CAPÍTULO 3 #6
No tenía ninguna de esas imágenes y, por una vez, no le molestó.
Había pasado tanto tiempo intentando conservar los momentos que a veces olvidaba que también podía vivirlos sin convertirlos en algo que mirar después.
No necesitaba una fotografía de la risa de Vera para recordar cómo había sonado, ni una imagen de sus manos para acordarse del breve contacto entre sus dedos.
La memoria no era tan precisa como una cámara, pero quizá algunas cosas no necesitaban ser preservadas con exactitud para seguir siendo importantes.
Se sentó junto a la ventana y sacó una castaña de la bolsa. Estaba fría. La peló despacio y se la comió mientras escuchaba la lluvia volver a caer sobre el tejado. El teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Inés.
Alma miró la pantalla y respondió que había pedido más información.
La oportunidad profesional seguía ahí, todavía sin una forma definitiva, y no podía dejarla aparcada indefinidamente.
Quería conocer las condiciones, saber cuánto tiempo tendría que pasar fuera y decidir qué clase de trabajo estaba dispuesta a aceptar.
No había regresado a Galicia para esconderse de su carrera, del mismo modo que no quería utilizar la carrera como excusa para evitar cualquier cosa que pudiera importarle de verdad.
Inés respondió con otra pregunta.
Alma pensó en la plaza, en las manzanas, en el pan de nueces y en una mujer que le había dicho que se alegraba de haberla encontrado. Sonrió antes de escribir:
Inés respondió con un corazón y un mensaje que decía que aquello sonaba importante.
Alma dejó el teléfono sobre la mesa sin contestar.
No sabía si era importante, al menos no en el sentido que Inés probablemente imaginaba.
No sabía qué iba a pasar con la agencia, ni cuánto tiempo tardaría en sentirse completamente en casa, ni si Vera volvería a invitarla a caminar por el mercado.
Tampoco sabía si aquella atracción se convertiría en algo más o si terminaría siendo una de esas pequeñas historias que una recuerda con cariño cuando el otoño ya ha pasado.
Lo que sí sabía era que, cuando Vera había apoyado la mano en su brazo, había sentido algo que no tenía nada que ver con la necesidad de marcharse a otro lugar.
Había sentido ganas de quedarse allí un poco más, de escucharla hablar de la librería y de encontrar otra excusa para hacerla reír.
No era una promesa ni una decisión que tuviera que tomar aquel mismo día.
Era, sencillamente, una razón para volver.
Y eso, para Alma, ya era una forma de empezar.
Aquella noche, Vera preparó una taza de té y se sentó en el sofá con un libro entre las manos.
La lluvia golpeaba suavemente los cristales.
En la cocina, las manzanas esperaban en una cesta y el pan de nueces descansaba sobre una tabla de madera.
El día había sido sencillo: había comprado fruta, negociado con Maruxa, probado castañas y caminado de vuelta a la librería con una mujer que parecía encontrar algo divertido incluso en las cosas más pequeñas.
No había ocurrido nada extraordinario. Nadie le había prometido que la librería iría bien, ninguna de sus preocupaciones había desaparecido y el futuro seguía siendo un lugar lleno de preguntas.
La noche de historias todavía era una idea escrita en un cuaderno, con un presupuesto que calcular y una asociación cultural a la que llamar.
Sin embargo, Vera se sentía un poco menos cansada y algo más dispuesta a intentarlo.
Tal vez porque, por primera vez en varios días, había dejado de pensar en todo lo que podía salir mal y había permitido que una posibilidad le hiciera ilusión sin exigirle garantías.
Abrió el libro por la página que había marcado la noche anterior y leyó el primer párrafo, después el segundo.
Poco a poco dejó de pensar en las cuentas y en los pedidos.
También dejó de preguntarse si Alma había sonreído al despedirse porque estaba siendo amable o porque, de alguna manera, había sentido lo mismo que ella.
No encontró una respuesta, pero empezó a aceptar que no necesitaba tenerla todavía.
Conocer a alguien implicaba descubrir cosas a su ritmo, y quizá podía permitirse disfrutar de aquella curiosidad sin adelantarse a todas las formas en que podría terminar.
Se acomodó en el sofá y siguió leyendo hasta que la lluvia se convirtió en el sonido de fondo de la casa.
Antes de apagar la luz, volvió a abrir el cuaderno y buscó la página de la noche de historias.
Debajo de las tareas que había anotado aquella mañana, escribió una frase que no tenía nada que ver con el trabajo:
Hay personas con las que el camino parece un poco menos largo.
Pasó los dedos por la tinta recién escrita y cerró el cuaderno con una sonrisa pequeña.
Fuera, el viento había empezado a arrastrar las hojas por la calle, amontonándolas contra los bordillos y las puertas de las casas.
El otoño seguía avanzando, llenando San Amaro das Follas de lluvia, castañas y tardes que parecían terminar antes de tiempo.
Y, sin darse cuenta, Vera había empezado a guardar un pequeño lugar para alguien más en medio de todos sus planes.