Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

La respuesta llegó acompañada de una sonrisa ligera. Alma no pareció concederle más importancia de la necesaria, como si acudir a una actividad organizada por una librera a la que acababa de conocer fuese la cosa más normal del mundo.

Vera se descubrió deseando que lo fuera.

—Entonces tendré que organizarla —dijo.

—Me alegra haber contribuido a la cultura local.

—Has comprado un libro.

—Las grandes revoluciones empiezan con pequeños gestos.

—Y algunas terminan con una factura de electricidad.

Alma soltó una risa y se puso la gabardina.

La conversación había durado apenas unos minutos, pero Vera tuvo la sensación de que la librería había cambiado de temperatura.

No literalmente; el radiador seguía sin funcionar y el frío continuaba filtrándose por la puerta.

Era otra cosa, una impresión difícil de explicar, como cuando se abre una ventana en una habitación cerrada y el aire parece distinto aunque nadie haya cambiado los muebles.

Alma se ajustó la bufanda.

—Gracias por el libro, Vera.

—Espero que te guste.

—Si no me gusta, volveré para quejarme.

—En ese caso, te recomiendo conservar el recibo.

—¿Hay política de devoluciones para corazones rotos?

Vera apoyó las manos en el mostrador.

—Depende de la gravedad del caso.

—Lo tendré en cuenta.

Alma abrió la puerta.

La campanilla tintineó sobre su cabeza y el aire frío entró de nuevo en la librería. Durante un instante, Vera escuchó el murmullo de la calle, el golpeteo de la lluvia y el ruido lejano de un coche avanzando despacio sobre los adoquines.

Alma se volvió una última vez.

—Hasta pronto, Vera.

No dijo «adiós».

Fue una diferencia minúscula, tan insignificante que cualquiera habría podido pasarla por alto.

Vera no lo hizo.

—Hasta pronto, Alma.

La puerta se cerró y la campanilla dejó de sonar.

La librería recuperó poco a poco su silencio. Vera recogió el dinero, guardó el libro de cuentas y colocó de nuevo la novela de cubierta ocre en la estantería. Después regresó al mostrador y se quedó mirando la lista de ideas para Halloween o Samaín , como lo llaman en la zona.

El papel estaba ligeramente torcido. En la esquina inferior, la cinta adhesiva empezaba a despegarse.

Vera lo alisó con la palma.

Cogió un bolígrafo y, debajo de las propuestas que llevaba semanas aplazando, escribió:

Una noche de historias.

Se detuvo.

Añadió:

Castañas, chocolate caliente y lecturas de misterio.

Lo leyó en voz baja, como si necesitara comprobar que las palabras sonaban tan bien como parecían.

Después, en una línea aparte, escribió:

Preguntar a Alma si quiere hacer las fotografías.

Vera dejó el bolígrafo.

Miró la frase.

La volvió a leer.

—Por motivos profesionales —murmuró.

Don Ramiro, desde el escaparate, continuó observándola con su habitual expresión de desaprobación.

—No empieces tú también.

Fuera, la lluvia había empezado a amainar. El cielo seguía cubierto, pero entre las nubes se adivinaba una claridad pálida que iluminaba las fachadas y hacía brillar las hojas pegadas a los bordillos.

Una de ellas, de un naranja intenso, se desprendió de la rama de un árbol y descendió lentamente hasta quedar junto al escaparate.

Vera no llegó a verla.

Estaba demasiado ocupada pensando en una mujer que había entrado en su librería con un paraguas roto, había comprado un libro sin leer la sinopsis y había aceptado una invitación que todavía no existía.

Una mujer que se llamaba Alma.

Vera se dijo que no tenía sentido concederle tanta importancia a un encuentro tan breve. Las personas entraban y salían de su librería todos los días. Algunas dejaban recomendaciones, otras pedían encargos, otras hablaban del tiempo antes de marcharse.

No había ninguna razón para recordar aquella conversación cuando terminara la jornada.

Ninguna razón para preguntarse si Alma había llegado a casa sin mojarse demasiado.

Ninguna razón para esperar que volviera.

Y, sin embargo, cuando la campanilla tintineó unos minutos después por culpa de una corriente de aire, Vera levantó la cabeza con una rapidez que la hizo sentirse ridícula.

La puerta seguía cerrada.

La calle continuaba vacía.

Vera soltó una pequeña risa y volvió a sus cuentas.

Aquel otoño iba a ser largo, se recordó. Había mucho que hacer, demasiadas cosas que resolver y un negocio que necesitaba toda su atención. No estaba para distraerse con desconocidas encantadoras que compraban novelas de misterio.

No estaba para nada de eso.

Pero, mientras anotaba el precio de una nueva entrega de libros, descubrió que seguía recordando la risa de Alma.

No sabía todavía que, con el tiempo, sería capaz de reconocer aquella risa entre decenas de voces. Que aprendería a distinguir sus pasos en el pasillo de la librería y que acabaría asociando el olor de la lluvia con el sonido de una llave girando en la cerradura.

No sabía que algún día recordaría aquella mañana como el principio de algo que no había buscado.

Por ahora, solo sabía que una mujer había entrado en su librería y había conseguido que el día pareciera un poco menos gris.

Y, en aquel tres de octubre lluvioso, aquello ya era bastante.