CAPÍTULO 4 #3
Alma sonrió, agradecida de que no insistiera.
La librera dejó el bizcochito sobre una servilleta y cerró la caja con cuidado, aunque no antes de coger otro trozo.
Aquel gesto sencillo la hizo sentirse extrañamente bienvenida, como si el pequeño regalo hubiera encontrado su sitio sin necesidad de que ninguna de las dos le atribuyera un significado especial.
Había llegado con una excusa y ahora tenía un motivo para quedarse un rato más.
La librería estaba tranquila aquella tarde.
Una mujer mayor hojeaba una novela junto a la ventana, mientras un niño sentado en el suelo intentaba convencer a su padre de que necesitaba un libro sobre dragones porque aquellos animales, según explicó con una seriedad admirable, eran «muy incomprendidos».
Vera escuchó su argumento con atención, le hizo un par de preguntas y después se levantó para buscar un título en una de las estanterías.
Alma observó la escena desde el mostrador y sonrió.
Le gustaba la forma en que Vera trataba al pequeño como si su preocupación por los dragones fuera un asunto tan importante como cualquier otro, sin burlarse de su entusiasmo ni intentar apresurarlo.
Cuando el padre y el niño se marcharon con el libro bajo el brazo, Vera regresó al mostrador y descubrió que Alma la estaba mirando.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Me gusta cómo hablas con los niños.
Vera pareció sorprendida por el comentario.
—¿Por qué?
—Porque no les hablas como si fueran tontos. Hay gente que escucha a un niño y empieza a responderle como si no entendiera nada, incluso cuando el niño sabe perfectamente lo que quiere decir.
Vera se quedó pensativa unos segundos antes de colocar la servilleta en la caja.
—Supongo que a los adultos tampoco nos gusta demasiado que nos hablen como si no entendiéramos nada.
Alma reconoció algo de sí misma en aquella respuesta.
Había visto a personas ofrecer ayuda sin preguntar, explicar cosas que nadie había solicitado o decidir por los demás lo que les convenía.
No siempre había sabido cómo reaccionar ante aquellas situaciones.
A veces se había quedado callada por miedo a equivocarse y otras había intervenido demasiado deprisa, convencida de que una buena intención bastaba para que el gesto resultara adecuado.
Con Vera quería aprender a hacerlo mejor, no porque pretendiera convertirse en alguien perfecto, sino porque le importaba cómo se sentía la mujer que tenía delante.
—¿Te ayudo con algo? —preguntó—. Quiero decir, si estás preparando la noche de historias. Puedo echarte una mano con lo que necesites. Y si hoy no toca, también puedo limitarme a comerme tus existencias de bizcochitos.
—Los bizcochitos son tuyos.
—Ahora son patrimonio cultural de la librería.
Vera soltó una risa y miró hacia la mesa del fondo, donde había varios papeles, una libreta y una lista escrita a mano.
—Precisamente estaba intentando ordenar las ideas para el evento, pero todavía no sé si voy a hacerlo aquí o en el local de la asociación. Si viene mucha gente, estaremos apretados; si viene poca, tampoco quiero que parezca que hemos preparado algo enorme para cuatro personas.
Alma recordó la conversación que habían mantenido en el mercado y la forma en que Vera había hablado de la librería, con una mezcla de orgullo y preocupación que le había dejado claro cuánto significaba aquel lugar para ella.
Sabía que las ventas no iban demasiado bien y que organizar una actividad no iba a resolver todos los problemas económicos, pero también entendía que Vera necesitaba encontrar maneras de mantener vivo el espacio que había construido.
—Podemos pensarlo juntas, si quieres —propuso—. No hace falta decidirlo todo ahora. A lo mejor encontramos una forma de hacerlo aquí sin que la gente tenga que estar apretada entre las estanterías.
Vera pasó los dedos por el borde de la carpeta.
—No quiero que pienses que te estoy pidiendo que trabajes gratis. Lo de las fotografías podemos hablarlo con calma, y si necesitas cobrar por ayudar con la organización, lo entiendo.
Alma sintió una punzada de ternura ante aquella preocupación.
No porque Vera estuviera intentando ser amable, sino porque había pensado en su trabajo como algo que merecía respeto.
No había dado por hecho que, por ser fotógrafa, iba a querer hacer fotografías a cambio de una taza de chocolate y una palmada en el hombro.
—Gracias —respondió—. De verdad. Pero hoy no he venido a trabajar. He venido a traerte bizcochitos y a comprobar que no me he intoxicado yo sola. Si después te apetece que pensemos en el evento, podemos hacerlo. Sin cámara, sin presupuesto y sin que tengas que decidir nada ahora mismo.
Vera pareció relajarse y una sonrisa pequeña le suavizó la expresión.
—Me gustaría.
Aquellas dos palabras tuvieron un efecto inesperado sobre Alma.
No eran una invitación grandiosa ni implicaban nada más que sentarse un rato y hablar de una actividad que quizá se celebraría dentro de unas semanas.
Sin embargo, había algo bonito en que Vera expresara lo que quería sin convertirlo en una disculpa.
Alma asintió, procurando no demostrar cuánto le alegraba aquella respuesta, y esperó mientras la librera se acercaba a la puerta para girar el cartel y anunciar que volverían a abrir en unos minutos.
—Voy a tomarme un café —dijo Vera cuando regresó—. ¿Te apetece uno?
—Sí, gracias.
—¿Con leche?
—Un poco.
—¿Azúcar?
—No, gracias.
Vera se detuvo antes de echar a andar hacia la pequeña cocina.
—¿Canela?
Alma se echó a reír.
—No abuses de tu poder.
La cocina de la librería era poco más que un espacio estrecho al fondo del local, con una encimera pequeña, un fregadero, una cafetera y dos estantes llenos de tazas de distintos tamaños.
Había una caja de cartón en una esquina, repleta de adornos de Halloween que alguien había empezado a reunir el año anterior sin llegar a decidir qué hacer con ellos.
Vera encendió la cafetera y sacó dos tazas de un armario, mientras Alma se apoyaba junto a la puerta y observaba el pequeño espacio con curiosidad.
No era una cocina especialmente bonita, pero tenía algo acogedor en la manera en que cada objeto parecía haber encontrado un lugar por necesidad y costumbre.
—No te voy a mentir —dijo Vera mientras preparaba el café—. Esto no es ninguna maravilla.
—He sobrevivido a cafés de gasolinera a las seis de la mañana. Estoy preparada.
—Eso suena a una historia triste.
—Fue un viaje de trabajo.
—Peor todavía.
Alma sonrió y se apartó un poco para dejarle espacio.
Observó cómo Vera se movía por la cocina con soltura, localizando cada cosa sin perder tiempo, aunque de vez en cuando acercaba un objeto para comprobar una etiqueta o utilizaba el teléfono para ampliar algún texto pequeño que no distinguía bien con la luz.
Alma procuró no quedarse pendiente de cada uno de aquellos gestos.
No quería observar a Vera como si estuviera buscando señales de algo que debía comprender antes que ella, ni convertir una dificultad concreta en el centro de todas sus conversaciones.
Vera no necesitaba que nadie interpretara cada movimiento de su cuerpo; podía limitarse a estar allí, escucharla y preguntarle lo que necesitara saber cuando llegara el momento.
La cafetera emitió un pequeño chasquido y Vera se volvió hacia ella.
—¿Puedes pasarme el bote de azúcar, por favor?
El recipiente estaba junto al microondas, al otro lado de Alma.
Ella se volvió para cogerlo al mismo tiempo que Vera alargaba la mano, y sus dedos se rozaron al encontrarse en el centro de la encimera.
Fue un contacto mínimo, apenas un segundo antes de que ambas retiraran las manos por reflejo, pero las dos se quedaron mirándose con una expresión tan parecida de sorpresa que acabaron riéndose.
—Esto ha sido muy elegante —comentó Alma.
—Una demostración de coordinación impecable.
—Podríamos incorporarlo a la noche de historias. Una actividad de confianza en la que dos personas intentan coger el mismo bote de azúcar.
—Creo que la gente vendría por el chocolate y se marcharía por el espectáculo.
Alma le entregó el recipiente, esta vez con más cuidado.
Vera lo recibió en la palma y sus dedos volvieron a encontrarse durante un instante, esta vez sin la torpeza del primer roce.
Alma sintió la presión suave de sus dedos y fue consciente, de una forma casi incómoda, de lo poco que necesitaba aquel contacto para alterar el ritmo de sus pensamientos.
No había ocurrido nada que no pudiera suceder entre dos personas que compartían una cocina estrecha.
Aun así, cuando Vera apartó la mano y dejó el azúcar junto a las tazas, Alma tuvo que concentrarse deliberadamente en la cafetera para no quedarse mirando sus dedos.
—Bueno —dijo, intentando recuperar una serenidad que empezaba a parecerle una habilidad perdida—, ¿qué clase de historias quieres leer?
Vera removió el café y apoyó la cadera contra la encimera.
—Historias que tengan un poco de misterio, pero que no sean demasiado oscuras. Me gustan los fantasmas que tienen asuntos pendientes, las casas que guardan secretos y las brujas que no necesitan ser malvadas para resultar interesantes.
—¿Y los romances?
Vera levantó la mirada hacia ella.
—¿Qué pasa con ellos?
—En mi primera visita me pediste una historia con romance. Quiero comprobar que no has cambiado de opinión.
La librera sonrió mientras dejaba la cucharilla en el fregadero.
—Me gustan los romances cuando los personajes tienen algo más que ganas de besarse.