Capítulo 23
Eric había estado dudando de su decisión sobre pasar el día de excursión haciendo senderismo con Kyle hasta el mismo momento en que lo vio esperándolo en la acera junto a su edificio.
Eric sabía que había sido irresponsable por su parte aceptar esa salida; o bien estaba dándole falsas esperanzas a Kyle, o bien estaba dejando que su propio corazón se dejara engañar.
En cualquier caso, eso solo iba a complicar aún más lo que sentía por Kyle.
Pero la forma en que le sonrió cuando Eric detuvo el coche frente a él, con la emoción reflejada en toda la cara, hizo que no le importaran demasiado las malas decisiones.
—¡Yupi! ¡Nos vamos de excursión! —cantó Kyle.
Llevaba puestas las gafas y un gorro de punto abrigado. Estaba adorable, y a Eric se le aceleró el corazón sin poder controlarlo.
«No está hecho para ti», se había recordado a sí mismo. «No de ese modo».
Ahora estaban a solas, de pie, juntos en la cima de la Blue Mountain, contemplando las espectaculares vistas del río Hudson y las montañas nevadas que había más allá.
Hasta el momento había sido un día perfecto.
Kyle era un experto en senderismo, yendo por ahí estaba como pez en el agua, y Eric sentía como si acabara de conocerlo.
Estaba el Kyle que tonteaba en el bar y el Kyle que era un brillante estudiante de máster, pero es que además estaba este otro: sonrojado y feliz tras un día de invierno al aire libre.
Eric se estaba enamorando de todas las facetas de Kyle, y no sabía cómo evitarlo.
—¿Has sacado buenas fotos hoy? —preguntó Kyle.
—¿Qué? Ah. Sí, creo que sí. —Pensó en la imagen que había capturado de Kyle, con las mejillas sonrosadas y sonriendo a una ardilla que había visto en un árbol, y se alegró de haberse llevado la cámara a la excursión—. De hecho, algunas están muy bien.
—Guay. Quizá eso es lo que deberías hacer cuando te retires: viajar y hacer fotos.
—Quizá sea solitario —dijo Eric sin querer.
Había pensado en hacer justo lo que Kyle había propuesto, y así era como había pasado algunos veranos.
Le había gustado viajar solo, pero tras dejar el deporte esperaba poder compartir el tiempo con otra persona.
Alguien a quien le encantara estar al aire libre y que supiera de historia y arte.
Alguien con facilidad para los idiomas y pasión por aprender.
Alguien que hiciera reír a Eric, que lo relajara y…
que le atrajera. ¿Cuándo fue la última vez que Eric había deseado tanto algo como deseaba ahora a Kyle?
Eso era malo. Era malísimo, joder.
—¿A dónde irías? —preguntó Eric, con la esperanza de desviar esa peligrosa línea de pensamiento—. Si pudieras viajar a cualquier sitio.
—Adonde fuera. A todas partes. Quiero verlo todo, pero últimamente me llama la atención Grecia. Quizá haga algún curso de idiomas ahí.
—Suena bien.
—Quiero hacer senderismo en Pelión.
—¿Y seguir los pasos de Aquiles?
Kyle sonrió.
—Exacto. Y quizá encontrarme un centauro guapo que quiera enseñarme un par de cosas.
—¿Eso es lo que te gusta? ¿Los caballos?
—Nop. Me refería a hombres mayores inteligentes con pollones.
Eric estaba seguro de que tener una erección no mejoraría el descenso de la montaña.
—Pórtate bien —le regañó.
Eric se dijo en silencio a sí mismo que también se portara bien. La noche anterior, cuando había ido al Kingfisher, no había buscado hacer planes para salir hoy. Quería que Kyle se fuera a casa con él, pero ese día improvisado que estaban pasando juntos valía mucho más que el sexo.
—¿Seguimos? —preguntó Kyle.
—Vamos.
Estuvieron un rato en silencio. Kyle caminaba delante de Eric y no dejaba de fijarse en los árboles.
No había ni un ruido en el sendero; el silencio solo era interrumpido por los pájaros, las ardillas y alguna que otra ráfaga de viento que sacudía las ramas de los árboles.
Era perfecto y apacible, y a Eric le resultaba demasiado fácil pensar mientras caminaban.
Aunque solo fuera caminando detrás de él, se le hinchaba el corazón cada vez que Kyle volvía la cabeza para mirar algo, porque le permitía ver su perfil.
Sus mejillas sonrojadas, sus gafas y su media sonrisa de satisfacción.
Se imaginaba caminando así detrás de él en Grecia o en Italia.
En cualquier lugar al que Kyle quisiera ir.
O podía imaginarse tranquilas noches en casa, en Manhattan. Quizá leyendo juntos en el sofá, con los dedos de los pies de Kyle metidos bajo los muslos de Eric. Y, luego, acostándose juntos, riendo y besándose y…
Eric estuvo a punto de chocar con Kyle, porque se había detenido en seco.
—¿Qu…?
—Chiiist —susurró Kyle—. Mira.
Eric miró hacia donde estaba señalando y vio a dos ciervos en un claro. Se quedó quieto porque no quería asustarlos. Los ciervos se quedaron ahí un rato, comiendo tranquilos algo que crecía cerca del suelo. Cuando por fin desaparecieron hacia el bosque, Eric soltó un suspiro de alivio.
—Guau.
Kyle le sonrió radiante, con los ojos brillantes bajo las gafas.
—Eso no lo ves en la ciudad.
—No.
A Eric le latía con fuerza el corazón contra las costillas. Se sentía invadido por una extraña adrenalina tras haber estado tan cerca de animales salvajes, incluso de unos tan tranquilos como aquellos ciervos. En ese momento, Kyle le pareció precioso.
Kyle lo miró con curiosidad.
—¿Qué?
Eric negó con la cabeza.
—Nada.
Kyle se quedó mirándolo un segundo más, luego sonrió y dijo:
—¿Sabes qué me apetece después de esto? Tortitas.
Eric se rio, en parte aliviado de que la tensión se hubiera disipado.
—No recuerdo la última vez que comí tortitas.
—Uuuf, qué deprimente. Hay un local cerca donde las sirven durante todo el día. Lo he comprobado antes.
—¿Has comprobado si servían tortitas antes de ir de excursión?
Kyle se encogió de hombros sin dejar de sonreír.
—Soy de Vermont. Allí nos tomamos las tortitas muy en serio.
Ay, dios. Esta versión de Kyle era tan encantadora que resultaba peligrosa. Cuando se mostraba alegre, tontorrón y juguetón, derribaba todas las defensas de Eric. De lo único que tenía ganas en ese momento era de empujarlo contra un árbol y besarlo hasta dejarlo sin aliento.
Pero Kyle ya había reanudado su descenso por la montaña, dejando que Eric le siguiera los pasos, hipnotizado.
Una hora más tarde, estaban sentados en una acogedora mesa de un clásico restaurante en Nueva Jersey.
El camarero acababa de traerles dos platos grandes de tortitas.
Eric solía comer cosas ricas en nutrientes y proteínas, y las tortitas eran, en su mayoría, calorías vacías, pero por una vez podía darse el capricho. Olían de maravilla.
Eric observó cómo Kyle echaba una cantidad desmesurada de sirope de arce a las tortitas.
—De Vermont —le recordó Kyle de nuevo cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando fijamente.
Le pasó la botella a Eric y él echó un ligero chorrito en su plato.
Eric gimió al dar el primer bocado a la tortita.
—Dios mío. Están muy buenas.
—¿A que sí? No deberías privarte de las tortitas.
—No sé si eres una buena o una mala influencia.
—Está claro que buena. Antes de conocerme, tu existencia era aburrida, no había tortitas y tenías orgasmos cutres.
Eric casi escupió el siguiente bocado de tortita. Hizo lo que pudo y se lo tragó.
—Es verdad.
Era verdad. Su vida no había estado mal antes, pero Kyle la había vuelto más divertida.
Kyle le sonreía. Todavía tenía las mejillas rojas de la excursión y el pelo revuelto de haberlo tenido metido bajo un gorro.
Dios, era tan mono…
Eric intentó no imaginarse una vida con Kyle basándose en el increíble día que habían pasado juntos. Ese era uno especial, y no debía dejarse llevar por la idea de que podrían tener algo así todos los días. O de que podrían ser algo más.
En lo que no había pensado en todo el día era en su retirada. Imaginaba que el comunicado se había publicado esa mañana en las redes sociales y en la página web de los Admirals, pero tenía el móvil apagado y era feliz ignorando las reacciones que había suscitado la noticia.
—¿Y cómo te va en el trabajo? —preguntó.
Kyle pareció sorprendido por la pregunta.
—¿En el trabajo? Pues bien, supongo. Gus ha estado aún más ausente de lo habitual. Ojalá se preocupara más por el local. Solo aparece lo justo para asegurarse de que no hemos cambiado nada. No vaya a ser que mejoremos el local.
Eric había oído a Kyle quejarse de Gus muchas veces ya. No parecía odiar al hombre (de hecho, lo había descrito como un encanto), pero le frustraba el desapego de Gus hacia su negocio.
—¿Qué le harías al local? —le preguntó Eric—. ¿Si lo llevaras tú?
Kyle suspiró.
—Bueno, para empezar, tendríamos una carta de cócteles increíble.
Incluidos cócteles sin alcohol. —Le guiñó el ojo—.
La decoración se podría mejorar. Quizá con una reforma completa, la verdad.
Me gusta el ambiente acogedor de taberna, pero no debería dar la sensación de estar desgastada y sucia, ¿sabes?
—Le vendría bien algún arreglito —coincidió Eric.
Él también había pensado lo mismo sobre el bar. Un poco de dinero y esfuerzo podrían marcar una gran diferencia en el local.
—Aram también ha dicho que quiere organizar más eventos. Quiere crear una comunidad más sólida en el Kingfisher.
—Es una buena idea.
—Y, de hecho, tenemos una chef que es muy buena, pero nadie lo diría. El talento de Lucy está desaprovechado en ese sitio. Si le dieran vía libre en la cocina, tendríamos un menú impresionante.
Eric asimiló lo que le decía y reflexionó con atención.
—Parece que habéis estado dándole muchas vueltas a esto.
—Durante años. Ay, dios mío. Me encanta el sitio, de verdad, pero necesita una buena reforma. No sé por qué Gus no lo vende y se olvida. Aunque los nuevos dueños podrían vaciar el local sin más y despedirnos.
Sería una pena. Eric le había cogido mucho cariño al sitio.
Comieron en silencio durante unos minutos; Kyle devoraba las tortitas con entusiasmo, mientras que Eric saboreaba poco a poco cada bocado dulce y mantecoso del sirope de arce.
—Gracias por sugerir esto hoy —dijo Eric cuando terminó—. Era justo lo que necesitaba.
—No me des las gracias. Yo estoy pasando un día genial.
—Bueno, pero te lo agradezco de todos modos. Sé que no soy la persona más divertida del mundo.
—Ay, dios. ¿Puedes dejar de portarte como si fueras mi tío viejo Eric, con el que me veo obligado a pasar el rato? Eres mi amigo y no me importa mirarte, así que para mí todo esto es una victoria.
Eric lo observó durante un minuto. Kyle le mantuvo la mirada.
—Vale —dijo al final Eric.
Kyle no paraba de darle vueltas a la cabeza durante todo el trayecto de regreso a la ciudad. Le gustaba mucho Eric. Quería decírselo. Quería pasar el resto del día y de la noche con él. Quería enamorarse de él porque sabía que no le faltaba mucho para estarlo. Solo permitírselo.
—¿Tienes que trabajar hoy? —preguntó Eric.
—No, gracias a dios. Si me llega a tocar, me muero, porque estoy agotado.
Levantó la vista y se dio cuenta de que Eric tenía la mandíbula tensa.
—No estás listo para enfrentarte a eso, ¿verdad? —preguntó Kyle con tacto.
—No.
Cuando llegaron a Chelsea, Kyle dijo:
—¿Por qué no subes un rato? Así podemos escapar del mundo real un poco más.
Eric pareció valorar la oferta y Kyle intuyó que la rechazaría.
—Los dos sabemos qué pasará si subo contigo —dijo Eric.
—Sí. Pensaba que… ¿No quieres que pase?
Eric apretaba con fuerza los nudillos sobre el volante y tenía la mandíbula tensa mientras miraba al frente, evitando la mirada de Kyle.
—Lo que yo quiera da igual. No podemos seguir haciendo esto.
A Kyle se le encogió el corazón.
—¿Por qué?
—Porque no soy el tipo de persona que puede acostarse con un amigo y hacer como si nada y ya. —Dejó caer las manos sobre el regazo y las miró—. Estoy confundiendo lo que hacemos con algo… más. Algo imposible.
Kyle tragó saliva para hacer desaparecer el nudo que tenía en la garganta.
—¿Imposible?
Al final, Eric abrió los ojos y Kyle vio que había lágrimas en ellos.
—Si las cosas fueran diferentes, Kyle…
—No —lo interrumpió mientras sentía cómo le invadía la rabia—. Si me estás diciendo que sientes algo de verdad por mí, que quieres algo más, pero crees que la diferencia de edad es demasiado grande, entonces para.
—Pero es que es verdad.
—No soy un crío.
—Ni yo soy la persona adecuada para ti, Kyle.
Kyle negó con la cabeza, con las lágrimas ardiéndoles los ojos.
—Sí que lo eres. —Ya podía admitirlo. Ya no tenía nada más que perder—. Eres perfecto para mí. ¿No te has dado cuenta de lo bien que estamos juntos? No puedo ser el único de los dos que lo sienta.
Eric le devolvió una sonrisa trise.
—No eres el único.
—¿Pues entonces?
La voz de Kyle se quebró en la segunda palabra.
—Nunca me perdonaría si dejara que malgastaras tu tiempo conmigo. Tu juventud.
—¡Que le den a mi juventud! —Se le escapó más alto de lo que pretendía—. ¡Y a ti también por pensar que no puedo tomar mis propias decisiones!
Eric bajó la cabeza.
—Yo tenía veinticuatro cuando me casé con Holly. Y dieciséis años después nos dimos cuenta de que no éramos el uno para el otro.
—¿Y? ¿Eso significa que no deberías intentarlo por si algún día cambias de opinión? ¿Que no merece la pena correr el riesgo de enamorarse?
Eric abrió mucho los ojos y le resbaló una lágrima por la mejilla hasta caerle en la barba.
—Sé que crees que…
—Lo sé. No lo creo. Sé lo que siento por ti. Quiero estar contigo, Eric. Te…
—Dijiste que sería algo sin compromiso —dijo Eric con la voz temblorosa de la rabia—. Dijiste que el sexo no tenía por qué ser nada serio. Sin ataduras, ¿no?
Kyle resopló y apartó la mirada.
—Ajá. Bueno, pues supongo que la he cagado. —Puso la mano en el pomo de la puerta—. Otra vez.
—Kyle.
—No. Lo pillo. Esto no es lo que esperabas. Solo soy un crío con debilidad por los hombres que solo me ven como un pasatiempo. —Abrió la puerta, se volvió y dijo con amargura—: Por cierto, te has graduado. Con matrícula. Gracias por asistir a la escuela de sexo gay de Kyle.
—Kyle…
Pero Kyle ya había salido del coche y estaba dando un portazo tras de sí.
Las lágrimas le corrían por la cara mientras caminaba rápido hacia el ascensor.
¿Por qué seguía haciendo eso? ¿Por qué no podía enamorarse de un hombre que de verdad quisiera estar con él?
Lo peor era que no estaba seguro de que Eric no quisiera estar con él.
Si Kyle fuera unos años mayor, lo más probable es que estuvieran celebrando en ese mismo instante su primer mes juntos en serio.
O tal vez Eric ni siquiera se había planteado rebajarse a tener una relación con un rompehogares de veinticinco años.
Por fin llegó a su casa, que, por suerte, estaba vacía, y cerró la puerta con fuerza al entrar. Se desplomó en el suelo, de espaldas a la puerta, y se cubrió la cara con las manos, sintiéndose triste y frustrado.