera un golpe de nerviosismo en el pecho.
No podía saber qué estaba pensando Vera, ni quería atribuirle una intención que quizá no existía.
Aun así, durante aquel breve instante, el espacio entre ambas pareció reducirse hasta convertirse en algo que Alma podía notar incluso sin moverse.
—Creo que esta hoja es tuya —murmuró.
Vera sonrió.
—La has cogido tú primero.
—Podemos compartirla.
La frase salió antes de que Alma pudiera pensarla, y durante un instante deseó recogerla del aire y guardársela en el bolsillo.
No era una declaración, ni siquiera una invitación real, pero sonaba demasiado parecida a una de esas frases que podían adquirir un significado distinto dependiendo de quién las escuchara.
Vera no se burló de ella ni respondió inmediatamente.
Sus dedos rozaron los de Alma una última vez antes de que ambas soltaran la hoja y la dejaran en la caja junto al resto de los adornos.
—Creo que ya tenemos suficientes hojas para decorar la librería —dijo Vera, recuperando el hilo de la tarea.
Alma asintió y se levantó, agradecida de tener algo que hacer con las manos.
—Sí. Aunque no sé si me atrevería a volver a abrir esa bolsa.
—Podemos dejar que las calabazas se tranquilicen un rato.
Vera desplazó una caja de papel de regalo para despejar el acceso al estante y después indicó a Alma que podía tirar despacio de la caja amarilla.
Esta vez salió sin dificultad. Dentro había una guirnalda de hojas secas, dos pequeñas lámparas y una colección de estrellas de papel que Vera había guardado junto con los adornos del año anterior.
—Encontrada —anunció Alma, sosteniéndola para que Vera pudiera comprobar que era la correcta.
—Sabía que estaba por aquí.
—¿Tienes una caja con una etiqueta amarilla para cada objeto que posees?
—No. Solo para las cosas importantes.
Alma miró el contenido de la caja y después volvió la atención hacia Vera.
—¿Y cómo decides cuáles son importantes?
La librera pasó los dedos por una de las hojas de la guirnalda antes de responder.
—Supongo que por las ganas que tengo de volver a utilizarlas.