CAPÍTULO 2 #4
Le gustaba conocer gente, las conversaciones que se alargaban, las cenas improvisadas y las manos que rozaban otras manos al pasar un plato.
Le gustaba la emoción de descubrir a alguien.
Lo que le costaba era quedarse cuando la novedad desaparecía y empezaban las preguntas importantes: ¿Qué quieres de mí?
¿Dónde estaremos dentro de seis meses? ¿Vas a estar aquí cuando te necesite?
Alma había escuchado aquellas preguntas en otras voces y también las había hecho alguna vez.
Sabía lo que ocurría cuando respondía con entusiasmo a cosas que todavía no comprendía, cuando decía que sí porque la idea de perder algo le parecía peor que el esfuerzo de sostenerlo.
Por eso había regresado a Galicia. No para encerrarse en una casa ni para renunciar a su trabajo, y tampoco para jurar que jamás volvería a enamorarse.
Había vuelto para aprender a vivir sin convertir cada decisión en una huida.
Y ahora estaba en una librería, pensando que le gustaría volver a ver a una mujer a la que apenas conocía. La ironía no se le escapaba.
—Bueno —dijo finalmente, ajustándose la correa de la cámara—. No quiero distraerte de tus diecisiete problemas.
—Dieciocho, desde que has entrado.
—Me alegra contribuir a la economía local.
Vera sonrió.
—Gracias por las ideas, Alma.
Era la segunda vez que escuchaba su nombre en aquella voz y Alma descubrió que le gustaba más de lo razonable.
—De nada. Y, si al final organizas la noche de historias, puedo ayudarte con las fotografías. Sin compromiso, claro. Lo hablamos cuando tengas algo más decidido.
—Me parece bien.
—Perfecto.
Ninguna de las dos se movió inmediatamente. Alma se descubrió buscando otra frase, cualquier cosa que le permitiera prolongar unos segundos más aquella despedida, pero no encontró ninguna que no sonara demasiado evidente. Así que levantó la mano a modo de saludo y caminó hacia la puerta.
—Que tengas un buen día, Vera.
—Tú también, Alma.
La campanilla sonó cuando salió. Alma respiró el aire frío de la calle y se quedó un momento bajo el pequeño alero de la librería, fingiendo que necesitaba comprobar algo en el teléfono.
En realidad, estaba sonriendo: una sonrisa tonta, espontánea, de esas que aparecen sin pedir permiso y que una intenta disimular cuando pasa alguien conocido.
Guardó el móvil sin haberlo mirado siquiera y echó a andar hacia casa.
Esta vez no sacó la cámara. Había demasiadas cosas que prefería guardar sin fotografiarlas.
Vera se quedó mirando la puerta unos segundos después de que Alma se marchara.
No porque esperara que regresara inmediatamente —eso habría sido absurdo—, sino porque estaba intentando recordar en qué había estado trabajando antes de que entrara.
Ah, sí: los pedidos. Tenía que revisar los de la semana, preparar una devolución y comprobar si había llegado el paquete de novelas que había solicitado el jueves.
Miró la mesa y encontró los libros exactamente donde los había dejado.
—Muy bien —murmuró—. Una mañana de trabajo excelente.
Don Ramiro, desde el escaparate, continuó mirando hacia la calle.
Vera volvió al mostrador, abrió el cuaderno donde anotaba las tareas pendientes y buscó una página libre.
Había empezado la semana con la intención de organizarse mejor: dividir las tareas grandes en otras más pequeñas, dejar de posponer las decisiones incómodas y no dedicar veinte minutos a cambiar de sitio una caja de marcapáginas solo porque le resultaba más fácil que revisar las cuentas.
Cogió el bolígrafo y escribió: Decidir si organizar la noche de historias .
Debajo añadió: Hablar con Alma sobre las fotografías .
Se quedó mirando la frase, trazó una línea debajo y cerró el cuaderno.
—Por motivos profesionales —le explicó al gato de cerámica.
Don Ramiro no pareció convencido. Vera tampoco.
A las cinco de la tarde, Alma había terminado de editar las fotografías de la floristería, enviado dos presupuestos y respondido al correo de la agencia de Madrid.
No había aceptado nada, pero tampoco había rechazado la propuesta.
Había escrito que estaba interesada en conocer más detalles sobre el calendario, las semanas de trabajo presencial y la posibilidad de organizar los desplazamientos con cierta flexibilidad.
Cuando terminó de redactar el mensaje, lo leyó tres veces antes de enviarlo.
No quería parecer difícil, pero tampoco quería volver a ser aquella persona que aceptaba cualquier condición con tal de demostrar que merecía estar en la habitación.
Finalmente, pulsó enviar y se preparó un café.
Después abrió la novela de Halloween. Leyó la primera página, luego la segunda y, en la tercera, uno de los protagonistas encontró una llave antigua escondida bajo una baldosa de la cocina. Alma se detuvo y sonrió.
—Bueno, por lo menos alguien en esta historia sabe tomar decisiones.
Siguió leyendo hasta que la luz de la ventana empezó a apagarse.
Cuando levantó la cabeza, descubrió que llevaba casi una hora sin mirar el teléfono, y le sorprendió lo agradable que resultaba aquello.
El día había sido normal. No había ocurrido nada extraordinario: había trabajado, hablado con una vecina, comprado pan y pasado un rato en una librería.
Sin embargo, cuando pensó en el día que quería recordar, no fue la fotografía perfecta del escaparate lo primero que le vino a la cabeza. Fue la risa de Vera.
Alma cerró el libro con cuidado y lo dejó sobre la mesa.
No tenía intención de convertir aquel encuentro en una historia antes de tiempo, ni siquiera sabía si Vera la encontraba interesante.
Quizá simplemente disfrutaba conversando con sus clientes; quizá aquella manera de mirarla, de escuchar sus ideas y responder a sus bromas, formaba parte de su manera de ser.
No iba a inventarse señales donde todavía no había nada, pero podía reconocer una cosa: tenía ganas de conocerla.
Y, por una vez, no sentía la necesidad de averiguar inmediatamente en qué podía convertirse aquello.
Se levantó para encender la lámpara del salón.
En el exterior, la lluvia había vuelto a empezar y las gotas resbalaban por el cristal mientras la calle comenzaba a vaciarse.
Alma pensó en el cartel de la librería, Una noche de historias .
Le pareció un buen nombre. Quizá podría hacer unas fotografías de los libros, de las hojas secas sobre el mostrador y de las manos de Vera preparando una taza de chocolate.
Podría capturar la luz cálida de la librería cuando afuera ya fuera de noche, el reflejo de las velas en el escaparate y la pequeña calabaza que había visto junto a la puerta. Podría hacer algo bonito.
Pero, más que las fotografías, le apetecía descubrir qué aspecto tendría Vera cuando estuviera orgullosa de algo que había organizado.
Le apetecía escucharla hablar de libros sin tener que buscar una excusa para quedarse, saber qué hacía los domingos, qué música escuchaba cuando estaba sola y si siempre respondía a las bromas con aquella rapidez desconcertante. Le apetecía volver.
Alma apoyó la frente un instante contra el cristal frío.
—Estamos apañadas, Reyes —susurró.
El teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de su madre.
Alma sonrió y respondió:
Su madre contestó casi inmediatamente:
Alma se echó a reír.
Dejó el teléfono y fue a la cocina a preparar algo que se pareciera más a una cena.
Mientras calentaba una sopa, pensó que quizá su madre tenía razón en una cosa: seguía comportándose como si todo lo importante pudiera resolverse más adelante.
El trabajo, las relaciones, el lugar en el que quería vivir.
Más adelante, cuando tuviera más tiempo, cuando estuviera segura, cuando supiera exactamente qué quería.
Pero la vida no parecía demasiado interesada en esperar a que ella lo tuviera todo claro.
A veces las cosas empezaban un lunes cualquiera, con una taza de café, un correo que daba miedo abrir y una mujer que sonreía detrás del mostrador de una librería.
A veces una no necesitaba saber qué iba a pasar; solo tenía que decidir si quería dar el siguiente paso.
Alma terminó la sopa, fregó el cuenco y regresó al salón.
Antes de acostarse, dejó la novela de Halloween sobre la mesilla, junto a las gafas y el teléfono.
Pensó que quizá leería otro capítulo, pero no lo hizo.
Se quedó dormida imaginando una librería iluminada por pequeñas lámparas, una mesa cubierta de libros y una mujer que se reía de sus bromas sin saber que, desde el viernes anterior, Alma estaba buscando cualquier motivo para volver a escucharla.
A la mañana siguiente tendría trabajo. Tendría que revisar el correo de la agencia, preparar un presupuesto y quizá llamar a Inés para hablar de aquella oportunidad que todavía no sabía cómo encajar en su vida.
Tendría que decidir qué hacer con tantas cosas que, de repente, parecían estar esperando una respuesta. Pero eso sería mañana.
Por aquella noche, se permitió algo mucho más sencillo: pensar en Vera y sonreír antes de quedarse dormida.