CAPÍTULO 2 #3
Alma dejó escapar una carcajada y recordó por qué había entrado. Señaló hacia la puerta, donde el cartel seguía visible a través del cristal.
—He visto lo de la noche de historias.
Vera pareció detenerse durante un instante.
—¿Lo has visto?
—Es bastante difícil no verlo cuando está pegado a la puerta a la altura de los ojos.
—Gracias por la observación. Me habría preocupado que pasara desapercibido.
—Puedo ofrecerte un informe detallado sobre su visibilidad si lo necesitas.
—No aceptamos informes profesionales sin cita previa.
—Qué política tan restrictiva.
Vera sonrió, pero Alma percibió algo más en su expresión, una cautela que no estaba allí unos segundos antes.
—Todavía son ideas —explicó la librera—. No he decidido si hacerlo.
Alma miró de nuevo el cartel.
—¿Por qué no?
Vera se encogió de hombros.
—Porque organizar una actividad requiere tiempo, dinero y gente que venga. Y las tres cosas suelen escasear cuando una tiene una librería pequeña.
Lo dijo con ligereza, casi como una broma. Sin embargo, Alma recordó la manera en que Vera había hablado de las dificultades del negocio el viernes anterior. No había entrado en detalles, pero tampoco había fingido que todo fuera perfecto.
—Podrías empezar con algo pequeño —sugirió Alma—. Una lectura, unas castañas, chocolate caliente. No necesitas organizar el festival más grande de Galicia.
—Qué pena. Ya había encargado una calabaza de tres metros.
—Devuélvela. Te vas a quedar sin espacio para los libros.
Vera soltó una risa y Alma sintió una satisfacción absurda, como si hubiera conseguido algo importante.
—En serio —añadió—. Creo que a la gente le gustaría.
—¿Eso lo dices como vecina o como fotógrafa?
—Como persona que ha pasado los últimos años haciendo fotografías de gente que no sabe muy bien qué está buscando y que, aun así, se detiene a mirar una cosa bonita cuando la encuentra.
Vera guardó silencio. Alma se preguntó si se había puesto demasiado solemne. Le ocurría a veces: empezaba haciendo una broma y, sin darse cuenta, terminaba diciendo algo que llevaba demasiado tiempo pensando. Se aclaró la garganta y añadió:
—También lo digo porque el chocolate caliente es un argumento bastante convincente.
—Eso sí que es una opinión profesional.
—Tengo muchas.
Vera se apoyó en el borde del mostrador.
—¿Y tú qué harías?
La pregunta pilló a Alma desprevenida.
—¿Yo?
—Tú. Si tuvieras que organizar una noche de historias para que la gente entrara en una librería un viernes de octubre, ¿qué harías?
No era una pregunta complicada, pero Alma tampoco quería responder cualquier cosa. Había algo en la forma en que Vera esperaba su respuesta que la invitaba a tomársela en serio, así que se permitió mirar alrededor antes de hablar.
—Primero, no pondría demasiadas sillas.
Vera arqueó una ceja.
—Empezamos fuerte.
—Si la gente entra y ve una sala llena de sillas vacías, piensa que ha llegado a un sitio al que nadie quería ir. En cambio, si hay pocas, parece que las plazas son limitadas.
—¿Me estás recomendando que finja que tenemos lista de espera?
—Estoy recomendándote que no pongas treinta sillas para seis personas.
Vera asintió con gravedad.
—Una distinción importante.
—Después pondría luces cálidas. Nada de luces blancas de oficina.
Haría que alguien leyera un fragmento de una historia de misterio, pero que no fuera demasiado terrorífica.
Algo que diera un poco de miedo y dejara ganas de seguir leyendo.
Y pondría las castañas y el chocolate al fondo, para que la gente tuviera que recorrer la librería antes de llegar a ellos.
Vera la escuchaba con atención y Alma se animó al comprobar que no estaba hablando por hablar.
—También podrías preparar una pequeña selección de libros de otoño. Historias de pueblos, casas antiguas, bosques, brujas. No hace falta que todos sean de Halloween. A veces la gente busca un libro que le haga sentir que está lloviendo fuera, aunque esté leyendo en agosto.
La sonrisa de Vera se hizo más suave.
—Eso me gusta.
Alma notó que algo se le movía en el pecho.
No era nada importante, solo el placer de haber dicho algo que otra persona quería escuchar, pero, por un instante, tuvo ganas de seguir hablando.
De quedarse allí, apoyada en el mostrador, mientras la lluvia resbalaba por el escaparate y el tiempo pasaba sin que ninguna de las dos tuviera que mirar el reloj.
—Podrías hacer fotografías para anunciarlo —dijo Vera.
Alma parpadeó.
—¿Perdona?
—Has dicho que eres fotógrafa.
—Lo soy.
—Y yo estoy pensando en organizar una actividad que necesita publicidad.
—Hasta aquí te sigo.
—Así que, si te interesara, podríamos hablar de hacer unas fotografías para anunciarla. No sé si tienes tiempo o si trabajas con este tipo de encargos. No quiero dar por hecho nada.
Alma sintió que la conversación acababa de abrir una puerta distinta. No era solo una excusa para volver; Vera le estaba ofreciendo una razón real para quedarse un rato más. Y lo había hecho con una naturalidad que le gustó mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
—Depende —respondió, procurando que su voz sonara despreocupada—. ¿El gato de cerámica tiene que salir en todas las fotografías?
—En las más importantes.
—Entonces voy a necesitar un presupuesto elevado.
—Don Ramiro no trabaja por menos de dos sardinas.
—Me han dicho que es un profesional difícil.
—Pero tiene una presencia escénica extraordinaria.
Alma se echó a reír.
—Podemos hablarlo. Aunque, antes de hacer fotografías, quizá deberías decidir si vas a organizar la noche.
Vera miró el cartel que se veía a través de la puerta.
—Sí. Supongo que sí.
—No tienes que decidirlo ahora.
—Lo sé.
—Solo lo digo porque tienes cara de estar haciendo una lista mental con catorce cosas que podrían salir mal.
Vera volvió la cara hacia ella.
—Tengo diecisiete.
—Ah, entonces vas por buen camino.
La librera negó con la cabeza, divertida.
Alma se dio cuenta de que estaba observando sus gestos con demasiada atención: la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza cuando escuchaba, cómo parecía elegir las palabras antes de decirlas y cómo sus manos encontraban pequeñas tareas que hacer incluso cuando la conversación no las necesitaba.
No era una mirada triste ni insegura. Vera se movía por la librería con la confianza de quien conoce un espacio de memoria, aunque a veces tuviera que detenerse para comprobar algún detalle.
Alma recordó el viernes anterior, cuando la había visto utilizar una herramienta de ampliación para leer una etiqueta pequeña.
En aquel momento no había sabido muy bien qué hacer.
Había sentido el impulso de ayudar, pero también la certeza de que intervenir sin que se lo pidieran podía resultar más incómodo que esperar.
Así que había esperado. Vera había terminado lo que estaba haciendo y había seguido con la conversación sin necesidad de que nadie convirtiera aquel instante en algo extraordinario, y Alma se alegraba de haberlo entendido.
No quería que su curiosidad por Vera se transformara en una colección de preguntas que ella no había elegido responder.
Tampoco quería fingir que no había observado nada.
Había aprendido, con los años, que a veces la mejor manera de tratar a alguien con cuidado consistía en dejarle decidir qué parte de su vida quería compartir.
—Por cierto —dijo Vera—, ¿has empezado ya el libro?
Alma miró hacia la bolsa que llevaba colgada del hombro. La novela seguía allí, intacta.
—Estoy dejando que desarrolle su personalidad antes de abrirlo.
—Qué considerada.
—Me parece importante respetar los tiempos de los protagonistas.
—Espero que no tardes demasiado. La novela tiene trescientas páginas y el otoño no dura para siempre.
Alma sonrió.
—No me presiones. Soy una lectora sensible.
—Eso dijiste el viernes.
—Y mantengo mi versión de los hechos.
Vera se acercó a la mesa de novedades y empezó a ordenar unos libros.
Alma podría haberse despedido entonces. Había conseguido una conversación agradable, una posible colaboración profesional y una excusa para regresar en otro momento.
Sin embargo, no quería marcharse todavía, así que dejó que una nueva pregunta apareciera con la naturalidad de quien no lleva un rato entero buscándola.
—¿Vas a hacer algo especial para Halloween?
Vera volvió la cabeza.
—¿Además de intentar que la librería no se hunda bajo el peso de las calabazas?
—Sí. Además de eso.
—Todavía no lo sé. El pueblo suele organizar algo en la plaza. Este año quieren preparar una tarde para los niños y una fiesta por la noche.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Vas a disfrazarte?
Vera soltó una risa breve.
—¿Me estás preguntando si pienso pasar Halloween vestida de bruja?
—No lo había descartado.
—¿Y tú? ¿Vas a venir disfrazada de fotógrafa misteriosa?
—Ese es mi aspecto natural. No puedo repetirlo todos los años.
—Una pena. Seguro que causaría sensación.
Alma fingió suspirar.
—No todo el mundo puede tener tu talento para las respuestas rápidas.
—Lo he trabajado durante años.
Se miraron durante un instante. Fue una pausa pequeña, casi imperceptible, pero Alma sintió que algo cambiaba en la conversación.
Ya no estaba pensando en lo que podía decir para mantenerla viva; simplemente estaba allí, delante de Vera, disfrutando de su compañía.
Aquello era peligroso, aunque no porque Vera pareciera una mujer de la que hubiera que protegerse, sino porque Alma conocía demasiado bien su propia tendencia a confundir una sensación agradable con una promesa.