Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 3 #4
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CAPÍTULO 3 #4

—Me gusta que la gente venga buscando una cosa y termine encontrando otra —respondió al fin—.

A veces entran porque quieren un regalo y salen con un libro para ellos.

O vienen preguntando por una novela que han visto en alguna parte y acaban llevándose una historia que no sabían que necesitaban.

Me gusta pensar que una librería puede ser un lugar donde no tienes que saber exactamente lo que buscas para encontrar algo que te haga bien.

Alma la escuchaba con atención, sin interrumpirla.

—No siempre funciona, claro —continuó Vera—.

A veces alguien entra, mira los precios y se va.

No puedo convencer a todo el mundo de que compre aquí, ni pretendo hacerlo.

Pero, cuando funciona… no sé. Es bonito.

Me gusta pensar que este sitio puede formar parte de la vida de alguien, aunque sea de una manera pequeña.

Alma bajó la mirada hacia la bolsa de castañas y sonrió con suavidad.

—Creo que entiendo lo que quieres decir.

—¿Sí?

—Con las fotografías me pasa algo parecido.

La gente suele pensar que hago fotos para que las cosas parezcan más bonitas de lo que son, pero a mí me interesa encontrar algo que ya estaba ahí.

Un gesto, una forma de colocar las manos, una luz que dura solo unos segundos.

A veces la gente posa y quiere que todo salga perfecto, pero las fotos que más me gustan suelen ser las que hago cuando se olvidan un poco de la cámara.

Vera se quedó pensando en aquella respuesta.

No había visto muchas de las fotografías de Alma, salvo alguna imagen que ella le había enseñado brevemente en la pantalla de la cámara el viernes anterior, pero podía imaginarla caminando por el pueblo en busca de detalles que los demás pasaban por alto: una hoja atrapada en una verja, la luz sobre una taza o una mujer que se reía sin darse cuenta de que alguien la estaba mirando.

—¿Y cómo sabes que lo has encontrado? —preguntó.

Alma tardó unos segundos en responder, como si quisiera asegurarse de no dar una respuesta demasiado sencilla.

—A veces lo sé cuando hago la foto. Otras, cuando la veo después. Y otras veces no lo sé hasta que alguien la mira y me cuenta algo que yo no había visto.

—¿Eso pasa mucho?

—Más de lo que crees.

Vera se preguntó si Alma fotografiaba a las personas que le gustaban.

Si alguna vez había hecho una fotografía de alguien y después había deseado no haberla hecho, porque conservar una imagen significaba reconocer que aquel momento ya había terminado.

También se preguntó, con una mezcla de curiosidad y vergüenza, si Alma podría llegar a querer fotografiarla a ella.

No estaba segura de que le gustara la idea, pero tampoco estaba segura de que no.

—¿Y qué haces cuando no tienes ganas de hacer fotografías? —preguntó, antes de que sus pensamientos pudieran llevarla demasiado lejos.

Alma sonrió.

—Duermo. Como. Me quejo de que tengo demasiado trabajo. Después acepto otro encargo y vuelvo a quejarme.

—Una rutina muy saludable.

—También leo.

Vera levantó ligeramente la barbilla.

—¿De verdad?

—Oye, que sea fotógrafa no significa que sea incapaz de comprender las palabras impresas.

—No quería ofenderte.

—Lo has hecho. Necesitaré al menos dos castañas para recuperarme.

Vera le ofreció la bolsa y Alma cogió una.

Sus dedos volvieron a rozarse. Esta vez, Vera no retiró la mano inmediatamente, y Alma tampoco.

El contacto duró apenas un instante más de lo necesario, pero bastó para que Vera notara el calor de sus dedos y la manera en que el pulso parecía habérsele acelerado sin pedirle permiso.

Ninguna comentó nada. Alma fue la primera en apartarse, mirando hacia la calle como si acabara de descubrir que la lluvia había cambiado de ritmo.

—Creo que está aflojando —dijo.

Vera escuchó. Tenía razón: el golpeteo sobre el toldo había disminuido y las voces de la plaza volvían a oírse con más claridad.

—Parece que sí.

Aun así, ninguna de las dos se movió inmediatamente. Alma miró hacia la calle y después volvió a dirigirse a ella.

—¿Quieres que te acompañe hasta la librería?

La pregunta fue tan sencilla que Vera tardó un segundo en comprender lo que significaba.

No era una mano que aparecía de pronto en su brazo ni alguien decidiendo por ella.

Era una oferta que podía aceptar o rechazar sin que ninguna de las dos tuviera que justificar su respuesta.

Vera sabía que podía volver sola, pero también sabía que la plaza seguía llena de gente y que la lluvia había dejado el suelo resbaladizo.

—Sí —dijo—. Me vendría bien. Hay bastante gente todavía.

Alma asintió.

—Vale.

No intentó cogerla del brazo ni empezó a caminar antes que ella. Esperó mientras Vera ajustaba la correa de la mochila y se colocaba a su lado. Entonces Vera le explicó cómo prefería hacerlo.

—Si me ofreces el brazo, voy a agarrarme por encima del codo. Así puedo seguir mejor tus movimientos.

Alma se lo ofreció sin vacilar.

—¿Así?

—Un poco más cerca. Eso es.

Vera apoyó la mano en su brazo. El gesto le resultaba familiar; lo había practicado con personas de confianza y sabía explicar cómo prefería hacerlo.

No necesitaba que Alma conociera de antemano cada detalle, ni esperaba que adivinara lo que debía hacer.

Bastaba con que estuviera dispuesta a escucharla y a ajustar el paso con ella.

Empezaron a caminar entre los puestos. Alma le avisaba de los obstáculos cuando era necesario: un pequeño escalón junto al borde de la acera, una caja que alguien había dejado en mitad del paso o un charco que ocupaba casi todo el espacio entre dos puestos.

No narraba cada piedra ni anunciaba a todas las personas que pasaban cerca, y tampoco tiraba de ella para dirigirla.

Simplemente ajustaba el ritmo al suyo y le dejaba espacio para decidir cómo avanzar.

Vera se dio cuenta de que estaba prestando atención a otras cosas.

Al roce de la lana del abrigo de Alma bajo sus dedos, al sonido de sus pasos sobre los adoquines y al olor tenue de su perfume, fresco y ligeramente cítrico.

También se fijó en la tranquilidad inesperada con la que caminaba a su lado, sin sentir que tuviera que demostrar nada ni estar pendiente de cómo interpretaba la otra mujer cada movimiento.

No era que necesitara compañía para recorrer aquella plaza; había ido sola muchas veces y podía volver a hacerlo.

Pero el bullicio, la lluvia y los cambios de luz le habían exigido más atención de la que esperaba, y agradeció poder repartir un poco de aquella atención con otra persona.

No porque Alma fuera responsable de ella, sino porque, durante unos minutos, las dos estaban haciendo algo juntas.

—¿Vas bien? —preguntó Alma al llegar a una esquina.

—Sí. Gracias.

Continuaron caminando. Al pasar junto a un puesto de flores, Alma le avisó de que había una rama caída justo delante, hacia la izquierda. Vera cambió ligeramente la dirección y pasó junto a ella sin dificultad.

—Gracias —repitió.

—De nada.

No hubo felicitaciones por haberlo hecho bien, ni una exclamación de alivio, ni un comentario sobre lo valiente que era por caminar entre la gente.

Solo siguieron avanzando. Vera descubrió que aquella normalidad le gustaba más de lo que esperaba.

Le gustaba tanto que, cuando llegaron a la calle de la librería, sintió una pequeña decepción al darse cuenta de que el trayecto había terminado.

No era razonable: habían caminado apenas unos minutos.

Pero la sensación estaba allí, y Vera no encontró ningún motivo para reprochársela.

Alma retiró el brazo despacio, dejando que Vera decidiera cuándo soltarlo.

—Bueno —dijo—. Te he traído sana y salva hasta tu lugar de trabajo.

Vera sonrió.

—Gracias por el servicio de transporte.

—Acepto pagos en pan de nueces.

—No tengo suficiente presupuesto.

—Entonces me conformaré con una promesa de que algún día probaré ese chocolate caliente.

Vera levantó ligeramente la cabeza.

—¿El de la noche de historias?

—Si llegas a organizarla.

Vera notó que aquella posibilidad ya no le parecía tan lejana.

Había pasado días pensando en todo lo que podía salir mal: que no acudiera nadie, que la gente no comprara libros, que el chocolate se enfriara demasiado deprisa o que el gasto no mereciera la pena.

Pero también había imaginado las luces, las sillas, las voces leyendo en voz alta y las manos de los asistentes alrededor de las tazas calientes.

Había imaginado a Alma allí, no como una salvadora ni como alguien que fuera a resolver los problemas de la librería con unas cuantas fotografías, sino como una persona con la que le apetecía compartir aquella noche.

—Creo que voy a hacerlo —dijo.

Alma sonrió.

—¿Sí?

—Sí. Una cosa pequeña. Unas lecturas, chocolate, castañas. Nada demasiado complicado.

—Suena precioso.

Vera bajó la mirada hacia la mochila.

—Todavía tengo que organizarlo todo, hablar con la asociación cultural y calcular cuánto va a costarme.

Alma se echó a reír.

—Vera, si sigues así, vas a convencerte de que no puedes hacerlo antes de haber empezado.

Vera abrió la boca para responder, pero se detuvo. Era verdad, y no le gustaba especialmente que Alma tuviera razón.

—No necesito que me convenzas de nada —dijo, aunque su voz había perdido parte de la ironía.

Alma dejó de reírse.

—No pretendía hacerlo.

Vera volvió el rostro hacia ella.

—Ya lo sé.

Hubo una pausa antes de que Alma continuara, esta vez con más cuidado.

—Solo digo que, si decides organizarlo, puedo ayudarte con las fotografías y con las ideas, si quieres. Pero la librería es tuya. La noche también. No voy a organizarte la vida.