Un nuevo dragón: Ciclo Transformación – Libro III (Crónicas hechiceras 6) Capítulo VIII
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Capítulo VIII

—¡Protejan a Floree! —rugió el general y ella quiso llegar a él; sin embargo, había demasiadas personas alrededor.

A los alaridos de la multitud, se sumaban estallidos de los sortilegios y el crepitar del fuego.

Floree cayó al suelo cuando trataba de avanzar, varios individuos la patearon y pisaron en su ímpetu por huir.

Ella se cubrió la cabeza con los brazos; de repente, le asieron las muñecas. Floree luchó para liberarse.

—Soy yo —refunfuñó Kei—. ¡Rápido! Tenemos poco tiempo.

Ella se levantó a duras penas. Juntos, escaparon de la peor parte del disturbio. Floree miró alrededor, creyó que Lunet estaría cerca, pero solo había tres magos y un puñado de soldados. El resto del gentío eran civiles. De pronto, sonó el ruido de caballos.

—Refuerzos —susurró Floree.

—De ellos —gruñó el general y la arrastró lejos de ahí, escoltados por una pequeña hueste.

Corrieron al palacio, donde más tropas y brujos defendían el perímetro. Allí estaba Lunet, quien se apresuró hacia Floree apenas la vio.

—Me alegra que te encuentres bien —dijo, con un suspiro, y se giró hacia Kei—. ¿Cuál es la situación?

El militar encajó las mandíbulas.

Antes de que pudiera contestar, sonaron chillidos cercanos y el trote de caballos. Kei se dirigió a los soldados:

—¡A sus puestos! —rugió y los hombres corrieron a reforzar el acceso del edificio, así como su perímetro.

Lunet también habló con los otros magos y estos se esparcieron por las mismas áreas, aunque un par ingresaron al palacio.

Entonces, la hechicera se arrimó a Floree.

—Ven conmigo —murmuró.

Floree vaciló, con los ojos fijos en la multitud que se aproximaba.

—Rápido —la urgió Lunet.

La joven inspiró y acompañó a la hechicera. Al principio, creyó que la llevaría al despacho de Ektor o quizás a la sala de consejo; sin embargo, Lunet la guio hacia otros pasillos.

—¿A dónde vamos? —preguntó Floree.

—A un lugar protegido —contestó Lunet.

—Déjame hablarles —planteó Floree.

—No escucharán ahora. —La mujer apretó los labios—. Subestimamos su fanatismo. —Inspiró—. Igual al de algunos brujos —murmuró.

Caminaron por pasillos menores varios minutos hasta parar frente a un muro inocuo, similar a los vecinos.

Allí, Lunet ejecutó un sortilegio y apoyó sus manos sobre las piedras.

Con un leve crujido, se abrió un acceso oculto y la hechicera guio a Floree dentro de una pequeña habitación repleta de provisiones. Lunet cerró la puerta.

—Pronto vendrá alguien a quedarse contigo, no salgas de aquí hasta que resulte seguro.

—Pero…

—Los civiles opositores a la magia obtuvieron refuerzos de los reinos anexados —explicó Lunet—. Con la mayoría de los brujos y numerosos soldados fuera de la ciudad, nos encontramos en una situación complicada.

—Pensé que habíamos logrado disuadirlos.

—A algunos sí; sin embargo, estos son fanáticos.

—Quizás…

Lunet le apretó el brazo y dijo:

—Hablaremos luego. Necesito que me prometas que permanecerás aquí.

Floree suspiró y asintió.

En ese momento, la puerta brilló e ingresó Howel. Lunet se apresuró a salir.

Pasaron largas horas antes de que la hechicera retornara. Cuando lo hizo, Floree se levantó de un brinco y corrió hacia ella. La mujer lucía agotada y exhibía varias heridas, aunque ninguna parecía de gravedad.

—¿Retomamos el control? —preguntó Howel.

Lunet sacudió la cabeza.

—No del todo. —Ofreció una mano a Floree—. Ven. El palacio es seguro. —Inspiró—. Pero tenemos mucho que hacer.