Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Maruxa esperó mientras ella lo hacía, sin apresurarla ni intentar quitarle el teléfono de las manos. Cuando Vera guardó el dispositivo, la mujer señaló una caja a su derecha y le explicó que aquellas manzanas eran más dulces y tenían una textura que funcionaba especialmente bien para cocinar.

—Me llevo cuatro —decidió Vera, después de tocar una de ellas y comprobar que la piel estaba fría y tersa.

—Te pongo seis.

Vera levantó la cabeza hacia ella.

—Maruxa.

—¿Qué?

—Dije cuatro.

—Y yo te oí perfectamente.

Vera se echó a reír. Aquella discusión se repetía todos los años con variaciones mínimas y siempre terminaba de la misma manera: Maruxa convencía a alguien de llevarse un poco más de lo que había pensado comprar y se despedía como si acabara de prestar un servicio a la comunidad.

—No voy a comer seis manzanas antes del domingo.

—Eso es porque no sabes organizarte.

—Tengo una librería, no una granja.

—Peor me lo pones. Necesitas vitaminas.

Acabó llevándose cinco. No estaba dispuesta a discutir con una mujer que llevaba cuarenta años vendiendo fruta en la misma plaza y que, probablemente, consideraba la negociación una forma de cariño.

Guardó la bolsa en la mochila y continuó hacia el puesto de pan, sorteando a una pareja que se había detenido en mitad del camino para decidir si compraba una calabaza grande o dos pequeñas.

A medio trayecto, alguien pasó demasiado deprisa junto a ella y le rozó el hombro.

—Perdona —dijo una voz infantil, alejándose enseguida.

—No pasa nada.

Vera se apartó ligeramente para dejar espacio al grupo que venía detrás.

Había más gente de la que esperaba y, durante unos minutos, el movimiento de la plaza se convirtió en una sucesión de cuerpos que se cruzaban, voces que se solapaban y pasos que cambiaban de dirección sin avisar.

No era la primera vez que se encontraba en una situación así, ni la primera en que el bullicio le exigía más atención de la habitual.

Aun así, había días en los que aquella acumulación de estímulos la agotaba antes de que hubiera terminado de hacer las compras.

Se detuvo junto a una mesa de cestas tejidas y esperó a que pasara un grupo de personas.

No le gustaba que la gente la agarrara del brazo sin preguntarle.

Le ocurría más de lo que habría deseado: alguien decidía que iba a ayudarla y, antes de que pudiera decir nada, ya estaba siendo conducida hacia un lugar al que no había pedido ir.

Sabía que muchas personas lo hacían con buena intención, pero la buena intención no convertía una mano inesperada en una mano bienvenida.

Vera no necesitaba que todo el mundo conociera sus preferencias de antemano; bastaba con que estuvieran dispuestos a escuchar cuando ella las explicaba.

Respiró despacio y buscó un hueco para continuar. Fue entonces cuando escuchó una voz a su izquierda.

—Empiezo a sospechar que Maruxa tiene una estrategia comercial basada en la extorsión emocional.

Vera sonrió antes de girarse. Alma estaba junto a un puesto de castañas, con la cámara colgada al hombro, una bufanda mostaza y el pelo algo revuelto por la humedad.

Llevaba una bolsa de papel en una mano y una manzana en la otra, y tenía la expresión de quien acababa de perder una negociación que nunca había tenido posibilidades reales de ganar.

—¿Te ha vendido seis kilos de fruta? —preguntó Vera.

—Dos kilos de castañas y una charla de quince minutos sobre la importancia de consumir productos de proximidad.

—Te ha ido bien. A mí me coló una manzana extra.

Alma miró la bolsa que Vera llevaba en la mochila.

—¿Una sola?

—Negocié con firmeza.

—Estoy impresionada.

—No lo estés demasiado. Creo que perdí la negociación de la mermelada.

Alma sonrió y, durante un instante, ninguna de las dos dijo nada.

No fue un silencio incómodo, sino una pequeña pausa en la que ambas parecieron darse cuenta de que se alegraban de encontrarse allí.

Vera se sorprendió al comprobar que la presencia de Alma le producía una sensación de familiaridad que no correspondía del todo al poco tiempo que llevaban conociéndose.

No era como reencontrarse con una amiga de toda la vida, sino más bien como descubrir que una conversación que había disfrutado días atrás podía continuar sin necesidad de volver a empezar desde el principio.

Alma fue la primera en romper el silencio.

—¿Has venido por las manzanas o por las castañas?

—Por las dos cosas. Y por el pan de nueces.

—Una mañana de decisiones importantes.

—Estoy intentando no dejarme llevar por mis impulsos.

—¿Y funciona?

Vera ladeó la cabeza.

—Acabo de comprar cinco manzanas.

—Entonces diría que los resultados son prometedores.

Vera se rio. Alma tenía algo que le resultaba desconcertante.

No era únicamente que supiera responder a sus bromas, sino que parecía hacerlo sin necesidad de imponerse.

No trataba de ganar la conversación ni de demostrar que era más ingeniosa; se limitaba a seguirle el juego, como si hablar con Vera fuera algo que le saliera de manera natural.

A Vera le gustaba esa forma de estar con alguien, la ausencia de esfuerzo por impresionar y la facilidad con la que podían pasar de una broma absurda a una conversación más seria sin que ninguna de las dos pareciera tener que pedir permiso.

Quizá le gustaba demasiado.

—¿Estás haciendo fotos para alguien? —preguntó, señalando con la barbilla la cámara.

Alma miró el aparato y después la plaza.

—Para mí, de momento. Quería aprovechar la luz antes de que se ponga a llover otra vez, aunque creo que la lluvia tiene otros planes.

—La lluvia siempre tiene otros planes.

—¿Vas a quedarte mucho rato?

La pregunta llegó con una naturalidad que casi la hizo pasar por alto, pero Vera notó el pequeño espacio que Alma había dejado después de formularla, como si no quisiera dar por hecho que podían seguir juntas.

Aquella cautela le gustó. Le permitía elegir sin sentirse empujada hacia una respuesta concreta.

—Tengo que comprar el pan y las castañas —respondió—. Después no tengo prisa.

Alma asintió, y la sonrisa que apareció en su rostro fue tan discreta que Vera estuvo a punto de preguntarse si se la había imaginado.

—Yo tampoco.

Sin necesidad de decir nada más, empezaron a caminar hacia el siguiente puesto.

El pan de nueces estaba agotándose. Vera se enteró porque Alma, que había llegado antes que ella al mostrador, recibió la noticia con una expresión de auténtica decepción.

—¿Cómo que quedan dos? —preguntó—. Pero si he tardado cinco minutos.

El panadero se encogió de hombros con la tranquilidad de quien había dado aquella respuesta muchas veces.

—La gente tiene hambre.

—Una explicación impecable. No puedo discutir con eso.

Vera se colocó a su lado y miró hacia el mostrador.

—Dale uno a ella y el otro a mí.

Alma volvió la cabeza.

—¿Estás segura?

—Si te llevas los dos, voy a tener que comprar pan normal. Y entonces Maruxa habrá ganado definitivamente.

El panadero soltó una carcajada mientras cortaba las dos últimas piezas y las envolvía en papel. Alma pagó la suya y guardó el paquete en la bolsa.

—Vosotras sí que sabéis hacer negocios —comentó el hombre.

—Nos estamos conociendo —respondió Alma—. Todavía no hemos fundado una empresa.

Vera sintió calor en las mejillas. Era una frase completamente inocente, y lo sabía.

Alma también debía de saberlo. Sin embargo, había algo en la manera en que había dicho nos estamos conociendo que le produjo una sensación extraña, como si hubiera nombrado algo que Vera todavía no se había atrevido a formular.

No era una declaración ni una promesa; era una forma sencilla de reconocer que estaban compartiendo un tiempo que ninguna de las dos parecía tener demasiada prisa por terminar.

Pagaron el pan y se apartaron del puesto.

Mientras Alma guardaba su pieza en la bolsa, comentó que podrían montar una panadería: Vera negociaría con los clientes y ella se encargaría de fotografiar los productos.

Vera preguntó quién iba a hornear, y Alma reconoció que no había pensado llegar tan lejos.

El plan de negocio, admitió Vera, parecía necesitar una revisión.

—No pienso madrugar para hacer pan —declaró.

—Yo tampoco. Podemos abrir a las doce.

—Y cerrar a la una.

—Eso nos dejaría mucho tiempo libre.

—Para comernos el pan que no hayamos vendido.

Alma la miró con fingida solemnidad.

—Vera, creo que acabamos de descubrir nuestra verdadera vocación.

La carcajada que le salió a Vera fue tan espontánea que tuvo que bajar un poco la cabeza.

No era una sonrisa contenida ni una risa breve para acompañar una broma, sino una carcajada que le nació del pecho y que le hizo olvidar durante unos segundos la gente que pasaba a su alrededor.

Cuando volvió a levantar la cabeza, Alma estaba mirándola con una expresión distinta, sonriendo más despacio, como si quisiera guardar aquel instante en algún lugar.

Vera no podía saber exactamente qué expresión tenía ella misma, pero sí notó el silencio que había seguido a su risa.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Tienes cara de estar pensando algo.

Alma bajó los ojos hacia la bolsa.

—Estoy pensando que no se nos daría nada mal lo de la panadería.

—Eso no es lo que estabas pensando.

—No, probablemente no.

La sinceridad de aquella respuesta la dejó sin una réplica inmediata.

A su alrededor, el mercado continuaba con su ruido habitual: alguien llamó a un niño, una mujer pidió una docena de huevos y el vendedor de castañas golpeó suavemente el borde de una sartén metálica para mover la fruta caliente.

El mundo siguió adelante, indiferente a aquel pequeño silencio, y Vera agradeció que fuera así.

No habría sabido qué hacer si alguien les hubiera pedido que explicaran por qué, de repente, ninguna de las dos parecía tener demasiada prisa.

—¿Quieres probar una? —preguntó Alma, levantando la bolsa de castañas.

Vera sonrió.

—¿Me estás ofreciendo castañas o intentando sobornarme para que acepte el negocio de la panadería?