CAPÍTULO 1 #2
Vera fingió pensárselo.
—Sí. Pero no te la vendería. Sería irresponsable.
—¿Por qué?
—Porque si cambias de vida después de leerla, no quiero que vuelvas a reclamarme los gastos de mudanza.
La mujer soltó una carcajada.
Vera sonrió. No pudo evitarlo.
—Está bien —dijo la desconocida—. Quizá no necesito tanto miedo. Me gustaría que fuera una historia bonita. De esas que puedes leer con una manta, una taza de té y la lluvia al otro lado de la ventana.
—Eso sí puedo encontrártelo.
Vera dejó la libreta en el mostrador y salió de detrás de él.
La sección de narrativa fantástica estaba al fondo, junto a una estantería baja donde se acumulaban las ediciones de segunda mano.
Conocía bien aquel rincón. Sabía qué libros tenían las cubiertas desgastadas, cuáles habían sido donados por vecinos y cuáles guardaban pequeñas dedicatorias en las primeras páginas.
Le gustaba encontrar aquellas dedicatorias.
A veces imaginaba las historias que habían acompañado a los libros antes de llegar a sus manos.
Quién se los había regalado a quién, qué promesas habían escrito sus antiguos dueños, por qué algunos habían terminado olvidados en una caja mientras otros habían viajado de casa en casa durante décadas.
Los libros podían sobrevivir a muchas despedidas.
A las personas, en cambio, no siempre se les daba tan bien.
—Tengo uno que quizá te guste —dijo.
Sacó un volumen de cubierta azul oscura, con una casa rodeada de árboles rojizos y una luna fina sobre el tejado. Después eligió otro, de tonos ocres, protagonizado por una pequeña localidad donde, según la sinopsis, ocurrían sucesos inexplicables cada víspera de Todos los Santos.
Los colocó sobre la mesa.
—Este es más misterioso. El otro tiene menos fantasmas y más sentimientos.
—¿Cuántos sentimientos?
—Los suficientes para que quieras zarandear a los protagonistas.
—Perfecto.
—Aunque puede que no se besen hasta el final.
La mujer abrió mucho los ojos.
—¿Hasta el final?
—Quizá un poco antes.
—Eso es cruel.
—La paciencia también forma parte de la experiencia literaria.
—No sé si estoy preparada.
Vera inclinó la cabeza, fingiendo seriedad.
—Entonces te recomiendo el primero.
—¿Porque da más miedo?
—Porque los protagonistas son adultos y, por una vez, tienen la decencia de hablar entre ellos antes de arruinarse la vida.
La mujer se llevó una mano al pecho.
—Eso sí que es fantasía.
Vera se echó a reír.
Durante un instante, mientras la lluvia golpeaba los cristales y la luz de las lámparas envolvía las estanterías, la librería pareció más pequeña y más acogedora.
Como si el mundo exterior hubiese quedado suspendido al otro lado de la puerta y solo existieran aquel rincón, los libros y la conversación que se iba formando entre ellas sin que ninguna tuviera que esforzarse demasiado.
La desconocida tomó el libro de la cubierta azul.
—Me llevo este.
—¿Estás segura? Todavía no has leído la sinopsis.
—Confío en tu criterio.
—Nos conocemos desde hace cuatro minutos.
—Cuatro minutos muy convincentes.
Vera sonrió y tomó el libro para comprobar el precio.
La etiqueta estaba colocada en la parte inferior de la contraportada, impresa en una tipografía pequeña y gris. La luz caía desde un ángulo incómodo, y las letras se confundían con el fondo cuando intentaba leerlas desde la distancia habitual.
Vera acercó el volumen a la lámpara. Cambió ligeramente la inclinación, buscó un punto donde el contraste le resultara más claro y, al no conseguirlo, sacó del bolsillo el pequeño dispositivo de ampliación que llevaba siempre consigo.
No hizo nada especial para ocultarlo. Era una herramienta de trabajo, igual que las gafas de lectura que algunas personas dejaban olvidadas junto a la caja o el lápiz que utilizaba para anotar pedidos.
Aun así, mientras enfocaba la etiqueta, notó que la conversación había quedado en silencio.
No era la primera vez que alguien se quedaba callado al verla utilizar una ayuda.
A veces, aquel silencio venía acompañado de preguntas que nadie sabía formular con delicadeza.
Otras veces aparecía una compasión apresurada, como si Vera acabara de contar una desgracia que ella misma todavía no había comprendido.
Lo que más le cansaba no era explicar cómo hacía las cosas. Era descubrir que algunas personas dejaban de hablarle de cualquier otra cosa en cuanto se daban cuenta de que había aspectos de su vida que funcionaban de manera distinta.
Vera terminó de leer el precio y guardó el dispositivo.
Al levantar la cabeza, encontró a la desconocida examinando los libros de la mesa. No había intentado ayudarla sin preguntar ni había convertido el momento en una ocasión para demostrar que era una buena persona.
Simplemente había esperado.
Vera sintió que algo en su interior se aflojaba un poco.
—Son doce euros con cincuenta —dijo.
—Perfecto.
La mujer le entregó el dinero y, mientras Vera preparaba el paquete, volvió a mirar las estanterías.
—Por cierto, soy Alma.
Vera levantó la cabeza.
—¿Alma?
—Alma Reyes.
—Vera Martín.
—Encantada, Vera Martín.
Alma pronunció su nombre con una naturalidad que a Vera le resultó agradable. Sin familiaridad excesiva, sin aquella entonación ceremoniosa que algunas personas utilizaban cuando intentaban demostrar que estaban siendo educadas.
Vera introdujo el libro en una bolsa de papel y dobló la parte superior con cuidado.
—¿Vives por aquí?
—He vuelto hace poco. Estaba viviendo en una ciudad más grande, pero he regresado al pueblo por una temporada.
—¿Una temporada?
Alma se encogió de hombros.
—Eso digo de momento. Supongo que todavía estoy averiguando qué significa.
Vera reconoció la respuesta. Había algo en ella que no terminaba de encajar, como una frase a la que le faltaba el final.
No preguntó.
—Entonces bienvenida de nuevo —dijo—. Aunque debo advertirte de que aquí llueve bastante.
Alma miró hacia la ventana.
—Me había dado cuenta.
—Y en noviembre llueve todavía más.
—Lo tendré en cuenta para mi próxima decisión vital.
Vera le entregó la bolsa.
—¿A qué te dedicas, Alma Reyes?
—Soy fotógrafa. Hago retratos, fotografías para pequeños negocios y eventos culturales. Lo que surja, básicamente.
—¿Y qué te ha traído de vuelta?
Alma tardó un momento en responder.
—Necesitaba un cambio.
Lo dijo sin dramatismo, pero Vera escuchó algo detrás de aquellas palabras. Un cansancio que no parecía tener relación con la lluvia, una historia que Alma no estaba preparada para contarle a una desconocida en una librería.
Vera comprendió que conocía aquella clase de respuesta porque ella misma había pronunciado muchas veces versiones parecidas.
Necesitaba un cambio.
Necesitaba tiempo.
Necesitaba volver a casa.
A veces aquellas frases eran ciertas. Otras veces solo eran la forma más sencilla de decir que una no sabía qué hacer a continuación.
—Espero que el cambio esté siendo amable contigo —respondió.
Alma la miró con una expresión distinta. La sonrisa seguía allí, pero se había vuelto más pequeña, más sincera.
—Todavía estamos negociándolo.
Vera asintió, como si aquella respuesta tuviera todo el sentido del mundo.
Y quizá lo tenía.
Alma guardó el libro en su bolso y se acercó al escaparate. Observó a Don Ramiro con una atención que parecía impropia de una figura de cerámica.
—¿Ese gato tiene nombre?
—Don Ramiro.
—Claro que sí.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que parece un Don Ramiro.
Vera cruzó los brazos.
—Me alegra que alguien más lo comprenda.
Alma se inclinó ligeramente para examinarlo.
—Tiene cara de saber demasiadas cosas.
—Las sabe todas.
—¿Y las cuenta?
—Solo cuando le conviene.
—Me cae bien.
—Eso dice todo el mundo hasta que les juzga la ropa.
Alma miró su propia gabardina, después la bufanda mostaza.
—¿Crees que me está juzgando ahora?
—Sin ninguna duda.
—Tendré que ganármelo.
Vera no supo por qué, pero aquella frase le produjo una calidez inesperada.
Quizá porque Alma parecía capaz de encontrar algo interesante incluso en las cosas más pequeñas.
Quizá porque hablaba con ella como si no tuviera prisa por llegar a ninguna parte.
O quizá porque llevaba toda la mañana sintiéndose atrapada entre números, tareas y preocupaciones, y de pronto había aparecido alguien que parecía recordar que también era posible disfrutar de una conversación sin que tuviera que servir para nada.
Alma volvió hacia el mostrador.
—Una última pregunta.
—Adelante.
—¿Organizáis algo por Halloween?
Vera miró, casi sin querer, hacia la lista de ideas que había pegado junto a la caja.
La pregunta era inocente. Una clienta preguntando por las actividades de un negocio. Nada más.
Pero las palabras encontraron un lugar donde quedarse.
—Todavía no —respondió—. Estoy pensando en organizar una lectura nocturna. Quizá algo de relatos de misterio, alguna actividad para los niños del pueblo… No lo tengo decidido.
—Deberías hacerlo.
—Qué fácil es organizar la vida de los demás.
—No estoy organizando tu vida. Estoy defendiendo una idea excelente.
—¿Y qué sabes tú de ideas excelentes?
Alma apoyó una mano en el mostrador.
—Soy fotógrafa. Mi trabajo consiste, en parte, en convencer a la gente de que las cosas que pasan desapercibidas también merecen atención.
Vera se quedó quieta.
No era una frase extraordinaria. Ni siquiera era especialmente ingeniosa. Sin embargo, había algo en la forma en que Alma la dijo que hizo que Vera pensara en sus propias estanterías, en la luz de las lámparas y en los libros que llevaban meses esperando a que alguien los abriera.
Quizá una lectura nocturna no arreglaría las cuentas.
Quizá tampoco cambiaría la vida de nadie.
Pero podía llenar la librería de voces, de tazas humeantes y de personas que, por una noche, decidieran quedarse un rato más.
Y Vera echaba de menos eso.
No las ventas, aunque las necesitara. Echaba de menos sentir que aquel lugar estaba vivo de una manera que no dependiera únicamente de ella.
—¿Vendrías? —preguntó.
Alma pareció sorprendida.
—¿A la lectura?
—No, a una reunión del consejo municipal. Claro que a la lectura.
—Si me invitas, sí.