CAPÍTULO 3 #3
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
—En ese caso, acepto.
Alma abrió la bolsa y le ofreció una castaña caliente. Vera la recibió entre los dedos, notando el calor que atravesaba la piel fina de la fruta. La cáscara se había abierto ligeramente por uno de los lados.
—Está caliente —advirtió Alma.
—Espero que no hayas descubierto las castañas esta mañana.
—No, pero sigo creyendo que tienen una temperatura diseñada para poner a prueba la paciencia humana.
Vera peló la suya con cuidado y sopló antes de probarla.
Estaba dulce, tierna y un poco ahumada. Durante un momento, el sabor la devolvió a una tarde de muchos años atrás, cuando su abuela le había enseñado a distinguir las castañas buenas de las que todavía necesitaban más tiempo al fuego.
Recordó el sonido de las cáscaras al romperse, el calor de la cocina y una radio que siempre estaba demasiado alta.
Era uno de esos recuerdos que aparecían sin avisar y que, por alguna razón, parecían más cercanos cuando llegaba el otoño.
—¿Están buenas? —preguntó Alma.
Vera tardó un segundo en volver al presente.
—Mucho.
—Menos mal. Si fueran malas, tendría que fingir que me gustan para no ofender al vendedor.
—¿Siempre eres tan considerada con las castañas?
—Solo con las que tienen potencial.
Vera negó con la cabeza, divertida. Alma le ofreció otra y, cuando sus dedos se rozaron al intercambiarla, ninguna de las dos hizo un comentario.
Fue un contacto breve, apenas la yema de un dedo contra la otra, pero Vera lo notó.
Por la forma en que Alma tardó un instante de más en retirar la mano, sospechó que ella también.
La posibilidad quedó suspendida entre ambas, demasiado pequeña para nombrarla y demasiado presente para fingir que no había ocurrido.
A mediodía, la lluvia empezó a caer con más fuerza.
Los puestos seguían abiertos, aunque algunos comerciantes habían cubierto las mesas con plásticos transparentes.
Las hojas húmedas se pegaban a los adoquines y el aire olía cada vez más a madera mojada.
Vera y Alma se refugiaron bajo el toldo de una pequeña tienda de artesanía mientras esperaban a que el aguacero aflojara.
La bolsa de castañas descansaba entre las dos, el pan de nueces iba protegido dentro de la mochila de Vera y Alma había guardado la cámara para evitar que se mojara.
—Creo que el otoño está intentando echarnos del mercado —dijo Alma.
—El otoño tiene muy poca autoridad en este pueblo.
—¿Ah, no?
—No. Aquí la lluvia puede caer durante seis horas seguidas y la gente sigue saliendo a comprar pan como si nada.
—Eso explica muchas cosas.
Vera giró ligeramente la cabeza hacia ella.
—¿Como cuáles?
—Como por qué he visto a una señora discutir con un paraguas durante casi un minuto y después entrar tranquilamente en la frutería.
Vera se echó a reír.
—Probablemente era Maruxa.
—No voy a confirmar ni desmentir esa información.
La lluvia golpeaba el toldo con un sonido regular.
Al otro lado de la calle, un hombre corría con una caja de cartón sobre la cabeza, mientras dos niñas saltaban deliberadamente sobre los charcos a pesar de que alguien les gritaba que iban a empaparse.
Vera escuchó sus risas y dejó que el sonido se mezclara con el rumor del agua.
Le gustaba la lluvia cuando no tenía que salir a ninguna parte, cuando podía quedarse en casa con una taza caliente y la seguridad de saber dónde estaba cada cosa.
Sin embargo, también había días en los que el agua le recordaba todo lo que se había vuelto más complicado.
Las calles mojadas alteraban los reflejos, borraban algunos contrastes y convertían los charcos en manchas oscuras difíciles de distinguir de la piedra.
Cuando la luz era escasa, tenía que prestar más atención al suelo, a las personas que se acercaban y a los pequeños desniveles que otros parecían atravesar sin pensarlo.
No era incapaz de caminar bajo la lluvia. Simplemente, requería más atención, y algunas veces esa atención la agotaba antes de que el día hubiera empezado de verdad.
—¿Estás bien? —preguntó Alma.
Vera volvió la cabeza.
—Sí. ¿Por qué?
—Te has quedado muy callada.
—Estoy escuchando.
Alma no respondió inmediatamente.
—¿La lluvia?
—La lluvia, la gente y ese señor que está intentando salvar una caja de cartón de una muerte bastante digna.
Alma soltó una risa.
—Yo también lo estaba mirando.
Vera sonrió. Le gustó que no preguntara nada más.
A veces, cuando se quedaba callada, la gente suponía que estaba triste, cansada o que necesitaba que alguien la sacara de sus pensamientos.
Era una interpretación comprensible, pero no siempre acertada.
En ocasiones solo quería escuchar, prestar atención a los sonidos que pasaban desapercibidos cuando estaba ocupada siguiendo una conversación: el agua al caer sobre los toldos, el roce de las bolsas de papel, las voces de quienes se conocían desde hacía años o los pasos de alguien que se acercaba y después se alejaba.
Alma parecía entenderlo sin necesidad de que Vera tuviera que explicárselo.
No trataba cada silencio como un problema ni parecía sentir la obligación de llenarlo con palabras.
Aquella naturalidad la hizo sentirse cómoda, y sentirse cómoda con alguien era, en ocasiones, mucho más peligroso que sentirse atraída.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Alma.
Vera apoyó la espalda contra la pared.
—Depende de la pregunta.
—¿Siempre has vivido aquí?
La pregunta era sencilla, pero Vera tardó un poco en responder. Miró hacia la calle, donde la lluvia había convertido el escaparate de la tienda de enfrente en una superficie brillante.
—Casi siempre. Me fui unos años a estudiar y después volví. Mi familia está aquí. La librería también.
—¿La librería siempre fue tuya?
—No. Era de un hombre llamado Ramiro. No el gato; el verdadero Ramiro era un señor bastante más simpático, aunque tenía la misma opinión sobre la gente que doblaba las esquinas de los libros.
Alma sonrió.
—¿Y cómo acabaste quedándotela?
Vera se tomó un momento antes de responder.
Había trabajado allí durante varios años, primero mientras estudiaba y después porque necesitaba un empleo.
Con el tiempo, la librería se había convertido en algo más que un lugar al que acudía cada mañana.
Cuando Ramiro decidió jubilarse, le ofreció la posibilidad de comprarla.
Vera no tenía dinero suficiente, así que tuvo que pedir un préstamo y convencer a medio mundo de que no estaba cometiendo una locura.
—Lo del préstamo lo conseguí —explicó—. Lo de convencer a medio mundo, no. Mi madre sigue pensando que debería haberme hecho funcionaria.
—Mi madre también cree que tener un sueldo fijo resolvería todos mis problemas.
—¿Y tú qué crees?
Alma se quedó mirando la lluvia durante unos segundos.
—Creo que tendría problemas diferentes.
Vera sonrió.
—Es una respuesta bastante sensata.
—No te acostumbres.
Se quedaron calladas un momento. Vera pensó en las primeras semanas después de hacerse cargo de la librería.
Había sido feliz de una manera agotadora: se había pasado los días reorganizando estanterías, aprendiendo a gestionar pedidos y buscando formas de conseguir que la gente entrara por la puerta.
Había dormido poco, comido mal y celebrado cada venta como si acabara de ganar un premio.
Después habían llegado las facturas, las temporadas flojas y las pequeñas reparaciones que parecían multiplicarse cuando menos convenía.
La librería seguía siendo suya y seguía queriéndola, pero a veces tenía miedo de que querer algo no fuera suficiente para mantenerlo.
—Últimamente está costando un poco más —admitió.
Alma no se movió ni intentó completar la frase por ella.
—¿La librería?
Vera asintió.
—La gente compra más por internet. Los gastos suben y hay meses en los que parece que trabajo mucho para llegar exactamente al mismo sitio. Estoy intentando organizar actividades, buscar otras formas de atraer clientes, pero no sé si bastará.
No había pensado contarle aquello. No porque fuera un secreto, sino porque no le gustaba convertir sus preocupaciones en algo que tuviera que gestionar otra persona.
Había aprendido a hablar de las dificultades como si fueran pequeñas molestias, a resumirlas en una frase y cambiar de tema antes de que alguien pudiera ofrecerle una solución que no había pedido.
Sin embargo, Alma no le dijo que todo saldría bien ni le aseguró que la gente acabaría volviendo.
No prometió que sus fotografías podrían salvar el negocio ni le propuso una lista de ideas que Vera no había solicitado.
Simplemente la escuchó, sin tratar de convertir la incertidumbre en algo que pudiera arreglarse con una respuesta rápida.
—Debe de ser difícil —dijo al cabo de un momento.
Vera soltó el aire despacio.
—Sí. A veces lo es.
—¿Y qué es lo que más te gusta de tenerla?
La pregunta la sorprendió. Vera había esperado quizá otra pregunta sobre las cuentas o una sugerencia para promocionar la librería, pero Alma parecía interesada en algo distinto.
—¿De la librería?
—Sí.
Vera pensó en las respuestas posibles. Podría haber hablado de los libros, del olor del papel o de la satisfacción de encontrar el título adecuado para alguien que no sabía muy bien qué quería leer.
Podría haber dicho que le gustaba conocer a los clientes, escuchar sus recomendaciones y descubrir que una persona había regresado para contarle que aquel libro le había gustado.
Todo eso era verdad, pero había algo más difícil de resumir.