Un nuevo dragón: Ciclo Transformación – Libro III (Crónicas hechiceras 6) Capítulo IX
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Capítulo IX

—Ya dominan un tercio de la ciudad y aún avanzan —informó, días después, uno de los pocos civiles que permanecían en el consejo—. Poseen apoyo de una gran parte de la población.

—¿No hay diálogo? —preguntó Floree y miró tanto a Kei como a Lunet—. Conocemos a varios de ellos.

—Ninguno de esos está a cargo ahora —gruñó entre dientes el militar—, sino líderes de los reinos anexados. Sin dudas, consideran a esta su oportunidad de destruir el Imperio. —Inspiró—. Todas nuestras tropas —ojeó a los hechiceros—, magos incluidos, regresarán pronto.

—Aún creo que cometemos un error —señaló, incisivo, un brujo.

Lunet suspiró.

—Tal vez; sin embargo, ni siquiera se trata de una pausa, un reducido equipo mantendrá la búsqueda del dragón mientras recuperamos el control. —Recorrió al grupo con una mirada—. Debemos discutir sobre las provisiones y los próximos pasos.

Sonaron golpes a la puerta e ingresó un mensajero, muy herido debajo de su maltrecho uniforme. El general se acercó a él.

—¿Qué sucede? ¿Otro ataque?

El hombre sacudió la cabeza y tosió. Floree se levantó para ofrecerle un vaso de agua.

—Gracias —musitó él luego de tomar varios tragos. —El reptil, en la cordillera, todos los días. Nadie vuelve, nadie sobrevive. —El sujeto tembló—. Una trampa…, quiere que lo persigamos, para atraparnos.

—¿El dragón? —dijo una maga—. ¡Tonterías! Hablamos de un animal. Pero, claramente, no podemos cancelar las excursiones.

Kei vaciló y el hombre frente a él se tambaleó. El general lo sostuvo antes de que cayera al suelo. Junto a Floree, lo llevaron hasta una silla.

—Necesita un doctor —expresó una civil.

Lunet caminó hacia el mensajero. Se arrodilló a su lado, cerró los ojos y murmuró unas palabras.

Luego pasó sus manos fulgurantes por el pecho del sujeto, quien poco después dejó de temblar y recuperó color en las mejillas.

Sin embargo, Lunet empalideció. Cuando terminó, Floree trató de ayudarla a levantarse, pero la hechicera rechazó su auxilio.

—Estoy de acuerdo —expuso Lunet, con un suspiro, tras regresar a su asiento—. Ahora no podemos reducir las búsquedas. Debemos realizar un último esfuerzo.

Los otros brujos murmuraron su apoyo. Kei volvió a titubear.

—Bueno —aceptó Floree—. Haremos lo que tratamos antes: yo iré…

—¡No! —exclamaron a la vez Kei y Lunet.

—Ni siquiera la capital es segura aún —expresó la hechicera y se dirigió al militar—. Nosotros debemos permanecer aquí, junto a Floree.

—Una condición —gruñó el general luego de unos minutos—: si en un mes no capturamos al dragón, se suspenden todas las excursiones.

Nuevas misiones salieron la sucesiva mañana.

En el palacio, solo quedaron tres magos, incluida Lunet, y un cuarto de los soldados disponibles en ese momento.

Sin embargo, los motines en la ciudad disminuyeron.

Cuando varios grupos abandonaron la urbe, el consejo sospechó que habían descubierto los últimos eventos en la cordillera e iban tras el reptil.

—Debemos atacar ahora —dijo Lunet aquella misma noche.

—Nosotros también perdimos mucha gente —señaló Kei.

—Ellos no son soldados ni brujos. Este es el mejor momento —insistió Lunet—. Si bien tal vez quedemos golpeados, seremos los últimos en pie.

Floree vaciló.

—Todavía creo que si tratamos de dialogar…

—No —la interrumpió Kei—, hace rato que eso no es una opción. —Inspiró y miró a la hechicera—. De acuerdo.

Horas más tarde , cuando el sol recién comenzaba a asomar, Floree atendía las heridas de Lunet y preguntó:

—¿Dónde está Gareth?

Lunet negó con la cabeza, gruñó y apretó los labios.

—¿Elayne? —inquirió Floree.

—En la torre —refunfuñó el general, quien curaba sus propias heridas—. Esta fue una mala idea.

Floree inspiró.

—Pero…

Elayne irrumpió en la habitación.

—Un regimiento imperial está a minutos de alcanzar las puertas de la ciudad —anunció.

De inmediato, Kei se puso de pie; sin embargo, necesitó sostenerse un momento.

—Vamos —urgió a la maga—, aún podemos ganar. —Giró hacia Lunet, pero la mujer se había desmayado.

—Yo me ocuparé de ella —murmuró Floree.

—Volveremos —dijo Elayne y abandonó la habitación junto a Kei.