EPÍLOGO #3
Volvieron al mostrador y Vera sacó el cuaderno de tapas cobrizas.
Alma buscó una página en blanco y dejó el bolígrafo junto al margen.
Durante unos segundos, ninguna escribió.
Se quedaron mirando el papel, como si quisieran encontrar una frase capaz de conservar el asombro sin convertirlo en una explicación demasiado sencilla.
Al final, Alma escribió:
Han pasado tres semanas y la flor sigue fresca. Hoy hemos encontrado un brote verde en el centro. No sabemos cómo es posible. Huele a manzana y canela, como siempre.
Vera añadió debajo:
Alma cree que deberíamos investigar. Yo creo que podemos hacerlo sin dejar de disfrutar de la flor.
Alma leyó la frase y sonrió.
—Eso suena a una indirecta.
—Es una anotación científica.
—Una anotación científica muy personal.
—La ciencia también tiene sentimientos, aunque algunas personas se empeñen en lo contrario.
Alma dibujó una flor diminuta junto a las palabras.
Le salió torcida, con demasiados pétalos y un tallo que parecía estar a punto de caerse.
Vera le pidió que no intentara corregirla, porque el dibujo tenía un encanto particular precisamente por lo mal que estaba hecho.
Alma fingió sentirse ofendida, pero dejó la flor tal como había quedado.
Después cerraron el cuaderno y lo guardaron en el cajón del mostrador, junto a las etiquetas y el papel de envolver.
La mañana siguió su curso. Entraron algunos clientes, llegó una llamada de la distribuidora y Vera tuvo que dedicar veinte minutos a resolver un error en un pedido.
Alma terminó una selección de fotografías, envió una factura y respondió a un mensaje de la agencia sobre el calendario de diciembre.
El brote verde no desapareció mientras trabajaban.
La flor permaneció en la ventana, recibiendo la luz apagada de noviembre, y el recipiente de cristal reflejó las estanterías cada vez que alguien pasaba cerca.
Al mediodía, cuando Vera cerró la caja y empezó a recoger las cosas para marcharse, Alma se acercó a la ventana una última vez. No quería comprobar si el brote había crecido, se dijo. Solo quería mirar la flor antes de salir. Era una distinción bastante inútil, y sonrió al reconocerla.
Los pétalos naranjas seguían abiertos. El tallo descansaba en el agua, y el pequeño brote verde parecía un poco más definido bajo la luz.
Alma no podía asegurar que hubiera crecido durante aquella mañana; quizá el cambio se debía al ángulo desde el que lo observaba.
No hizo una fotografía. No necesitaba una prueba para recordar aquella imagen.
—¿Vienes? —preguntó Vera desde la puerta.
Alma se volvió.
—Sí.
Se puso el abrigo, guardó el portátil y se acercó a ella.
Antes de salir, Vera apagó las luces de la librería, comprobó el cierre y dejó la mano sobre el brazo de Alma mientras buscaba las llaves en el bolsillo.
Alma esperó a que terminara, sin apresurarla ni llenar el silencio con una conversación innecesaria.
Cuando Vera encontró las llaves, se inclinó para besarla.
Afuera, el aire olía a lluvia y a tierra húmeda.
El cielo seguía cubierto, y el pueblo se extendía ante ellas con sus calles estrechas, sus ventanas iluminadas y sus árboles casi desnudos.
Tenían que comprar algunas cosas para la cena, pasar por casa de Vera y decidir si por la tarde les apetecía salir a caminar o quedarse dentro con una película.
Al día siguiente, Alma tendría que trabajar un par de horas y Vera quería revisar las cuentas de la librería.
La semana siguiente traería nuevos correos, nuevas decisiones y quizá algún problema que ninguna había previsto.
Nada había quedado resuelto para siempre.
Alma le ofreció el brazo y Vera lo aceptó.
Caminaron juntas por la acera mojada, hablando de la cena y de si debían comprar manzanas para preparar una tarta.
En la esquina, Alma miró hacia el escaparate de una floristería y se detuvo un instante ante un ramo de flores naranjas.
Ninguna se parecía exactamente a la que habían encontrado en el cuaderno, aunque una variedad tenía pétalos estrechos que le recordaron a los suyos.
—Podríamos entrar y preguntar —dijo.
Vera miró hacia la tienda.
—Podríamos.
—¿Quieres hacerlo?
Vera pensó un momento y después negó suavemente con la cabeza.
—Hoy no. Me gustaría pasar la tarde contigo sin convertirla en una investigación.
Alma sonrió.
—De acuerdo. Pero mañana quizá vuelva a tener curiosidad.
—Mañana puedes volver a tener toda la curiosidad que quieras.
Siguieron caminando. Alma sabía que regresarían a la flor, que buscarían información y que quizá algún día descubrirían que pertenecía a una variedad perfectamente normal, con un nombre complicado y un ciclo de vida que alguna persona experta podría explicarles en cinco minutos.
También era posible que no encontraran ninguna respuesta.
En ambos casos, la historia seguiría siendo suya: no porque fueran las únicas que podían comprenderla, sino porque habían estado allí cuando la encontraron y habían decidido compartir la pregunta.
Alma pensó en la primera vez que había entrado en la librería, con el paraguas roto y una excusa bastante mala para quedarse hablando con Vera.
Si entonces alguien le hubiera dicho que unas semanas después estaría caminando por el pueblo con ella, pensando en una flor que olía a manzana y canela, probablemente se habría reído.
No porque la idea fuera imposible, sino porque habría creído que algo así solo podía suceder en las historias que otras personas escribían.
Ahora sabía que la vida real también tenía sus pequeñas rarezas.
Una llamada que llegaba en el momento adecuado, una persona que escuchaba sin intentar arreglarte, una oportunidad profesional que no exigía abandonar todo lo demás, una mano que buscaba la tuya en una calle mojada.
No eran señales infalibles ni garantías de un final feliz.
Eran posibilidades, y las posibilidades necesitaban decisiones para convertirse en algo compartido.
Vera le apretó suavemente el brazo.
—¿En qué piensas?
Alma volvió la cabeza hacia ella. Podría haberle hablado de la flor, del brote verde o de la extraña sensación que le producía descubrir que ya no quería estar en otro lugar. En vez de eso, decidió decir la verdad sin adornarla demasiado.
—En que me alegro de haber entrado en tu librería aquel día.
Vera sonrió.
—Incluso con el paraguas roto.
—Sobre todo con el paraguas roto. Si hubiera hecho buen tiempo, quizá habría seguido caminando.
—Eso habría sido una pena.
—Sí —dijo Alma, y esta vez no sintió la necesidad de esconder la emoción detrás de una broma—. Lo habría sido.
Vera se detuvo bajo el alero de una casa cuando empezó a llover con más fuerza.
Se volvió hacia Alma y la besó, mientras las gotas repiqueteaban sobre las piedras y el aire frío les rozaba las mejillas.
No había farolillos ni una cuenta atrás hasta la medianoche.
No había una fiesta esperando al otro lado de la puerta ni una promesa que debieran pronunciar para que el momento tuviera valor.
Solo estaban ellas, en una tarde cualquiera de finales de noviembre, eligiendo quedarse un poco más cerca.
Cuando se separaron, Vera apoyó la frente contra la suya.
—Vamos a comprar manzanas —murmuró—. Si no, esta noche cenaremos pan y queso otra vez.
—No veo ningún problema en eso.
—Yo sí. Necesito que mi novia aprenda a comer algo que no venga envuelto en papel.
Alma se quedó inmóvil un instante.
No por la palabra en sí, que Vera había pronunciado con naturalidad, sin ceremonia ni advertencia, sino por la forma en que encajó en el mundo.
Mi novia. No era una promesa eterna ni una decisión tomada por miedo a perderse.
Era una manera de nombrar lo que estaban haciendo ahora, de reconocer que se habían elegido y que querían seguir conociéndose.
Vera pareció advertir su silencio.
—¿Está bien? —preguntó, con una cautela que Alma agradeció.
Alma le tomó la mano.
—Está muy bien.
—Perfecto. Entonces vamos a comprar manzanas.
Y siguieron caminando, bajo la lluvia de noviembre, hacia una tarde que no tenía nada de extraordinario y que, precisamente por eso, Alma quería recordar.
Quizá el otoño no les había enseñado a quedarse para siempre, sino algo mucho más sencillo: que también se podía elegir a alguien un día cualquiera, cuando la lluvia empezaba a caer y el mundo parecía dispuesto a cambiar.