Capítulo VII
Sin embargo, no logró salir de la capital.
En el acceso a la ciudad, un grupo de personas armadas la interceptó; Floree reconoció varios rostros.
Por un segundo, creyó que vería a Kei, pero el general se hallaba ausente.
Quienes le impedían el paso eran civiles opositores a la magia.
Floree chocó con su rígida inclinación en múltiples ocasiones.
Tanto un soldado como el brujo que la escoltaban se adelantaron.
—Salgan del camino —ordenó el hechicero.
—Ejecutamos un asunto oficial —agregó el militar y apoyó su palma sobre la empuñadura de su espada.
—Por favor —intercedió Floree—, hablemos. —Se dirigió al hombre a cargo y vaciló unos segundos antes de utilizar su nombre—. Odom, ¿qué puedo hacer por ti?
—No vayas en busca del dragón —contestó él y Floree titubeó.
—Somos una comitiva del Imperio —declaró el brujo y alzó sus manos, que ya chispeaban electricidad.
Entonces, una mujer del grupo opositor enarboló un florete encantado y lo clavó en las muñecas del hechicero. Él gritó. Luego la magia estalló de forma descontrolada.
Floree percibió que la encerraban varios individuos, todo resultaba muy confuso. De repente, la asieron de los brazos y tiraron de ella. Cuando miró alrededor, notó que no había ningún soldado cerca, solo civiles compañeros de Odom.
—Por favor —rogó Floree—, podemos conversar.
—Las charlas terminaron —dijo Odom e hizo un gesto con la mano.
Un hombretón alzó a Floree y el grupo se puso en marcha. Poco después, llegaron a una mansión de algún noble del pasado. Cuando la soltaron, ella trató de escabullirse, pero había demasiados de los otros y Floree estaba sola. En minutos, la llevaron al sótano.
—No queremos dañarte —susurró una mujer.
Floree sacudió la cabeza.
—Este no es el camino.
—La magia no es el camino —intervino Odom—, tu padre lo sabía y por eso lo mataron.
Floree se mordió la lengua, ella recordaba cómo había fallecido Ektor. Y si bien él añoraba una forma de no depender tanto de sortilegios, buscaba un modo pacífico de conseguir tal objetivo.
—¿No crees que nuestro pueblo ya sufrió bastante? —le preguntó a Odom.
—Sí, por eso tenemos que eliminar a todos los hechiceros y evitar que surjan más. Ahora quedan pocos, debemos actuar.
—¡Ya hay uno menos! —exclamó un muchacho.
Floree apretó los labios; el brujo estaría herido, pero no acabado, sino furioso.
En aquel momento, las paredes explotaron y el cuarto se llenó de un espeso humo.
Floree entornó los ojos y tosió a la vez que buscaba una salida, rodeada de confusión y gritos.
Sonaron más detonaciones, junto al ruido de pasos apresurados.
Floree notó que nadie le prestaba atención, trataban de salvar sus propias vidas.
Ella giró sobre sí misma y, de pronto, distinguió una estrecha rendija de luz.
Corrió hacia allí con toda la velocidad que le resultó posible.
Logró alcanzar la calle y ahí estaba el mago herido, acompañado de otros hechiceros y un pelotón de soldados liderados por Kei.