CAPÍTULO 4
DOS CUCHARADAS DE CANELA
Alma descubrió que había cometido un error en el momento exacto en que la harina salió disparada del cuenco y aterrizó sobre su camiseta negra.
El segundo error fue intentar limpiarla con la mano, porque solo consiguió extender la mancha por el tejido, y el tercero, definitivamente el más estúpido, consistió en soplar para quitarse el polvo blanco de los dedos.
Una nube diminuta se elevó delante de su cara y terminó depositándose sobre la encimera, el paquete de azúcar y las gafas que había dejado junto a la ventana.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplando el resultado de sus esfuerzos con la expresión resignada de quien acaba de comprender que la mañana ha tomado una dirección que ya no puede corregirse.
En el centro de la cocina, el cuenco contenía algo que, con un poco de imaginación y bastante generosidad, podría haber llegado a convertirse en masa.
A su derecha, una cuchara de madera descansaba en el suelo; a su izquierda, el libro de recetas permanecía abierto por una página cuyas instrucciones empezaban a resultar ilegibles entre las salpicaduras.
El gato de la vecina, que se había colado por la puerta trasera aprovechando un descuido, la observaba desde su sitio junto al radiador, con esa indiferencia propia de los animales que nunca han tenido que preparar su propio desayuno.
—Muy bien —murmuró Alma, sacudiéndose las manos—. Esto está saliendo exactamente como lo había planeado.
El gato bostezó.
—Tú no opines. No has aportado absolutamente nada al proyecto.
El animal se levantó, se estiró con parsimonia y abandonó la cocina sin dedicarle una última mirada.
Alma lo siguió con los ojos hasta que desapareció por la puerta y después consultó el reloj del horno.
Eran las once y doce. Llevaba casi una hora intentando preparar unos bizcochitos de manzana y canela, y todavía no había conseguido introducir una sola bandeja en el horno.
La receta prometía una elaboración sencilla, treinta minutos de trabajo y un resultado «perfecto para compartir en una tarde de otoño».
Alma empezaba a sospechar que quien había escrito aquello pertenecía a una sociedad secreta de reposteros profesionales que disfrutaban engañando a los demás.
La idea había surgido la noche anterior, mientras estaba tumbada en la cama, con un libro abierto sobre el pecho y el teléfono en la mano.
Había encontrado una fotografía de unos dulces redondos cubiertos de azúcar glas, colocados en un plato de cerámica junto a una taza de café, y la imagen le había recordado las cocinas de su infancia, las tardes lluviosas y el olor a manzana cocida que se quedaba pegado a las cortinas.
Durante unos minutos había pensado que sería agradable preparar algo parecido.
Después había recordado a Vera, y la idea había adquirido una dirección bastante más concreta.
No se trataba de nada especial, se había dicho.
Solo quería probar una receta nueva y, puesto que probablemente le saldrían más dulces de los que podía comerse ella sola, podía llevar algunos a la librería.
Vera había mencionado que estaba pensando en organizar una noche de historias para Halloween, y quizá le vendría bien tener algo que ofrecer a quienes se acercaran a escuchar.
Era una explicación razonable, práctica y perfectamente compatible con la clase de persona que Alma pretendía ser: alguien que disfrutaba cocinando de vez en cuando y tenía la costumbre de compartir lo que preparaba.
El pequeño detalle de que hubiera pensado en Vera antes incluso de levantarse de la cama no encajaba demasiado bien con aquella explicación, pero Alma había decidido no concederle importancia.
Llevaba poco más de una semana en San Amaro das Follas y no estaba dispuesta a convertir cada gesto amable en el principio de una historia romántica.
Ya había aprendido que el entusiasmo podía ser una cosa maravillosa mientras no empezara a exigir respuestas antes de tiempo.
Le gustaba conocer gente, le gustaban las conversaciones que se prolongaban sin necesidad de mirar el reloj y le gustaba la sensación de descubrir algo nuevo en alguien.
Lo que le costaba era averiguar qué hacer cuando aquellas primeras curiosidades empezaban a convertirse en deseos más concretos.
Con Vera, por el momento, había decidido limitarse a lo sencillo.
Hablar con ella. Conocerla. Encontrar motivos para volver a la librería que no fueran completamente inventados, aunque tampoco pensaba examinar demasiado de cerca la naturaleza de aquellos motivos.
Los bizcochitos, por tanto, eran una idea excelente.
Una idea tan excelente que había comprado manzanas, mantequilla y canela el domingo por la tarde y había dejado todos los ingredientes preparados antes de acostarse.
Ahora, cubierta de harina y con el gato de la vecina probablemente contando su desgracia a todo el vecindario, empezaba a reconsiderar aquella decisión.
El teléfono vibró sobre la mesa. Alma se limpió las manos en el delantal y miró la pantalla.
Inés, su amiga de toda la vida, había escrito para preguntarle qué estaba haciendo.
Alma consideró responder con una mentira sencilla, como que estaba trabajando en unas fotografías o preparando el presupuesto de un encargo, pero después miró la cocina y decidió que la verdad resultaría bastante más entretenida.
Tomó una fotografía del desastre y se la envió sin añadir explicaciones.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Alma sonrió y escribió que estaba haciendo bizcochitos.
Inés contestó con tres emoticonos de risa antes de preguntarle si aquello tenía algo que ver con la librera.
Alma dejó el teléfono boca abajo, como si aquel gesto pudiera impedir que su amiga siguiera haciendo preguntas incómodas, y volvió a concentrarse en la receta.
Era imposible que Inés supiera nada. No había ocurrido nada entre Vera y ella, aparte de una conversación en el mercado, otra en la librería y algunos mensajes que, en realidad, ni siquiera habían intercambiado.
No había motivos para sospechar nada, salvo que Alma había mencionado a Vera demasiadas veces durante los últimos días y que, al parecer, sus amigas conocían sus costumbres mejor de lo que le convenía.
Recogió la cuchara, limpió la encimera y decidió empezar de nuevo.
Esta vez colocó los ingredientes en recipientes pequeños, midió la harina con cuidado y leyó cada paso antes de ejecutarlo.
Se ató el pelo, se ajustó el delantal y dejó el teléfono en la otra punta de la cocina, lejos de cualquier impulso que pudiera distraerla.
La mantequilla se mezcló con el azúcar sin incidentes, los huevos se incorporaron a la preparación y la manzana, cortada en trozos pequeños, empezó a desprender un aroma dulce y fresco que fue llenando poco a poco la habitación.
Cuando llegó el momento de añadir la canela, Alma destapó el bote y se quedó un instante respirando aquel olor.
Le recordó los domingos en casa de su abuela, cuando la cocina se convertía en el lugar más acogedor del mundo y nadie parecía tener demasiada prisa por terminar el día.
Recordó la radio encendida, las cucharas chocando contra las ollas y las conversaciones que se prolongaban mientras afuera llovía.
Hacía mucho tiempo que no cocinaba algo sin hacerlo por necesidad o por compromiso.
En la ciudad, la cocina había sido poco más que un lugar de paso: preparaba café mientras revisaba el correo, cenaba frente al ordenador y recurría a cualquier cosa que pudiera estar lista en diez minutos cuando el trabajo se alargaba más de la cuenta.
Si alguna vez hacía un pastel, solía ser porque alguien cumplía años o porque necesitaba llevar algo a una reunión.
En San Amaro das Follas, en cambio, podía dedicar una mañana entera a preparar algo que quizá saldría mal.
No tenía que demostrar nada ni terminar antes de una hora concreta.
Podía escuchar la lluvia, dejar que la manzana se dorara en la sartén y permitir que la casa recuperase un olor que llevaba demasiado tiempo sin acompañarla.
La idea le pareció de pronto mucho más agradable de lo que había esperado, y añadió la primera cucharada de canela con una sonrisa.
Después consultó la receta, añadió la segunda y cerró el bote con la satisfacción de quien acaba de superar una prueba importante.
—Dos cucharadas —leyó en voz alta—. Perfecto. Al menos una de las dos sabe lo que está haciendo.
A las once y media, la bandeja estaba por fin en el horno.
Alma había conseguido preparar una masa razonablemente uniforme, había recuperado la cuchara de madera y había limpiado la mayor parte de la harina que cubría la encimera.
Se sirvió una taza de café y se sentó junto a la ventana, convencida de que la parte difícil había terminado.
Durante unos minutos se permitió disfrutar del aroma que empezaba a extenderse por la cocina y de la tranquilidad de no tener que hacer nada más que esperar.
La tranquilidad duró siete minutos.
Primero percibió un olor ligeramente tostado.
Después, una nota más intensa que la hizo levantar la cabeza y mirar hacia el horno.
Dejó la taza sobre la mesa, abrió la puerta y sacó la bandeja con ayuda de unos guantes.
Los bizcochitos estaban dorados por arriba, aunque algunos bordes se habían oscurecido más de la cuenta.
No eran especialmente bonitos: tenían formas desiguales, pequeñas grietas en la superficie y una apariencia rústica que, con un poco de imaginación, podía describirse como artesanal.
Alma los examinó con la seriedad de una fotógrafa que intenta decidir si una imagen puede salvarse durante la edición y escogió el más pequeño para probarlo.