Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

UNA EXCUSA PARA VOLVER

Fuera, San Amaro das Follas amanecía envuelto en una lluvia fina.

No era una lluvia dramática, de esas que golpeaban las ventanas con la intención de arrancarlas de sus marcos, sino una lluvia gallega de las que parecían no tener ninguna prisa por terminar.

Caía sobre los tejados, oscurecía las piedras de las calles y dejaba pequeñas gotas suspendidas en los cristales.

Alma había abierto la ventana de la cocina para escucharla mientras preparaba el café, pero después la había cerrado al recordar que el frío tenía una capacidad extraordinaria para colarse por los rincones y que ella, por mucho que hubiera decidido volver al pueblo, seguía siendo una mujer que necesitaba sentir los dedos de los pies.

Su casa olía a café recién hecho, madera húmeda y las tostadas que había olvidado en la sartén, las cuales, por supuesto, habían terminado en la basura.

—Muy bien, Reyes —se dijo, acomodándose de nuevo frente al ordenador—. Una mañana productiva. Has desayunado humo y has conseguido que una fotografía te mire peor que tu madre cuando le dices que no vas a ir a comer el domingo.

La fotografía en cuestión mostraba el escaparate de una pequeña floristería de la plaza.

Había macetas de barro junto a la puerta, unas dalias anaranjadas en primer plano y un gato dormido sobre una caja de madera.

La luz era preciosa, el encuadre estaba limpio y los colores resultaban cálidos sin parecer artificiales.

Alma había hecho veintisiete fotografías de aquel escaparate y, en veintiséis, había encontrado algo que no le gustaba.

La vigesimoséptima, en cambio, era perfecta.

La seleccionó y la arrastró a la carpeta de imágenes terminadas con la satisfacción de quien acaba de resolver un problema que ella misma se había empeñado en complicar.

—Mira qué fácil era. Solo tenías que dejarme trabajar.

El gato de la fotografía, naturalmente, no respondió.

Alma sonrió y se recostó en la silla, notando una punzada en la espalda.

Llevaba varios días intentando convertir la habitación pequeña de su casa en un estudio decente, aunque, de momento, lo único que había conseguido era colocar la cámara, dos objetivos, tres tarjetas de memoria y un montón de cables sobre una mesa que antes utilizaba para comer.

La casa pertenecía a su tía abuela, que se la había dejado a la familia años atrás.

Era pequeña, de paredes gruesas y suelos de madera que crujían por la noche; tenía una cocina con azulejos antiguos, una habitación que recibía demasiado poco sol y una ventana desde la que se veía una parte de la plaza.

No era la casa más bonita del pueblo, tampoco la más cómoda, pero cuando Alma había vuelto a San Amaro das Follas, después de varios años viviendo en una ciudad en la que siempre parecía llegar tarde a alguna parte, había sentido algo parecido al alivio.

No había tenido que explicar por qué necesitaba marcharse ni tampoco por qué necesitaba regresar.

Había llegado con dos maletas, cinco cajas de material fotográfico y una promesa que se había hecho a sí misma: esta vez no convertiría su vida en una sucesión de lugares de los que acabaría deseando escapar.

De momento, llevaba una semana y media cumpliendo la promesa.

Más o menos. A veces seguía despertándose con la sensación de que tenía que correr para llegar a algún sitio; otras, cogía el teléfono para escribirle a alguien cuyo número ya había borrado o se sorprendía pensando que, si aquella casa tuviera una habitación más, podría quedarse allí durante años.

Y luego recordaba que había regresado diciendo que solo sería por una temporada.

Era más sencillo pronunciar aquellas palabras, porque una temporada parecía algo pequeño y provisional, una decisión que no exigía demasiadas explicaciones ni obligaba a imaginar qué vendría después.

El teléfono vibró sobre la mesa. Alma miró la pantalla y reconoció el nombre de Inés, una antigua compañera de trabajo con la que había mantenido una amistad que sobrevivía, principalmente, gracias a las notas de voz interminables y a la costumbre de enviarse fotografías de cosas absurdas. Abrió el mensaje.

Alma soltó una carcajada y escribió:

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Alma dejó de sonreír. No porque la pregunta fuera extraña, sino porque sabía perfectamente a qué correo se refería Inés y llevaba tres días evitando abrirlo.

En realidad, había abierto la aplicación varias veces, había visto el asunto del mensaje y había decidido que tenía cosas más urgentes que hacer.

Durante aquel tiempo había limpiado los objetivos de la cámara, reorganizado las carpetas de fotografías, cambiado de sitio una estantería y preparado una lista de compras para una casa en la que apenas tenía comida.

Había hecho cualquier cosa menos leer aquel correo.

—Cobarde —murmuró.

El mensaje seguía allí:

Propuesta de colaboración fotográfica — Campaña de invierno .

Lo había recibido el viernes por la tarde, cuando todavía estaba descargando las fotografías de una pequeña boda.

Una agencia creativa de Madrid, con la que había colaborado en dos ocasiones, estaba preparando una campaña para una marca de productos de hogar.

Buscaban una fotógrafa que pudiera encargarse de una parte importante del proyecto: escenarios domésticos, retratos naturales y pequeñas escenas cotidianas.

Era el tipo de trabajo que Alma llevaba años queriendo conseguir, no solo por el dinero, aunque el dinero importaba, sino también por la libertad creativa, por la posibilidad de dirigir una sesión de principio a fin y por la oportunidad de dejar de aceptar encargos que no le interesaban únicamente porque llegaban con una fecha de pago.

El proyecto duraría varios meses. Habría reuniones, pruebas, sesiones en distintas localizaciones y algunas semanas de trabajo presencial.

La agencia había mencionado la posibilidad de establecer una base temporal en Madrid mientras durase la parte más intensa de la campaña.

Todavía no era una oferta definitiva: querían hablar con ella, conocer su disponibilidad y discutir las condiciones.

Pero era una puerta abierta, una de esas puertas que, años atrás, Alma habría cruzado sin mirar siquiera lo que dejaba al otro lado.

Abrió el correo y lo leyó una vez. Después, otra.

En la tercera lectura empezó a prestar atención a las fechas y a los detalles que había pasado por alto.

La reunión inicial podía hacerse por videollamada y la mayor parte de la edición se realizaría a distancia.

Las sesiones presenciales se concentrarían en varias semanas concretas, aunque la agencia prefería que la persona seleccionada tuviera disponibilidad para desplazarse a Madrid cuando fuese necesario.

Alma apoyó los codos en la mesa y se frotó los ojos, intentando ordenar las ideas que se le amontonaban en la cabeza.

—Vale —dijo en voz baja—. Vale, esto es bueno.

Lo era. Debería estar saltando de alegría, llamando a Inés, a su madre y a todas las personas que alguna vez le habían dicho que tenía talento mientras ella respondía que el talento estaba muy bien, pero que las facturas no se pagaban solas.

En lugar de eso, se quedó mirando por la ventana.

La lluvia había empezado a dibujar pequeños caminos sobre el cristal y, al otro lado de la plaza, una mujer intentaba cerrar el paraguas antes de entrar en la panadería.

Un hombre mayor caminaba con una bolsa de tela y se detenía cada pocos pasos para saludar a alguien.

El pueblo estaba despertando y Alma, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna prisa por irse a otra parte.

Aquello no significaba que quisiera renunciar al trabajo.

Ni siquiera sabía si se lo ofrecerían, y tampoco quería convertir su regreso a Galicia en una decisión definitiva tomada por miedo a empezar de nuevo.

Solo quería poder elegir. Quizá eso era lo que más le asustaba: que, después de tantos años tomando decisiones por impulso, empezaba a comprender que no todas las oportunidades exigían abandonar lo que una acababa de encontrar.

El teléfono vibró de nuevo, era Inés.

Miró el correo una última vez antes de escribir:

Alma dejó los dedos sobre el teclado. Podría haber contestado que sí; habría sido lo más fácil, una respuesta rápida y contundente, de esas que no dejan espacio para preguntas incómodas. En cambio, escribió:

Inés tardó unos segundos en responder.

Alma dejó el teléfono boca abajo y volvió a las fotografías.

Tenía trabajo: terminar la selección de la floristería, enviar la factura de un retrato y contestar a un cliente que llevaba dos días preguntando si podía recibir todas las imágenes sin editar.

Respiró hondo y se puso manos a la obra.

Podía hacerlo, y de hecho consiguió terminar casi todo antes del mediodía.

Lo que no consiguió fue dejar de pensar en una librería de la plaza y en una mujer que llevaba el pelo recogido de cualquier manera, tenía una voz tranquila y poseía una facilidad irritante para contestar a sus bromas sin perder el hilo de la conversación.

Vera.

Se llamaba Vera.

Alma se descubrió pronunciando el nombre en silencio mientras ajustaba el contraste de una fotografía.

Lo había escuchado apenas un par de veces el viernes anterior, pero se le había quedado grabado.

Quizá porque le gustaba cómo sonaba, quizá porque lo asociaba a aquella manera de sonreír sin necesidad de hacerlo demasiado evidente o quizá porque, cuando Vera la había mirado desde detrás del mostrador, Alma había tenido la extraña sensación de que no estaba acostumbrada a que alguien se quedara un momento más de lo necesario.