CAPÍTULO 4 #4
Alma notó que aquella frase se quedaba suspendida entre ellas.
No había sido pronunciada con solemnidad ni parecía esconder una intención concreta, pero le despertó una curiosidad que fue más allá de los libros.
Se preguntó qué clase de historias le gustaban a Vera porque se parecían a su manera de entender el mundo y cuáles porque le permitían imaginar cosas que quizá no se atrevía a pedir en su propia vida.
—¿Como qué? —preguntó.
—Como una vida —respondió Vera después de pensarlo un momento—. Amigos, trabajo, miedos, cosas que quieren hacer aunque no estén enamorados de nadie. Me gusta cuando dos personas se encuentran y se hacen sitio en sus vidas sin que una tenga que desaparecer para que quepa la otra.
Alma bajó la mirada hacia su taza. La respuesta le había gustado demasiado, quizá porque llevaba tiempo intentando averiguar cómo se podía querer a alguien sin convertirlo en una decisión que lo cambiara todo.
Quería seguir creciendo como fotógrafa, encontrar proyectos que la entusiasmaran y viajar cuando el trabajo lo exigiera, pero también estaba cansada de organizar su vida como si todo lo demás tuviera que esperar hasta que hubiera terminado de perseguir la siguiente oportunidad.
No quería renunciar a su carrera por una relación, pero tampoco quería seguir comportándose como si cualquier vínculo importante fuera una amenaza para su independencia.
—Eso suena a una buena historia —dijo finalmente.
—También puede salir fatal.
—Las mejores suelen tener algún problema.
Vera soltó una risa y le pasó la taza.
—Entonces estamos de acuerdo.
Alma dio un sorbo al café. Era fuerte, algo amargo y bastante mejor de lo que Vera había anunciado, aunque decidió que sería prudente no decirlo para evitar que la librera se sintiera obligada a defender la calidad de su cafetera.
Mientras bebía, Vera volvió a preguntarle por los bizcochitos y Alma terminó contándole cómo había conseguido cubrir la cocina de harina durante su primer intento.
La librera se rio tanto al escuchar la parte del soplido que tuvo que dejar la taza sobre la encimera.
—Me alegra que hayas decidido dedicarte a la fotografía —dijo—. No sé si habría sobrevivido a tus primeros años como repostera.
—La fotografía también tiene sus dificultades. Aunque, por lo general, no necesito utilizar un horno.
—¿Nunca has intentado fotografiar comida?
—Sí, y es mucho más difícil de lo que parece. Todo el mundo piensa que basta con poner un plato bonito junto a una ventana y hacer una foto, pero hay que controlar la luz, la composición, los reflejos y un montón de detalles que nadie nota hasta que salen mal.
—¿Y cómo sabes que una fotografía está bien?
La pregunta hizo que Alma dejara de sonreír por un momento. Era una cuestión que le habían planteado muchas veces, pero casi siempre en términos técnicos: si la luz estaba bien medida, si la imagen era nítida o si el encuadre funcionaba. Vera, en cambio, parecía interesada en algo distinto.
—Supongo que cuando consigo que la imagen se parezca a lo que quería mostrar —respondió—.
A veces una fotografía está técnicamente bien y, sin embargo, no cuenta nada.
Puedes hacer un retrato precioso y no conseguir que la persona que aparece en él se reconozca.
O puedes fotografiar algo aparentemente insignificante y descubrir después que era justo eso lo que querías recordar.
Vera escuchaba con atención, sin interrumpirla.
Alma se sorprendió al darse cuenta de que estaba hablando de su trabajo con una sinceridad que no solía permitirse en las primeras conversaciones.
Con otras personas tendía a resumir sus proyectos, mencionar algún encargo interesante y dejar las explicaciones más personales para cuando conocía mejor a quien tenía delante.
Con Vera, en cambio, parecía sencillo detenerse en los detalles y admitir que a veces no sabía muy bien qué estaba buscando hasta que lo encontraba.
—¿Y qué es lo que más te gusta fotografiar? —preguntó Vera.
—Las personas, supongo. Los retratos, los pequeños negocios, los momentos que alguien quiere conservar sin saber exactamente por qué. Me gusta encontrar algo que ya estaba allí y que quizá nadie había mirado con demasiada atención.
Vera bajó los ojos hacia su taza y sonrió.
—Eso se parece bastante a lo que intento hacer aquí.
Alma sintió que la conversación acababa de acercarlas un poco más.
No porque compartieran el mismo oficio, sino porque empezaba a entender que ambas encontraban una parte importante de sí mismas en la atención a los demás.
Vera buscaba libros que pudieran acompañar a alguien en un momento concreto de su vida; Alma intentaba hacer fotografías que conservaran algo más que una imagen bonita.
Ninguna podía saber de antemano qué iba a encontrar, pero las dos parecían disfrutar del momento en que algo encajaba.
Terminaron el café sin darse cuenta de cuánto tiempo habían pasado hablando. Cuando regresaron a la mesa del fondo, Alma tuvo la sensación de que había entrado en la librería hacía apenas unos minutos, aunque la luz que llegaba desde la ventana había cambiado y la plaza empezaba a oscurecerse.
Vera extendió sobre la mesa la carpeta con sus notas y Alma buscó un lápiz entre los catálogos.
La librera había reunido ideas para tres eventos diferentes, con listas de libros, posibles lecturas y varias anotaciones sobre la decoración del escaparate.
Algunas frases estaban tachadas y otras aparecían rodeadas por círculos que se cruzaban entre sí.
Alma observó el cuaderno con una mezcla de admiración y simpatía, porque reconocía aquella manera de pensar en varias direcciones al mismo tiempo y esperar que todas terminaran encontrando un lugar común.
—Esto tiene muy buena pinta —dijo.
Vera le lanzó una mirada escéptica.
—Esto es un desastre.
—Es un desastre con estructura.
La librera se rio y señaló la lista de lecturas.
—Tengo ideas para tres eventos distintos y no sé cómo convertirlas en uno solo.
—Podemos separarlas y ver qué tienen en común. Por ejemplo, las historias, el ambiente y la merienda. Si empezamos por ahí, quizá resulte más fácil decidir qué merece la pena mantener.
Alma escribió los tres apartados en una hoja nueva, pero antes de continuar levantó la mirada.
—¿Te parece bien que tome algunas notas? Puedo escribir yo, pero te iré diciendo lo que pongo para que sigas el hilo.
Vera asintió con agradecimiento.
—Sí, por favor. Así podré pensar en lo siguiente mientras tú escribes.
Empezaron por las historias. Vera quería elegir varias lecturas cortas que pudieran escucharse sin que la gente tuviera que permanecer sentada durante demasiado tiempo.
Alma propuso una historia de fantasmas, otra de brujas y una tercera que tuviera un punto romántico sin resultar empalagosa.
También podían leer fragmentos de distintos libros y preparar una pequeña mesa de novedades para que quienes descubrieran algún título interesante pudieran llevárselo a casa.
Aquello permitiría que la noche tuviera un vínculo natural con la librería y, aunque no garantizaría un aumento significativo de las ventas, al menos daría a los asistentes una oportunidad de conocer los libros que Vera quería recomendar.
—Podríamos hacer una búsqueda de pistas después de las lecturas —añadió Alma—. Algo sencillo, relacionado con los libros. Cada persona recibe una tarjeta con una pregunta y tiene que encontrar la respuesta en alguna de las estanterías.
Vera levantó la cabeza con interés.
—¿Como una búsqueda del tesoro?
—Exactamente, pero sin tener que correr ni mover muebles. Podemos preparar pistas que obliguen a mirar los libros con un poco más de atención. Si alguien encuentra la respuesta, recibe la siguiente pregunta y al final todos llegan al mismo sitio.
—¿Y si alguien no encuentra la respuesta?
—Le damos una pista.
—¿Y si la pista tampoco funciona?
Alma fingió pensarlo con mucha seriedad.
—Le damos otra. Y, si después de eso sigue sin funcionar, le ofrecemos un bizcochito y declaramos que ha ganado por perseverancia.
Vera soltó una carcajada y le dio un pequeño golpe con el dorso de la mano en el brazo.
El gesto fue tan espontáneo que Alma apenas tuvo tiempo de reaccionar, pero sintió un calor agradable en el lugar donde la había tocado.
Vera ya había vuelto a mirar el cuaderno, aparentemente ajena a la importancia que aquel contacto había adquirido para ella, y Alma se obligó a continuar escribiendo antes de que su expresión la delatara.
Pasaron después al ambiente. Vera quería una decoración cálida, con luces suaves, hojas secas y algunos adornos que recordaran a Halloween sin convertir la librería en una casa del terror.
Alma sugirió colocar pequeñas lámparas entre los libros y reservar las calabazas para el escaparate, donde podrían atraer la atención de quienes pasaran por la calle.
También hablaron de la distribución del espacio y de cómo evitar que las cajas o los cables dificultaran el paso.
Vera quería que los asistentes pudieran moverse cómodamente, encontrar un sitio donde sentarse y disfrutar de la actividad sin tener que adaptarse a una disposición incómoda.
Mientras la escuchaba, Alma comprendió que Vera no estaba pensando únicamente en cómo hacer que el evento quedara bonito.
Se preocupaba por las personas que entrarían en la librería, por quienes necesitarían sentarse, por los niños que quizá no conseguirían permanecer quietos durante toda la lectura y por aquellos que preferirían escuchar desde un lugar tranquilo.
Había algo profundamente coherente entre aquella manera de organizar una actividad y la forma en que había tratado al pequeño de los dragones.
Vera no quería que la gente tuviera que adaptarse a la librería; quería que la librería les hiciera sitio.