CAPÍTULO 3 #5
Vera sintió que algo dentro de ella se aflojaba.
No había sabido cuánto necesitaba escuchar aquello hasta que lo oyó.
No quería que alguien llegara a su vida y confundiera el cariño con la necesidad de hacerse cargo de todo; tampoco quería tener que rechazar cada gesto de ayuda para demostrar que podía arreglárselas sola.
Lo que necesitaba era poder elegir, explicar lo que le venía bien y confiar en que la otra persona no convertiría sus decisiones en una discusión.
—Gracias —dijo.
Esta vez no lo dijo por educación. Alma asintió sin convertir la respuesta en algo más grande de lo que era. Después se apartó un mechón de pelo de la cara y miró hacia la plaza.
—Debería volver a casa. Tengo que terminar un trabajo antes de esta tarde.
—Claro. Yo también tengo que abrir la librería.
Ninguna de las dos se movió inmediatamente.
Vera sintió ganas de preguntarle si volvería a pasar por allí, de ofrecerle un café o de encontrar alguna manera de alargar aquella conversación sin que pareciera que estaba intentando hacerlo.
No estaba acostumbrada a medir tanto sus palabras.
Con otras personas, una invitación era solo una invitación; con Alma, en cambio, parecía que cada gesto llevaba consigo una posibilidad que Vera prefería no examinar demasiado de cerca.
En lugar de buscar otra excusa, decidió decir algo verdadero.
—Me alegro de haberte encontrado hoy.
La frase salió antes de que pudiera pensar demasiado en ella.
Alma se quedó quieta y, por primera vez desde que se conocían, pareció no tener una respuesta preparada.
Vera sintió un pequeño vuelco en el estómago.
Quizá había sido demasiado directa, quizá Alma no lo había interpretado como ella quería o quizá estaba intentando encontrar una manera amable de despedirse.
—Yo también —respondió Alma.
Lo dijo sin broma, sin esconderse detrás de una frase ingeniosa. Solo eso. Y fue suficiente para que Vera sintiera calor en las mejillas.
Alma se despidió con un gesto de la mano y empezó a caminar calle abajo.
Vera permaneció un momento junto a la puerta de la librería, escuchando cómo sus pasos se alejaban entre el ruido del pueblo.
No intentó llamarla ni buscó una última frase que pudiera alargar la despedida.
Se conocían desde hacía apenas una semana; no tenía sentido pedirle al tiempo que corriera más deprisa.
Entró en la librería, dejó la mochila sobre el mostrador y sacó las manzanas, el pan de nueces y las castañas que habían sobrado.
Después se quitó el abrigo y encendió la lámpara del mostrador.
El local estaba tranquilo y la luz de la ventana se había vuelto más suave; el olor a papel parecía más intenso después de haber pasado la mañana fuera.
Todo estaba en su sitio, aunque Vera se quedó un momento observando las estanterías con una sensación distinta.
La noche de historias seguía siendo una idea, pero ahora podía imaginarla con un poco más de claridad.
Abrió el cuaderno por la página de tareas pendientes y escribió:
Viernes, 31 de octubre. Noche de historias, chocolate caliente y castañas.
Se quedó pensando antes de añadir una segunda línea:
Hablar con Alma de las fotografías.
Lo leyó una vez y, sin darse tiempo para arrepentirse, escribió debajo:
Preguntarle si quiere venir al mercado conmigo otra vez.
Vera se quedó inmóvil, mirando la frase. Después soltó una risa breve, avergonzada incluso estando sola.
—Eso sí que no es por motivos profesionales.
Cerró el cuaderno antes de que pudiera seguir interrogándose y se acercó al escaparate. Don Ramiro continuaba observando la calle desde su lugar habitual, con su expresión de gato de cerámica que parecía juzgar las decisiones de todo el mundo.
Vera colocó con cuidado una de las castañas junto a sus patas.
—Ni una palabra —le advirtió.
El gato, como siempre, guardó silencio.
Alma llegó a casa con los zapatos húmedos, el pelo revuelto y una bolsa de castañas que había olvidado que llevaba en la mano.
Dejó la cámara sobre la mesa y se quitó la bufanda antes de acercarse a la ventana para comprobar cómo estaba el cielo.
La lluvia había vuelto a instalarse sobre los tejados, y las gotas resbalaban por el cristal con una lentitud que le recordó que todavía tenía varias horas de trabajo por delante.
Durante la mañana había hecho unas cuantas fotografías: una de las manzanas apiladas en cajas de madera, otra de las manos de un vendedor colocando el pan sobre un paño y dos de las hojas que se habían quedado atrapadas junto a la fuente.
Eran buenas imágenes, de esas que sabía que podría aprovechar para su archivo personal o quizá para algún encargo relacionado con el pueblo.
Sin embargo, cuando encendió la cámara para revisarlas, se descubrió buscando una fotografía que no había hecho.
Vera bajo el toldo, escuchando la lluvia.
Vera riéndose por lo de la panadería.
Vera caminando a su lado, con una mano apoyada en su brazo y la cabeza ligeramente inclinada mientras le explicaba por dónde prefería avanzar.