CAPÍTULO 3
EL MAPA DE LAS HOJAS
El viernes amaneció con olor a castañas.
Vera lo notó antes incluso de abrir los ojos, cuando el aroma se coló por alguna rendija de la ventana y se mezcló con el olor a lluvia que parecía haberse instalado para siempre en San Amaro das Follas.
Era un olor cálido, ligeramente dulce, que le recordó a las tardes de su infancia, cuando su abuela regresaba del mercado con los bolsillos del abrigo llenos de castañas y aseguraba que aquel año sí, que aquel año el otoño había llegado de verdad.
Permaneció un momento bajo las mantas, escuchando cómo despertaba la casa.
En la calle pasó un coche despacio sobre los adoquines mojados, en algún piso cercano se abrió una persiana y una tubería protestó dentro de la pared con un sonido tan familiar que Vera habría podido reconocerlo incluso en mitad de un sueño.
Después, desde la cocina, llegó el pitido insistente de la cafetera, recordándole que, por mucho que le gustara demorarse en la cama cuando llovía, el resto del mundo no tenía intención de esperarla.
—Ya voy —murmuró.
La cafetera no pareció impresionada por su respuesta.
Se levantó, se puso las zapatillas y caminó hasta la cocina siguiendo la distribución conocida de la casa.
No necesitaba encender todas las luces para recorrerla: sabía dónde estaba la esquina de la mesa, cuántos pasos separaban la puerta del fregadero y qué cajón se atascaba si tiraba de él demasiado deprisa.
Había aprendido a organizarse de aquella manera sin convertirlo en una gran decisión.
Al principio había sido una cuestión práctica, una forma de dejar las cosas donde pudiera encontrarlas, evitar el desorden innecesario y utilizar las herramientas que le facilitaran las tareas cotidianas.
Con el tiempo, aquellas pequeñas adaptaciones se habían convertido en costumbres que le permitían moverse por su casa con tranquilidad y, sobre todo, conservar la libertad de cambiar las cosas de sitio cuando le apeteciera.
Le gustaba saber dónde estaba cada objeto, pero también le gustaba poder dejar una taza en un lugar distinto sin sentir que acababa de cometer un error irreparable.
Su casa era suya, con sus manías, sus rincones y una colección de decisiones prácticas que nadie más tenía por qué comprender del todo.
Encontró la cafetera, sirvió el café en su taza favorita y se apoyó en la encimera mientras bebía el primer sorbo. Estaba demasiado caliente y se quemó la lengua.
—Magnífico. Un comienzo prometedor.
El día no tenía ninguna obligación de mejorar, pero Vera decidió concederle el beneficio de la duda.
Sobre la mesa había dejado la noche anterior una lista de tareas para la librería: revisar los pedidos, contestar a dos correos, preparar una selección de novelas para octubre y, si encontraba el valor suficiente, llamar a la asociación cultural del pueblo para preguntar por la posibilidad de organizar una noche de lecturas.
Esta última tarea estaba subrayada con tanta insistencia que parecía una advertencia.
Vera había subrayado muchas cosas a lo largo de su vida.
Algunas habían terminado haciéndose; otras habían permanecido en cuadernos durante meses, convertidas en pequeños recordatorios de todo aquello que todavía no se había atrevido a intentar.
No estaba especialmente orgullosa de esa segunda categoría, pero tampoco iba a castigarse por ella.
Bastantes cosas había en el mundo que exigían energía como para desperdiciarla, además, reprochándose cada decisión que tardaba en tomar.
Cogió el teléfono para consultar la hora y, casi sin querer, abrió el mensaje que había recibido la tarde anterior. Era de Alma.
Vera había leído el mensaje tres veces. La primera porque le había hecho gracia; la segunda porque había descubierto que Alma tenía su número guardado y que eso le producía una satisfacción que no terminaba de comprender; y la tercera porque quería responder algo ingenioso y llevaba diez minutos sin conseguirlo.
Al final había escrito que aceptaban donaciones de órganos, pero solo de personas con buena reputación.
Alma le había contestado que, en ese caso, tendría que seguir buscando, y Vera había terminado la conversación con una sonrisa estúpida que le había durado bastante más de lo razonable.
Ahora abrió el chat de nuevo y escribió:
Lo leyó y borró el mensaje. Demasiado evidente.
Probó con otro:
También lo borró. No porque fuera un mal mensaje, sino porque parecía una invitación disfrazada de comentario casual y Vera no estaba segura de querer descubrir qué haría Alma con una invitación, aunque fuera una tan poco disimulada.
—Vera, por favor.
Dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a beber café, esta vez con más cuidado.
No era una adolescente. Tenía treinta y cinco años, una librería que mantener, facturas que pagar y una lista de tareas que no iba a completarse por arte de magia.
Había tenido relaciones, había conocido a mujeres que le habían gustado y sabía que una conversación agradable no tenía por qué convertirse en el principio de nada.
También sabía que no había ninguna necesidad de inventarse excusas para hablar con Alma.
Podía escribirle porque le apetecía, sin justificarlo ante nadie, ni siquiera ante sí misma.
La idea parecía sencilla hasta que intentó ponerla en práctica.
Al final dejó el teléfono donde estaba y decidió vestirse. Tenía una librería que abrir y un mercado al que, por motivos estrictamente culturales y comerciales, le convenía asistir. Por supuesto.
A las diez y cuarto había conseguido desayunar algo que no fuera café, encontrar las llaves que había dejado en el bolsillo equivocado del abrigo y prepararse para salir.
Se puso una chaqueta de lana color teja sobre un jersey crema y se recogió el pelo con una pinza.
Antes de cerrar la puerta, comprobó que llevaba el teléfono cargado, la cartera y el pequeño dispositivo que utilizaba para ampliar textos cuando lo necesitaba.
No era una lista de comprobaciones que hiciera con solemnidad, sino una costumbre que le ahorraba problemas y le permitía empezar el día con una preocupación menos.
El mercado de otoño se celebraba en la plaza principal, a unos minutos de la librería.
Cada año, varios comerciantes y productores de la zona instalaban puestos de alimentos, artesanía y productos de temporada.
No era un acontecimiento enorme, pero el pueblo se lo tomaba en serio.
Había quien acudía a comprar, quien iba a saludar a medio vecindario y quien aparecía únicamente porque sabía que, antes del mediodía, alguien habría preparado algo caliente para comer.
Vera pertenecía a las tres categorías, aunque habría defendido con firmeza que su presencia obedecía principalmente a la primera.
Le gustaban los mercados porque tenían una forma particular de existir.
No eran como los supermercados, donde todo parecía dispuesto para que una persona entrara, eligiera y desapareciera cuanto antes.
En el mercado había conversaciones que se alargaban, vendedores que recordaban lo que comprabas y personas que te ofrecían probar una manzana sin preguntarte si tenías intención de llevártela.
También había demasiada gente, puestos que cambiaban de sitio de un año a otro y carteles escritos con rotuladores de colores que a veces resultaban difíciles de leer, incluso con una iluminación favorable.
Vera había aprendido a disfrutar de todo aquello sin fingir que las partes incómodas no existían.
No necesitaba que una experiencia fuera perfecta para encontrar algo bueno en ella.
Cuando llegó a la plaza, el aire estaba lleno de voces.
Un niño perseguía a otro alrededor de una mesa de calabazas, dos mujeres discutían amistosamente sobre cuál de las variedades de manzana era mejor para hacer compota y desde uno de los puestos llegaba el olor de las castañas recién asadas.
En algún lugar cercano, alguien cortaba pan y el aroma de la corteza tostada se mezclaba con el de la fruta, la madera húmeda y la tierra que la lluvia había removido durante la noche.
Vera se detuvo junto a la fuente y respiró hondo.
El otoño tenía muchas maneras de hacerse notar, pero aquella era una de sus favoritas: el ruido de la gente reuniéndose después de los meses de verano, las primeras bufandas, las manos escondidas en los bolsillos y la sensación de que el pueblo entero había decidido bajar a la calle al mismo tiempo.
Sacó el teléfono y abrió la lista que había preparado antes de salir.
Necesitaba manzanas, castañas y pan de nueces; si encontraba alguna variedad de miel que le gustara, también se llevaría un tarro, y, siempre que el presupuesto no se disparara, compraría una pequeña mermelada para desayunar el domingo.
Empezó por el puesto de fruta. Conocía a la mujer que lo atendía desde hacía años. Maruxa tenía las manos pequeñas y rápidas y una manera de hablar que convertía cualquier compra en una conversación sobre el estado del mundo, aunque el mundo en cuestión fuera una caja de peras.
—¡Vera, miña nena! —la saludó en cuanto la vio—. ¿Vienes a llevarte las manzanas buenas o vas a dejar que se las lleven todas esos de la ciudad?
—Buenos días, Maruxa. No sabía que las manzanas tuvieran preferencias geográficas.
—Estas, sí. Son de aquí y quieren quedarse aquí.
—Tendré que convencerlas.
Maruxa se rio y empezó a explicarle cuáles eran mejores para comer y cuáles quedarían más dulces al cocinarlas.
Vera escuchó con atención, preguntó por el precio y sacó el teléfono para ampliar la información de una etiqueta colocada junto a las cajas.
La luz caía de frente y el texto impreso era diminuto.
No tenía ninguna necesidad de adivinarlo, así que utilizó la herramienta que llevaba en el móvil y comprobó el precio antes de decidirse.