Capítulo VI
Floree cerró la puerta del despacho; la reunión del consejo había terminado unos minutos antes.
—No estoy de acuerdo —dijo Lunet.
—Ni yo —expresó Kei.
Los tres se hallaban solos en la habitación. Floree miró a los otros dos. Si bien le agradaban y sabía que, en cierta forma, ambos deseaban ayudarla, sospechaba que también la utilizaban para sus objetivos. Suspiró.
—No podremos continuar esta pesquisa, que tanto daña a la gente, por mucho más tiempo. Pero necesitamos a ese dragón. —Inspiró—. Ya existe una alianza entre brujos negros y blancos, ¿no?
El general bufó y Lunet apretó los labios.
—Tenue —contestó la hechicera.
—Como la magia —murmuró Kei.
Floree vaciló, se retorció los dedos y continuó:
—Todos contribuyen a la situación actual. Si creásemos…
—Una tercera cofradía aumentará el caos —expresó Lunet.
—Y ya existen asociaciones de civiles —acotó Kei.
Floree titubeó de nuevo, luego se aclaró la garganta y giró hacia él.
—Esos grupos pelean entre ellos igual que los brujos.
Algunos odian la magia, otros la ansían; no importan sus motivos, es el mismo resultado.
—Se dirigió a Lunet—. Ustedes también sufren, precisan ocultarse por sus escasos números.
Y no logran alargar más sus vidas ni concebir hijos que posean magia —se contempló las manos—, lo cual opino que está bien.
—Inspiró—. Debería ser una elección individual tenerla, cómo usarla o evitarla.
Solo propongo los mismos bandos que existen ahora, pero todos oficiales, con sus sectores en la ciudad —vaciló— y guiados… por mí.
—¿Qué? —reaccionó el general y avanzó un paso hacia ella.
Por su lado, Lunet sonreía con sutileza mientras la observaba.
—Yo no quiero tocar al dragón —aclaró Floree—.
Sin embargo, quienes sí lo desean, merecen la oportunidad de hacerlo.
Necesitamos hechiceros, y que trabajen junto a los civiles.
—Se retorció los dedos—. Creo que siempre…
, en los cargos y tareas, debe haber un individuo de cada grupo —miró de uno a otro—, incluso en el palacio.
Kei sacudió la cabeza.
—Ektor ya probó eso y no funcionó —señaló Lunet—. Se precisa que una figura central dirija el Imperio.
Floree suspiró.
—Lo sé, pero ni hechicero ni ordinario. —Se mordió el labio—. No hay nadie intermedio, excepto…
—Sin dudas, muchos civiles te respaldan —habló Lunet con lentitud—; no obstante, si bien los brujos respetan el hecho de que eres la hija de Ektor… —se encogió de hombros—, no tienes magia.
—Por eso no ocuparé el puesto sola. ¡No cambia nada entre nosotros en verdad!
Lunet se giró hacia Kei.
—Ustedes quedarían con ventaja. A pesar de sus padres, Floree es como tú.
Él bufó y sacudió la cabeza de nuevo.
—Más brujos… —gruñó.
—Los precisamos —insistió Floree.
—Lo pensaré —refunfuñó él al final y embaló hacia la puerta.
—Eh…, aguarda —dijo Floree—. Creo…, yo… debería unirme a la búsqueda del dragón y así…
—¡No! —exclamó Kei.
Lunet rio.
No resultó difícil convencer a la hechicera; sin embargo, Floree tardó varios días en lograr que el general accediese a su propuesta. Y si bien ella albergaba muchas dudas sobre dejarlos a los dos sin intermediarios en el palacio, necesitaban quedarse para administrar y proteger el Imperio.
Antes de partir, Floree pasó unos momentos en el despacho de Ektor.
—Ojalá esté haciendo lo correcto, padre —susurró—; sé que era todo lo tú deseabas, y yo también.
Tocaron a la puerta y Floree recogió su bolso.