Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

No había pasado nada. Habían hablado de libros, Alma había comprado una novela de Halloween, había hecho un par de bromas sobre un gato de cerámica y se había marchado bajo la lluvia con un paraguas roto.

Nada que mereciera semejante atención, nada que explicara por qué recordaba tan bien el sonido de aquella voz.

—Estás fatal —se dijo, seleccionando otra fotografía.

En la pantalla apareció una puerta antigua cubierta de hiedra.

Alma frunció el ceño, porque la imagen le recordó algo que no era exactamente una escena, sino una sensación: la madera húmeda, las hojas pegadas a la piedra, el olor de la lluvia en una calle estrecha.

Y después, sin que pudiera evitarlo, pensó en la librería.

En el cartel sobre la entrada, A Última Folla . La última hoja.

Había algo bonito en aquel nombre, aunque no sabía explicar exactamente por qué.

Tal vez porque las hojas no eran lo último de nada: caían, se descomponían, alimentaban la tierra y dejaban sitio para otras nuevas.

Tal vez porque los libros hacían algo parecido; una terminaba una historia y, durante unos días, seguía viviendo un poco dentro de ella.

O quizá porque Vera había hablado de la librería como quien habla de alguien a quien quiere, aunque a veces le dé más problemas que alegrías.

Alma recordó la expresión de su rostro cuando había mencionado la posibilidad de organizar una noche de lecturas.

No había sido una sonrisa completa, sino un pequeño cambio en la cara, una luz discreta que aparecía antes de que Vera tuviera tiempo de esconderla.

Alma conocía esa clase de gesto. Lo buscaba en las fotografías y era, precisamente, lo que más le gustaba retratar: el instante en el que alguien dejaba de posar sin darse cuenta.

De repente, tuvo ganas de volver a verlo.

No necesitaba comprar otro libro. El que había comprado el viernes descansaba sobre la mesa de la cocina, todavía sin abrir.

Tampoco tenía una razón profesional para regresar, aunque la idea de ofrecerse a fotografiar alguna actividad de la librería le parecía interesante.

Podía volver para preguntar por el libro.

No, demasiado evidente. Podía devolverlo.

Ridículo; ni siquiera lo había leído. Podía haber olvidado algo allí.

Alma se quedó inmóvil, contemplando la pantalla.

—¿Qué ibas a olvidar? ¿La dignidad?

Se echó a reír sola. La verdad era mucho más sencilla y bastante más incómoda: quería volver porque Vera le había caído bien y porque le había gustado.

No era una declaración de amor, ni siquiera una certeza.

Era una curiosidad pequeña, todavía sin forma, que le producía una mezcla de alegría y vergüenza.

Alma estaba acostumbrada a que las cosas empezaran de golpe: una conversación que se alargaba hasta la madrugada, un beso inesperado, una invitación a cenar que terminaba convirtiéndose en una relación antes de que ninguna de las dos hubiera tenido tiempo de preguntarse qué quería realmente.

Aquello, en cambio, parecía avanzar despacio.

Ni siquiera había empezado a avanzar y ella ya estaba buscando excusas.

A las doce y media decidió que necesitaba salir de casa.

No tenía nada que comprar, pero le faltaba pan.

En realidad, tenía pan en el congelador, además de leche, huevos, arroz y una lata de garbanzos que llevaba allí tanto tiempo que empezaba a considerarla parte de la familia.

Aun así, se puso el abrigo y se colgó la cámara al hombro.

Después se la quitó, volvió a colgársela y se miró en el cristal de la ventana.

—Por trabajo —se dijo.

La cámara no tenía nada que ver con el pan, pero, si por casualidad se encontraba con alguna escena bonita de otoño, tampoco iba a dejarla escapar. Salió de casa y cerró la puerta con llave.

El aire olía a tierra mojada y a humo de leña.

La lluvia había aflojado, aunque las nubes seguían bajas y grises, apoyadas sobre los tejados como si no tuvieran intención de marcharse.

San Amaro das Follas era especialmente bonito en octubre.

Alma siempre lo había pensado, incluso durante los años en los que había deseado vivir en cualquier otro sitio.

Las fachadas de piedra parecían más cálidas bajo la luz apagada, las hojas se acumulaban en las esquinas y las ventanas empezaban a iluminarse antes de que llegara la tarde.

Había un olor particular en aquellas calles, una mezcla de castañas, humedad, pan recién hecho y chimeneas encendidas que no aparecía en las fotografías, por mucho que una supiera manejar la luz.

Alma caminó despacio, deteniéndose frente a una pared cubierta de hojas rojas. Sacó la cámara y encuadró una de ellas, pegada a la piedra por la lluvia. Hizo dos fotografías y, en la tercera, una gota cayó desde el borde de un tejado y golpeó justo el centro de la hoja.

—Esa sí.

Guardó la cámara y siguió caminando. La panadería estaba llena, así que compró una barra de pan que no necesitaba, dos empanadillas que probablemente se comería antes de llegar a casa y un pequeño paquete de galletas de mantequilla.

Cuando salió, se encontró con la señora Elvira, una vecina que la había visto crecer y que conservaba la capacidad de hacer preguntas como si fueran una obligación municipal.

—¡Alma! Pero, mujer, ¿dónde te metes?

—Buenos días, Elvira.

—Buenos días, dice. Si llevas aquí una semana y todavía no te has pasado por casa. Tu madre me dijo que estabas instalada, pero yo no te he visto el pelo.

—Estoy trabajando.

Elvira miró la cámara que Alma llevaba colgada del hombro.

—¿Haciendo fotos?

—Es una de mis especialidades.

—Pues tendrás que hacerme una a mí. Pero una buena, ¿eh? Que la última que me hizo mi nieto parecía que estaba enfadada con el mundo.

—A lo mejor estabas enfadada con el mundo.

—¡Ay, calla, descarada!

Alma se echó a reír. Elvira le preguntó por la casa, por su madre, por el trabajo y por si había conocido ya a alguien interesante en el pueblo. Esta última pregunta llegó acompañada de una sonrisa que Alma habría reconocido incluso desde el otro extremo de la plaza.

—Acabo de comprar pan —respondió—. De momento, es lo más emocionante que me ha pasado.

—Ya veremos.

Elvira se marchó sin dejar de sonreír. Alma la observó alejarse y negó con la cabeza.

En San Amaro das Follas, las noticias tardaban poco en circular.

Si alguien se compraba unos zapatos nuevos, a las dos horas ya había tres personas preguntando dónde los había conseguido; si una pareja discutía en la plaza, al día siguiente el pueblo entero conocía una versión de la conversación.

Y si Alma empezaba a entrar en una librería más de lo estrictamente necesario, seguramente no tardaría mucho en convertirse en un asunto de interés general.

Aquello debería haberla disuadido. No lo hizo.

La librería apareció al final de la calle, con su puerta de madera oscura y el cartel de letras envejecidas sobre la entrada.

Desde fuera, el escaparate parecía especialmente acogedor.

Había libros apilados, una pequeña calabaza decorativa y una guirnalda de hojas secas que alguien había colocado alrededor de una de las estanterías.

Alma aminoró el paso, recordándose que podía entrar, por supuesto que podía entrar.

Era un establecimiento público, vendían libros y ella era una persona a la que le gustaban los libros, aunque llevara tres días sin abrir el que había comprado allí.

No tenía que justificar cada movimiento de su vida.

Se acercó a la puerta y entonces vio, pegado al cristal, un pequeño cartel escrito a mano.

Debajo había una lista de ideas todavía sin terminar: lecturas de misterio, chocolate caliente, castañas asadas.

Alma sonrió. La letra parecía la misma que había visto en los pequeños letreros del interior de la librería.

No sabía si aquello era una invitación o una simple nota para recordar algo pendiente, ni si Vera había decidido organizar el evento o todavía estaba pensando en ello.

Pero acababa de encontrar una excusa, y una excelente.

Abrió la puerta. La campanilla sonó sobre su cabeza y el interior la recibió con el olor a papel, madera y café. Había una lámpara encendida junto al mostrador y una música instrumental tan suave que parecía formar parte del silencio. Al fondo, alguien estaba colocando libros en una estantería.

—Si vienes a devolverme el libro después de tres días, tengo que advertirte de que no aceptamos devoluciones por falta de fuerza de voluntad.

Alma se detuvo. Vera estaba de espaldas, con una pila de libros apoyada contra el pecho, y se estaba riendo. Alma tardó un segundo en contestar, distraída por el sonido de aquella risa.

—Qué decepción. Yo venía a denunciarte por venderme una novela que exige leer.

Vera giró la cabeza hacia su voz.

—Ah. La clienta que quería una historia de Halloween con una bruja, un fantasma y un romance.

—La misma. Espero que no haya demasiadas exigencias.

—No te preocupes. He comprobado que los protagonistas se hablan entre ellos al menos una vez antes de la página cien.

—Perfecto. Me gusta el compromiso con el realismo.

Vera dejó los libros sobre una mesa cercana.

Alma se sorprendió pensando que la librería parecía más pequeña que el viernes anterior, aunque quizá fuera porque ahora sabía dónde estaba cada cosa: la mesa de novedades, el mostrador, la estantería junto a la ventana y el rincón donde descansaba el gato de cerámica.

Don Ramiro seguía vigilando la calle con la misma expresión de superioridad.

Alma inclinó ligeramente la cabeza hacia él.

—Buenos días, don Ramiro.

—No le hagas demasiado caso. Lleva años sin comprar un libro y aun así se cree el dueño del negocio —dijo Vera.

—Tiene cara de ser un crítico exigente.

—Lo es. El otro día se me cayó un libro y me miró como si hubiera cometido una falta de respeto a la literatura.

—Quizá estaba juzgando tu técnica.

—Quizá deberíamos cobrarle alquiler.