Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Estaba bueno. No solo comestible, sino realmente bueno: crujiente por fuera, tierno en el centro y lleno de pequeños trozos de manzana que conservaban su sabor.

La canela tenía suficiente presencia para recordarle el otoño sin imponerse al resto de los ingredientes.

Alma cerró los ojos mientras masticaba y dejó escapar un suspiro de satisfacción que la hizo reírse de sí misma.

Había pasado casi una hora convencida de que estaba a punto de arruinar la cocina, pero el resultado justificaba el esfuerzo.

Miró la bandeja y empezó a imaginar cómo se los enseñaría a Vera.

La idea de llevarlos a la librería la hizo sentirse absurdamente nerviosa, algo que no tenía sentido si se trataba únicamente de compartir un poco de repostería casera.

Podía dejarlos sobre el mostrador, explicarle que había probado una receta y marcharse después de intercambiar unas cuantas bromas.

No tenía por qué convertirlo en un acontecimiento.

Vera no le había pedido nada, y Alma no esperaba que aquellos dulces significaran más de lo que eran.

Sin embargo, mientras los colocaba en una caja metálica con una servilleta de tela en el fondo, se descubrió eligiendo los que tenían mejor aspecto y apartando los que se habían dorado demasiado.

Después cambió de opinión, volvió a incluir uno de los más pequeños y se preguntó si Vera preferiría los que estaban más crujientes o los que habían quedado tiernos por dentro.

Se quedó mirando la caja con una expresión que, de haberla visto Inés, habría provocado una conversación de la que no conseguiría escapar en semanas.

Alma cerró la tapa y se apoyó en la encimera.

Le gustaba Vera. No sabía todavía de qué manera ni hasta dónde llegaba aquella curiosidad, pero empezaba a resultarle imposible fingir que la librera era una persona más entre las muchas que había conocido desde que regresó al pueblo.

Le gustaba su humor, la forma en que escuchaba sin apresurarse a llenar los silencios y aquella mezcla de independencia y calidez que hacía que sus conversaciones resultaran fáciles sin volverse superficiales.

También le gustaba que Vera no pareciera interesada en impresionar a nadie, como si hubiera aprendido a distinguir las cosas que merecían su atención de aquellas que solo hacían ruido.

Lo que Alma no quería era convertir aquella atracción en una expectativa.

No quería presentarse en la librería esperando que Vera respondiera a un sentimiento que ni siquiera había tenido tiempo de comprender, ni usar un gesto amable como argumento para imaginar un futuro que ninguna de las dos había mencionado.

Había cometido ese error otras veces, llenando con posibilidades los espacios que todavía no conocía y asustándose cuando la realidad no encajaba con la historia que se había contado.

Esta vez quería hacerlo de otra manera. Podía disfrutar de una tarde con Vera sin exigirle que significara nada más.

Podía tener ganas de volver sin decidir por adelantado adónde conduciría aquel deseo.

Se cambió la camiseta, se lavó las manos y recogió el pelo antes de salir.

Por un momento consideró llevarse la cámara, pero acabó dejándola sobre la mesa.

Si se la llevaba, siempre podía justificar la visita como algo relacionado con el trabajo, y precisamente quería evitarlo.

No iba a la librería para proponer una sesión de fotos ni para hablar de publicidad.

Iba porque había preparado unos bizcochitos y quería compartirlos con Vera.

La explicación era tan sencilla que casi le daba vergüenza haber tardado tanto en aceptarla.

La lluvia había dado una tregua cuando Alma llegó a la plaza.

El cielo seguía cubierto, pero una luz pálida se filtraba entre las nubes y hacía brillar los adoquines.

Había hojas pegadas a las ruedas de los coches, pequeñas charcas junto a los bordillos y un olor a tierra húmeda que se mezclaba con el del pan recién hecho.

En uno de los extremos de la plaza, un puesto provisional empezaba a asar castañas, y el humo se elevaba despacio antes de deshacerse en el aire frío.

Alma caminó con la caja bajo el brazo, procurando no resbalar en las piedras más lisas, y se detuvo un momento frente al tablón de anuncios del ayuntamiento.

Alguien había añadido un cartel nuevo a la programación de Samaín.

Anunciaba una tarde de cuentos, música y merienda organizada por la asociación vecinal, con una lista de materiales que todavía necesitaban y un número de teléfono al que podían dirigirse quienes quisieran colaborar.

Alma pensó que Vera probablemente ya lo habría visto y se preguntó si aquel anuncio le complicaría los planes o le daría alguna idea.

Después se reprendió por seguir pensando en la librera como si tuviera que participar en todas las decisiones de su día.

Vera tendría sus propios asuntos, sus propios horarios y, seguramente, una lista de cosas pendientes bastante más larga que la que Alma podía imaginar.

Al llegar a A Última Folla , empujó la puerta y la campanilla anunció su entrada. Desde detrás del mostrador llegó la voz de Vera, que parecía estar ordenando algo entre las estanterías.

—Si vienes a devolverme el libro, te recuerdo que todavía no has terminado la primera página.

Alma sonrió antes incluso de verla.

—Me sorprende que lleves un registro tan detallado de mis hábitos lectores.

—Tengo una ficha de cada cliente. La tuya ocupa tres páginas.

—¿Qué pone?

—Que haces demasiadas preguntas y que todavía no has pagado la multa por hablarle al gato de cerámica.

—Pensaba que era una conversación privada.

—En esta librería nada es privado. Don Ramiro me lo cuenta todo.

Vera apareció al otro lado del mostrador con un jersey verde oscuro, el pelo recogido con una pinza y una pequeña mancha de tinta en uno de los dedos.

Llevaba un lápiz detrás de la oreja y parecía haber estado revisando una pila de facturas, porque junto a su mano había varios papeles colocados en montones distintos.

Alma sintió una satisfacción cálida al verla, una especie de alivio que no esperaba experimentar por el simple hecho de encontrarse de nuevo en aquella habitación.

La imagen no tenía nada de extraordinario: Vera estaba trabajando, rodeada de libros, con la misma expresión concentrada que probablemente ponía cada mañana.

Aun así, Alma tuvo la sensación de que el día acababa de encontrar un lugar donde apoyarse.

Levantó la caja metálica para enseñársela.

—He venido a sobornar a la dirección.

Vera miró el recipiente y después volvió la atención hacia ella.

—¿Eso es un soborno?

—Depende de cómo salga el interrogatorio.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

La librera ladeó ligeramente la cabeza, divertida.

—Esa respuesta nunca tranquiliza a nadie.

—He hecho bizcochitos de manzana y canela —explicó Alma—. La receta prometía que eran fáciles, pero creo que quien la escribió tenía una idea bastante particular de la palabra.

—¿Son comestibles?

—He probado dos y sigo viva.

—Una garantía excelente.

Alma dejó la caja sobre el mostrador y abrió la tapa.

El aroma de la manzana y la canela se extendió entre ellas, mezclándose con el olor del papel y la madera.

Vera se inclinó ligeramente para apreciar los dulces y después cogió uno, examinándolo con una curiosidad que hizo que Alma se sintiera de pronto más nerviosa de lo razonable.

—Huelen muy bien —dijo Vera.

—Gracias. Es el resultado de una técnica muy avanzada que consiste en seguir instrucciones y no entrar en pánico cuando las cosas empiezan a salir mal.

—Tendré que tomar nota.

Vera probó un trozo y masticó despacio mientras Alma fingía estar interesada en los libros que había detrás del mostrador.

No tenía ninguna razón para sentirse tan pendiente de su reacción.

Había cocinado algo, se lo había llevado a una persona que le caía bien y esperaba que le gustara.

Era una situación corriente. No obstante, cuando Vera volvió a probar otro trocito, Alma descubrió que estaba conteniendo la respiración.

—Están muy buenos —dijo finalmente la librera.

Alma volvió la cabeza hacia ella.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Puedes decirme que no si no te gustan.

Vera levantó las cejas, divertida.

—Alma, te acabo de decir que están buenos.

—Sí, pero quizá estás siendo educada.

—¿Quieres que te haga una crítica gastronómica completa?

—Preferiría que no incluyera expresiones como «textura cuestionable».

Vera sonrió y volvió a mirar el bizcochito.

—No iba a decir eso. Me gusta que la manzana no esté completamente deshecha y la canela les da un sabor muy de otoño. Están dulces, pero no demasiado.

Alma sintió que algo se relajaba en su pecho. La aprobación de Vera no era importante, se recordó, aunque el pequeño placer que experimentó al escucharla parecía dispuesto a llevarle la contraria.

—Entonces misión cumplida.

—¿Y cuál era exactamente la misión?

La pregunta llegó acompañada de una sonrisa, pero Alma se quedó un instante sin respuesta.

Podría haber dicho que quería probar una receta nueva, que había preparado demasiados o que le apetecía llevar algo a la librería porque sabía que Vera estaba pensando en organizar un evento.

Todas aquellas cosas eran ciertas, pero ninguna explicaba por completo por qué había dedicado tanto tiempo a elegir los dulces que mejor aspecto tenían.

—Quería traer algo rico —respondió al fin.

Vera sostuvo su mirada durante un momento y asintió.

—Pues lo has conseguido.