Un nuevo dragón: Ciclo Transformación – Libro III (Crónicas hechiceras 6) Capítulo IV
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Capítulo IV

—Pronto habrá que disminuir el perímetro de vuelta —comentó Kei, un mes después, cuando él y Floree mantenían una reunión privada en la oficina de Ektor.

Ella suspiró.

—¿No existe opción? —preguntó.

—No.

Ella suspiró otra vez.

—Creo que a nadie le gustará. —Frunció la nariz—. ¿Aún no regresa ningún grupo?

—No. —El general sonrió con levedad—. Solo nos llegan novedades sobre decesos.

Floree apretó los labios. Sabía que esas muertes incluían magos y conocía la posición de Kei al respecto; sin embargo, ella temía sus efectos en el Imperio y también le preocupaba Lunet.

Kei se arrimó a ella hasta quedar a escasos centímetros. Él le sacaba media cabeza y, a Floree, su cercanía le brindaba seguridad. El militar echó una ojeada hacia el escritorio, donde titilaba una pequeña bola de cristal.

—¿Está encendida? —susurró.

—Siempre —respondió ella y vaciló.

Si bien el joven militar ejercía un odio palpable hacia los magos, aprovechaba los sortilegios que le resultaban útiles. La esfera sobre el pupitre emanaba un hechizo para aplacar los sonidos en la habitación y evitar que se escucharan desde fuera.

—Llegó el momento que esperábamos —anunció Kei.

—Todavía no hay suficientes personas capacitadas —indicó Floree.

—Precisamos actuar ya —insistió él—. Con la mayoría de los brujos distraídos o ausentes —se pasó la lengua por los labios—, podemos contener al resto en los calabozos del palacio. Tu padre lo hizo una vez.

Floree titubeó; no le gustaba esa idea, pero tampoco quería discutir con Kei.

—Si son prisioneros… —dijo con pausa, mientras cavilaba—, ¿cómo lograremos su colaboración? Al principio, la necesitaremos.

Kei apretó las mandíbulas. Representaba un problema vital en su plan, él lo reconocía. Muchos sortilegios precisaban refuerzos asiduos de magia y, sin ellos, la ciudad pronto se sumiría en caos. Y unos cuantos civiles habían mencionado que no deseaban retomar ciertas tareas.

—Es el mejor momento —insistió el militar con testarudez.

—Solo debemos aguardar un poco más —musitó ella—, confía en mí.

Él la observó a los ojos varios minutos y luego se alejó.

—Conversaremos mañana —murmuró y abandonó el cuarto.

Floree suspiró y dejó caer los hombros. A los breves segundos, una puerta secreta se abrió en un muro del despacho y surgió Lunet.

—Deberemos actuar antes de lo planeado —anunció la hechicera.

—No quiero que nadie salga lastimado —expresó Floree.

Lunet se acercó a la joven y le apretó el brazo.

—Yo tampoco —dijo—. Sé que albergas dudas, pero esto es lo correcto.

Floree se mordió el labio.

—Kei es un buen hombre —musitó.

—Todos los miembros del consejo tratan de hacer lo que creen mejor para el Imperio —respondió la hechicera—. Sin embargo, tú comprendes que uno de nuestros principales problemas es el conflicto interno. Precisamos unidad, a como dé lugar.

—Sí —murmuró Floree—. Eso también entristecía a mi padre.

—Ektor deseaba paz, más que nada. —Lunet asintió—. No te preocupes, yo me encargaré. Tú solo debes contener al general y los civiles unos días. En una semana, estará solucionado.

—De acuerdo —susurró Floree y se retorció los dedos mientras veía a Lunet dirigirse hacia el túnel secreto.

Últimamente, los brujos se escondían luego de asistir en reuniones o realizar el soporte necesario. Ya nadie sabía cuántos quedaban en el Imperio, ni siquiera en el palacio.

Floree caminó hacia el escritorio y acarició los papiros que leyó múltiples veces. Después de ojear la pared con el acceso oculto, de entre los pergaminos, extrajo unos que había encontrado días atrás. No deseaba compartirlos aún.