Capítulo 22 #2
—Hey. Seré breve, pero tengo algo que deciros, chicos.
Estaban todos tan callados que Eric pensó que quizá sus compañeros pudieran oír los latidos acelerados de su corazón. Respiró hondo para tranquilizarse.
—Esta va a ser mi última temporada.
Se oyeron exclamaciones de sorpresa y Eric levantó una mano para hacerlos callar.
—Jugar en la NHL , y sobre todo aquí, en Nueva York, con todos vosotros, ha sido un gran honor.
De niño, nunca hubiera imaginado que… —Tuvo que hacer una pausa para aclararse la garganta, porque se le había cortado la voz de golpe.
Lo volvió a intentar—. Ha sido impresionante.
No cambiaría ni un segundo de nada. Pero es hora de retirarme.
—Hizo una pausa y esbozó una sonrisa irónica—. Ahora que todavía puedo caminar.
Se oyeron algunas risas contenidas, pero advirtió la confusión y el asombro en las caras de sus compañeros. ¿Acaso pensaban que iba a jugar para siempre?
—Venga, tíos —bromeó—. Tengo cuarenta y un años. Esto lo tendríais que haber visto venir.
Hubo un silencio y, entonces, alguien (parecía ser Prentice) dijo:
—¿Solo tienes cuarenta y uno?
Todos se rieron, y eso abrió el melón.
—Pensaba que tenías por lo menos sesenta.
—Cuando eras rookie, los porteros ni siquiera llevaban máscara.
—Mi abuelo creció viéndote jugar.
Eric negó con la cabeza.
—Que os den a todos. Qué ganas tengo de no volver a veros nunca más.
Volvió a sentarse, sonriendo, y Scott lo rodeó con un brazo.
—Te quieren.
—Lo sé. —Eric observó lo que sucedía en la sala con los ojos húmedos—. Voy a echar mucho de menos esto.
Se quitó el resto del equipamiento en el mismo orden en que se lo había estado quitando desde que iba al instituto. Se rio con sus compañeros cuando alguien hizo una broma y sonrió cuando Carter se burló de él. Seguía formando parte de ese equipo. Todavía no había terminado.
Kyle no esperaba encontrarse con Eric en el Kingfisher aquella noche.
Y menos aún sin Scott. El partido contra Toronto se había retransmitido por televisión en el bar, así que Kyle había visto la brutal derrota en la prórroga.
Ni siquiera había tenido la oportunidad de mandarle un mensaje a Eric para intentar animarlo.
Pero ahí estaba. Alto y apuesto, con su abrigo de lana y su bufanda de cachemir al cuello, aunque su cara mostraba signos de cansancio y desdicha. Vio a Kyle detrás de la barra y se dirigió hacia él.
—Holi —dijo Kyle con una sonrisa comprensiva.
—Holi.
—He visto el partido. Lo siento…
Eric asintió con la cabeza.
—Ya, es una mierda.
—Te ofrecería un whisky o algo, pero…
Eric resopló.
—Esta noche, hasta te diría que sí.
Esas palabras fueron desgarradoras.
—Siéntate. —Kyle señaló el taburete de la barra junto a Eric—. Te mantendré bien abastecido de gaseosa y zumo.
—Gracias. —Eric se quitó el abrigo y la bufanda y los colgó con cuidado del respaldo del taburete. Cuando se sentó, se desplomó enseguida hacia delante, apoyando los antebrazos en la barra—. Menuda noche de mierda.
Kyle le puso delante una gaseosa con lima.
—Cuéntamelo todo.
—No te interesa oírlo.
—Soy camarero. Mi trabajo es escuchar historias tristes. —Se echó un trapo de forma juguetona sobre el hombro y se inclinó hacia él—. Suéltalo.
—Les he contado a mis compañeros que me retiro. Se lo he dicho después del partido.
Kyle abrió la boca fingiendo asombro.
—No has jugado tan mal.
Eric se rio.
—El anuncio público será mañana por la mañana. El equipo va a emitir un comunicado.
—¿Cómo se lo han tomado tus compañeros?
—Parecían sorprendidos. Y luego, ya sabes, bromeaban sobre lo mayor que soy. Así que cada uno lo afronta a su modo. —Golpeó un poco el vaso con los dedos—. Bueno, supongo que ya no hay vuelta atrás.
Parecía perdido. Kyle quería llevarlo al almacén y darle un beso para animarlo.
—Imagino que mañana será un desastre.
—Sí —suspiró Eric—. No me hace ninguna gracia. Voy a apagar el móvil y, no sé…, evitarlo.
—¿No tienes entrenamiento mañana?
—No. Quería hacer el anuncio en un día libre para poder al menos evitar a los periodistas.
A Kyle se le ocurrió de golpe una idea maravillosa y muy mala.
—Pues pasa el día conmigo.
Eric levantó las cejas.
—¿En serio?
—Claro. —Kyle se encogió de hombros—. Yo también libro mañana.
Podríamos, no sé, ver películas o… salir de la ciudad.
—Se rio al decirlo, pero luego se le ocurrió una idea aún mejor—.
¡Oye, pues podríamos ir a hacer senderismo!
Conozco unos sitios geniales a las afueras de la ciudad. ¿Has estado en Blue Mountain?
—No. —Eric parecía animarse—. Sería genial pasar todo el día al aire libre.
Kyle casi saltaba de la emoción. Llevaba tiempo necesitando de forma desesperada pasar un rato al aire libre.
—¡Hagámoslo! ¿Tienes coche?
—Sí.
—Ay, va a ser genial. Te sentirás como nuevo después de eso.
—Vale.
Eric le sonreía, con un aire casi tan emocionado como el de Kyle. También parecía que necesitaba algo más de él.
—Esta noche voy a trabajar hasta las dos mínimo —soltó Kyle.
Y no dijo nada más, entendiendo que Eric ya sabía qué quería decir.
—Claro. Ya imaginaba.
—Deberías ir a casa —dijo Kyle con delicadeza—. Descansa para nuestra gran aventura.
Eric asintió.
—Sí. Vale. Escríbeme mañana cuando te hayas despertado.
—Vale.
Kyle tenía muchas ganas de subirse a la barra y besarlo, pero se aguantó. Aparte de los besos frenéticos en la calle, nunca se habían besado delante de otras personas.
—A primera hora, lindo.