Capítulo X
Dos semanas después , solo cuatro personas estaban reunidas en la sala del consejo: Floree, Kei, Lunet y un civil. Este último repasó el pergamino que sostenía.
—Las reparaciones avanzan con lentitud, pero sin pausa. No obstante, nos quedaremos sin recursos pronto.
—Llegarán más, de los pueblos aledaños, en unos días —dijo Floree.
El general inspiró.
—Si escoltamos todos los carruajes, solo me restarán dos hombres para acompañar a Elayne —señaló y miró a Lunet—. ¿Aún podemos confiar en ella?
Lunet asintió, con cansancio.
—Por ahora.
—¿Hay noticias de las excursiones? —preguntó Floree.
Kei gruñó.
—Ya ignoramos quién está con quién, ninguna alianza dura. Por lo menos, no pelean aquí.
—Regresarán en algún momento —expresó Lunet.
—Quizás no capturen nunca al reptil o tarden años y para entonces no les interese retornar a la capital —indicó el civil.
La hechicera apretó los labios. Floree sabía que su magia y la de Elayne no alcanzaban para sostener el Imperio; sin embargo, como Lunet, evitó comentarios al respecto; ya habían discutido el tema demasiadas veces, sin llegar a un acuerdo real.
Tras un golpe a la puerta, entró un mensajero que se acercó al general y le susurró al oído.
—Basta de secretos —dijo Lunet—, somos tan pocos…
Kei frunció la nariz y luego asintió hacia el hombre.
—Un grupo capturó al reptil, por un momento.
—¿Un momento? ¿Qué sucedió? —indagó Lunet y se irguió en su silla.
El soldado titubeó.
—¿Fallecieron? —preguntó el civil.
—Sí —susurró el mensajero.
—¿Y la novedad? Siempre ocurre lo mismo. Ese siniestro animal… Comienzo a creer que sí lo hace a propósito.
—Un hombre logró retornar al campamento antes de sucumbir a sus heridas… —explicó el soldado y miró de reojo a Lunet—. Tenía lesiones mágicas.
—Los brujos pelean entre ellos —descartó el general; aunque Floree notaba la rigidez en su postura.
—En el grupo eran todos civiles, señor —indicó el mensajero—, no había hechiceros cerca.
—No comprendo —intervino Floree—, ¿qué significa?
—Solo historias para asustar a la gente —expresó Kei.
—No, señor —refutó el soldado—, lo siento, pero no lo son.
—Necesitamos información precisa sobre qué ocurre allí —dijo Lunet.
—¿Puedes comunicarte con los brujos en la zona? —preguntó Floree y apretó los labios, sabía que a la hechicera no le gustaba usar ese sortilegio; en verdad, a ningún mago, aunque ella ignoraba el motivo.
Lunet inspiró y luego se dirigió al mensajero:
—Pide al guarda que traiga a Elayne.
Durante varios minutos , las dos hechiceras trataron de comunicarse con brujos del palacio en busca del dragón, sin lograr respuesta; hasta que, por fin, la esfera encantada fulguró.
—¡Howel! —exclamó Lunet—, me alegra hallarte. Recibimos unas noticias…
—Debes ver esto —la interrumpió Howel y la imagen tembló, para después mostrar las montañas.
Un conjunto de individuos gritaba y se acercaba a…
un dragón. A Floree le sorprendió su tamaño, esperaba que fuera enorme.
El reptil estaba en el suelo, quieto, las alas plegadas.
Desde el grupo de personas, salieron disparadas llamas eléctricas; sin embargo, el sortilegio chocó con una barrera incorpórea.
Entonces, el animal abrió sus fauces. Si bien Floree pensó que brotaría fuego, chispazos encantados volaron hacia a los humanos; solo dos de ellos lograron alejarse.
El silencio inundó la habitación del consejo.
—El dragón lanzó un sortilegio —murmuró Elayne luego de unos minutos.
Lunet se frotó las sienes.
—¡Debemos matar a ese animal! —profirió Kei—. ¡Ya!
—Ese no es el problema —jadeó Howel y la imagen volvió a temblar antes de mostrar el cielo. Allí, planeaba un grupo de reptiles.
—¡Retornen a la ciudad! —exclamó Lunet.
—No —dijo el general—. Los atraerán hacia aquí.
—A esta altura, no creo que pueda evitarse, ya atacaron algunas aldeas —expuso Howel y se pasó la mano por el cabello—.
Nos estamos organizando. La mitad saldremos hacia la capital hoy, los demás tratarán de ralentizar el avance de los dragones —inspiró—, pero llegarán pronto y más vale que tengamos un plan para entonces.
El encantamiento terminó y el silencio se reinstaló en el cuarto. Nadie siquiera movió un músculo durante largo rato, hasta que Lunet habló:
—Debemos prepararnos —susurró y el resto asintió—, creo que… es el inicio de otra guerra mágica.