Un octubre para encontrarte CAPÍTULO 1
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Un octubre para encontrarte

Un octubre para encontrarte

Por Lara Costas

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CAPÍTULO 1

LA CHICA DE LA LIbrERÍA

El otoño llegaba a San Amaro das Follas sin pedir permiso.

Se instalaba primero en los tejados, dejando una película de humedad sobre las piedras oscuras; después, en los castaños de las afueras, que empezaban a desprenderse de sus hojas con una generosidad casi imprudente.

Finalmente, cuando nadie podía fingir que el verano seguía entre ellos, el otoño descendía por las calles estrechas del pueblo, se colaba bajo las puertas y obligaba a los vecinos a buscar las mantas guardadas en los armarios.

A Vera le gustaba pensar que aquella estación tenía algo de persona que regresaba a casa después de un viaje largo.

Llegaba cansada, con las mejillas frías y el cabello revuelto por el viento, pero traía consigo una bolsa de castañas, una historia que contar y la promesa de que, durante unos meses, nadie tendría que disculparse por querer quedarse dentro.

Aquella mañana, sin embargo, el otoño parecía haber regresado enfadado.

Llovía desde antes del amanecer. No una lluvia espectacular, de esas que hacen temblar los cristales y obligan a los vecinos a correr por la calle, sino una llovizna persistente y menuda que se metía por los cuellos de los abrigos, oscurecía las fachadas y convertía los adoquines en una sucesión de espejos imperfectos.

La escuchaba caer mientras intentaba convencer a la cafetera de que dejara de hacer aquel ruido.

—No te estoy pidiendo un milagro —le dijo—. Solo café.

La cafetera respondió con un gorgoteo sospechoso.

—Estupendo. También tú.

La dejó terminar su particular protesta y se sirvió una taza.

Después cruzó la librería con cuidado de no rozar la esquina de la mesa que había desplazado la tarde anterior.

No necesitaba mirar constantemente el suelo para orientarse; conocía aquel local lo bastante bien como para recorrerlo incluso medio dormida.

Sabía dónde crujía la madera, qué baldosa se movía un milímetro bajo el peso de una persona y en qué estante el antiguo dueño había dejado un hueco imposible de aprovechar.

Al pasar junto a la puerta, se detuvo un instante.

Sobre el marco colgaba un letrero de madera con las letras pintadas a mano. La lluvia había ido apagando el color de los bordes, pero el nombre seguía leyéndose desde la acera: A Última Folla .

Vera nunca había sabido explicar por qué aquel nombre le gustaba tanto.

El anterior dueño, un hombre que hablaba de literatura como si los libros pudieran escucharle, le había contado que lo eligió porque las hojas caían, los árboles se quedaban desnudos y, aun así, siempre terminaba llegando otra primavera.

—Las historias son iguales —le había dicho cuando ella firmó los papeles del traspaso—. A veces parece que se acaban, pero alguien vuelve a abrirlas.

Había sospechado que el hombre llevaba demasiados años leyendo novelas sentimentales.

También había sospechado que tenía razón.

Desde entonces, cada mañana, antes de levantar la persiana, comprobaba que el letrero siguiera en su sitio.

Era una costumbre pequeña, casi absurda, pero le gustaba encontrarlo allí, resistiendo la humedad y el viento.

Como si el nombre no perteneciera únicamente a la librería, sino también a todas las personas que alguna vez habían entrado buscando algo que no sabían nombrar.

Aunque, aquella semana, habría agradecido que las historias se preocuparan un poco más por pagar el alquiler.

Dejó el café sobre el mostrador y se puso el jersey que llevaba atado a la cintura. El frío había empezado a colarse por las paredes antiguas, y el radiador junto a la ventana tenía la costumbre de funcionar únicamente cuando le parecía conveniente.

La librería estaba casi a oscuras.

Vera encendió las lámparas una por una. La luz cálida se extendió sobre las mesas, iluminó los lomos de los libros y dibujó pequeños círculos dorados en el suelo. En el escaparate, un gato de cerámica vigilaba la calle con una expresión de superioridad moral.

Se llamaba Don Ramiro.

Nadie recordaba quién le había puesto aquel nombre.

Los vecinos más antiguos aseguraban que la figura llevaba allí desde antes de que Vera naciera; los niños del pueblo le atribuían poderes de vigilancia sobrenatural y algunos adultos, que deberían haber tenido más sentido común, le dejaban monedas junto a las patas en Nochebuena.

No creía en ninguna de aquellas cosas.

Pero jamás había retirado las monedas.

—Buenos días, señor —saludó al pasar junto al escaparate—. Espero que hoy decida trabajar.

Don Ramiro siguió mirando hacia la calle.

Vera suspiró.

—Lo suponía.

A las nueve abrió la puerta, dio la vuelta al cartel y regresó al mostrador con su libreta de cuentas.

Había tres facturas pendientes.

Una de ellas llevaba cuatro días de retraso. Otra, nueve. La tercera era tan reciente que todavía no tenía motivos para sentirse culpable, pero la miró con el mismo resentimiento que a las demás.

La librería no estaba en peligro inmediato.

Eso se repetía cada vez que los números se le torcían en la cabeza.

Tenía clientela habitual, un puñado de lectores fieles y una comunidad que, en los días buenos, parecía comprender que los pequeños negocios no podían competir con las grandes plataformas a golpe de descuentos.

Pero los libros se vendían despacio.

Las compras de los clientes habituales no siempre bastaban para cubrir los gastos.

El alquiler había subido en primavera y, durante el verano, el turismo del pueblo se había concentrado en las terrazas y en los restaurantes junto al río.

Pocas personas se habían detenido a buscar novelas entre las estanterías.

Vera había pensado en organizar actividades, lecturas y encuentros con escritores locales.

Había escrito una lista de ideas y la había pegado junto a la caja.

Después había llegado septiembre con su cansancio, sus facturas y aquella sensación persistente de estar intentando sostener demasiadas cosas con las manos desnudas.

La lista seguía allí.

La miró durante unos segundos y decidió que ya se preocuparía por ella más tarde.

A veces, sobrevivir a una mañana consistía sencillamente en no intentar resolver el resto del año antes del desayuno.

La primera clienta llegó a las diez y cuarto. Era una mujer mayor que compraba novelas históricas desde que Vera había empezado a trabajar en la librería, y que siempre insistía en contarle el argumento entero de cada libro antes de devolverlo a la estantería.

A las diez y media entró un repartidor con una caja de novedades.

A las once menos cinco, Vera descubrió que habían vuelto a enviarle un título que ya tenía repetido.

A las once y diez, empezó a llover con más fuerza.

Y a las once y veinte, cuando la campanilla de la puerta tintineó de nuevo, Vera estaba intentando leer la etiqueta diminuta de una edición ilustrada que llevaba semanas sin venderse.

La persona que acababa de entrar sacudió un paraguas junto al felpudo.

—Lo siento —dijo una voz femenina—. Creo que acabo de dejar la mitad del océano en la entrada.

Vera levantó la cabeza.

—No te preocupes. El suelo está acostumbrado.

—¿Y el paraguas?

—Ese tendrá que aprender a defenderse solo.

Hubo un breve silencio.

Después, la desconocida se rio.

No fue una carcajada escandalosa ni una risa especialmente llamativa. Fue algo más sencillo: un sonido espontáneo, cálido, que pareció encajar con la madera vieja de la librería y el rumor de la lluvia contra los cristales.

Vera apartó la vista de la etiqueta.

La mujer estaba junto a la puerta, intentando cerrar el paraguas. Llevaba una gabardina verde oscura, una bufanda color mostaza y unas botas que habían perdido la batalla contra los charcos. Una cámara descansaba contra su cadera, sujeta por una correa de cuero.

Tenía el cabello castaño, algo ondulado por la humedad, y una expresión que Vera reconoció vagamente: la de alguien que acababa de entrar en un sitio desconocido y estaba descubriendo, con cierta satisfacción, que quizá había encontrado algo que buscaba.

—¿Puedo ayudarte con eso? —preguntó Vera, señalando el paraguas.

—Solo si prometes no juzgarme.

—No puedo prometer semejante cosa sin conocer todos los detalles.

La mujer miró las varillas torcidas.

—Es un paraguas nuevo.

—Eso lo empeora.

—Lo compré ayer.

—Entonces quizá todavía esté a tiempo de arrepentirse de haberte elegido.

La desconocida volvió a reírse y consiguió, por fin, cerrar el paraguas. Lo dejó en el paragüero, se quitó la gabardina y se pasó una mano por el pelo.

—Bueno. Al menos no he roto nada más.

—Todavía.

La mujer la miró con una sonrisa.

—Me gusta tu optimismo.

—Es una librería. Tenemos que vender esperanza, aunque venga en tapa blanda.

La desconocida observó las estanterías.

A Vera le gustó que lo hiciera sin prisa. Había personas que entraban en una librería como quien entra en un supermercado: buscaban un título concreto, lo encontraban y se marchaban sin mirar nada más. Aquella mujer, en cambio, parecía dispuesta a dejarse distraer.

Recorrió los lomos de los libros, los pequeños carteles escritos a mano y las hojas secas que decoraban una balda junto al escaparate. Se detuvo ante una mesa donde Vera había colocado novelas de misterio, cuentos de fantasmas y algunos libros infantiles sobre brujas.

—Busco una historia de Halloween —dijo al fin.

Vera dejó la etiqueta sobre el mostrador.

—¿De miedo?

—En principio, sí.

—¿Y en principio no?

La mujer se acercó a la mesa y acarició distraídamente el borde de una cubierta.

—Me gustaría algo que tuviera un poco de todo. Un pueblo pequeño, una casa antigua, una bruja que no sea demasiado buena persona…

—Eso último es importante.

—Muchísimo. Y quizá algún fantasma. Pero uno agradable, de esos que ayudan a encontrar las llaves perdidas en vez de intentar arrancarte el alma.

—Estás reduciendo bastante las posibilidades.

—Lo sé. Soy una clienta difícil.

—Las peores son las que piden una novela que las haga reír, llorar, creer en el amor y reconsiderar sus decisiones vitales, todo antes del capítulo cinco.

La mujer la miró.

—¿Tienes alguna?