Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

—Si alguno de vosotros, cabronazos, decide no jugar el All-Star, os mataré personalmente —dijo Carter. Estaban en el vestua­rio vistiéndose para su primer partido en casa después de dos semanas.

—¿Por qué? —preguntó Scott.

—Porque Gloria y yo hemos reservado una semana en Gran Caimán y, si alguno de vosotros se raja, lo van a sustituir conmigo.

—Carter —dijo Eric con calma—. Soy portero.

—Cierto. Vale, pues entonces tiene que ir Scotty.

—Yo iré —dijo Scott—. Me encanta el All-Star.

—Eres al único —refunfuñó Carter—. Tengo una lista muy larga de cosas que prefería hacer durante mi semana libre antes que jugar un partido de mierda en puto Buffalo.

—Oye —dijo Scott—. Que yo soy de cerca de Buffalo.

—Y yo de Dakota del Norte, pero tampoco quiero pasar mis vacaciones ahí —bromeó Carter.

Eric no tenía intención de perderse el All-Star.

La alineación se había anunciado el día anterior y se había sentido sorprendido y emocionado al ser nombrado para el equipo este año, ya que había algunos porteros jóvenes que eran excelentes y que se merecían el puesto tanto como él.

Apreciaba tener una última oportunidad para lucirse en la competición de habilidades y para despedirse en secreto de sus compañeros.

La Navidad, tal cual había llegado, había pasado, y Eric aún no le había dicho a nadie que se retiraría al final de esa temporada.

Es que no se atrevía a pronunciar esas palabras.

Cada semana encontraba una nueva excusa para justificar la espera.

Ahora había decidido esperar hasta febrero, después del All-Star Game.

No quería la atención que recibiría de los medios de comunicación y de los demás jugadores si se enteraran de que esa sería su última participación en el All-Star.

Tampoco había visto ni hablado con Kyle en dos semanas. Había aprovechado que las dos rutas eran consecutivas como una oportunidad para aclarar sus ideas y tal vez permitirse pensar con sensatez sobre lo que estaba haciendo con Kyle. Había pensado que un poco de distancia calmaría su ansia por él.

No había funcionado.

Eric seguía sintiendo mucho calor cada vez que pensaba en la última vez que habían estado juntos.

Y eso pasaba a menudo. De hecho, la mayor parte de sus pensamientos habían girado en torno a Kyle.

Había pensado en él mientras estaba de viaje (en aviones, en autobuses, haciendo ejercicio y, sin duda, en sus habitaciones de hotel).

Había pensado en él mientras estaba en casa con su familia.

Había pensado en él una cantidad sorprendente de veces la mañana de Navidad, incluso había deseado que Kyle estuviera ahí con él, conociendo a sus padres y hermanos, lo cual era un poco alarmante.

Eric había querido enviarle un mensaje el día anterior cuando había vuelto a la ciudad.

Quizá para ver si le apetecía pasar por su casa.

Pero no quería parecer demasiado ansioso, y tampoco le gustaba lo incontrolables que se habían vuelto sus sentimientos.

Kyle se estaba abriendo paso a la fuerza en el corazón de Eric como puck que se cuela por la escuadra de la portería mientras Eric yace indefenso sobre la pista.

No podría controlar lo que estaba pasando y odiaba las cosas que no podía con­trolar.

Normalmente.

—Vosotros disfrutad pasando el rato con Dallas Kent en la nieve —bromeó Carter—. Yo voy a estar en la playita con el amor de mi vida.

—¿Con el ron? —preguntó Scott con ironía.

Carter le lanzó un rollo de cinta.

Eric: ¿Qué tal vas?

A Kyle no le gustó nada la forma en que se le aceleró el corazón al ver el mensaje de Eric. Era una reacción completamente inapropiada y desproporcionada.

Kyle: Acabo de salir del campus.

Vio cómo parpadeaban los tres puntos en su pantalla durante lo que pareció una eternidad mientras Eric escribía. Kyle no podía imaginar de qué se trataría. No había sabido nada de Eric en dos semanas. Casi había perdido la esperanza.

Eric: Me preguntaba si te apetecería tomar un café.

Jo, qué mono.

Kyle: Claro. ¿Dónde?

Quedaron en verse en una cafetería cerca de Columbia que le gustaba a Kyle.

Se metió un momento al baño antes de salir del campus.

Después de un seminario de tres horas, dudaba de que tuviera muy buena cara.

Se miró en el espejo y se peinó con los dedos la parte delantera del pelo para que no le cayera sobre la cara.

Al final decidió que era una causa perdida y sacó un gorro negro de invierno de la mochila.

Por lo menos ese día llevaba puestas sus gafas favoritas.

Quizá fuera triste que estuviera tan emocionado por tomar un café con su amigo, pero últimamente le estaba costando no obsesionarse con Eric Bennett.

Cada turno que trabajaba en el Kingfisher esperaba que Eric entrara por la puerta, incluso cuando Kyle sabía que estaba fuera de la ciudad.

Había visto la mayoría de los partidos de los Admirals en los que jugaban fuera, algunos en las televisiones del trabajo y otros en casa.

El corazón se le aceleraba cada vez que las retransmisiones mostraban la cara de Eric, aunque fuera detrás de una máscara.

Kyle podría haberle enviado un mensaje. Lo sabía, y había estado tentado de hacerlo en varias ocasiones.

La mañana de Navidad tenía un mensaje ya escrito (solo un sencillo «Feliz Navidad»), pero lo había acabado borrando.

Por algún motivo, se había prometido a sí mismo que dejaría que fuera Eric quien diera el primer paso.

Y si Eric nunca lo hacía, bueno, pues eso sería todo.

No sería la primera vez que plantaban a Kyle.

Eric tampoco le había prometido nada.

Así que recibir un mensaje (¡una invitación!) de Eric ahora, tras una clase magistral larga especialmente tediosa, fue de lo más bienvenido.

Cuando Eric entró a la cafetería, a Kyle se le revolvió el estómago.

De algún modo había olvidado lo guapo que era ese hombre en persona: alto y vestido tan elegante, con un abrigo largo de lana salpicado de copos de nieve.

Cuando vio a Kyle, le sonrió con calidez, y Kyle se ordenó en silencio mantener la calma.

—Hola —dijo Eric.

—Hola.

Se quedaron de pie junto a la barra, el uno frente al otro. A Kyle le temblaba la mano por las ganas de tocarlo, pero no lo hizo. Desde ahí podía ver los copos de nieve que se derretían en el pelo de Eric, haciéndolo brillar.

—Me, eeeh, alegro de verte —dijo Eric—. Hacía tiempo que no nos veíamos.

¿Le había parecido mucho tiempo a Eric? ¿Había echado de menos a Kyle?

—Sí. ¿Has pasado unas buenas Navidades?

—Cortas, pero sí. Siempre es agradable volver a casa. —La sonrisa de Eric se esfumó—. O sea…

—No pasa nada, en serio —respondió Kyle rápido—. Además mi madre me llamó en Navidad. Estuvimos hablando durante diez pedazo de minutos. Fue muy festivo. Al parecer, mis hermanos mayores están haciendo cosas maravillosas y mis padres están muy orgullosos de ellos.

Dios, ¿por qué acababa de decir todo eso? Vio una compasión que no quería en los ojos de Eric, así que cambió de tema:

—Pidamos algo. Necesito cafeína después de esa clase.

Unos minutos más tarde les trajeron los cafés a una mesita en un rincón.

—He oído que te han seleccionado para el equipo All-Star. Enhorabuena.

—Gracias. La verdad es que me ha pillado un poco por sorpresa.

—¿Por qué? Has jugado muy bien esta temporada, ¿no?

Eric retiró con cuidado la tapa de su taza de café y la dejó sobre la mesa.

—Otros porteros lo han hecho mejor. Más jóvenes.

Aaah. Por eso.

—Eric —dijo Kyle con cuidado—, ¿me has escrito porque te sientes viejo?

Eric abrió mucho los ojos.

—¿Qué? No, claro que no.

Pero frunció el ceño de una forma que sugería que estaba pensando en la posibilidad de que sí.

—He disfrutado de todo lo que hemos hecho juntos y, si te soy sincero, de todo el tiempo que hemos pasado juntos. Pero si estás aquí porque te hago sentir joven o algo así…

—No es por eso —dijo Eric rápido—. Eres joven, pero, cuando estamos juntos, no…

Se calló. Kyle necesitaba que terminara esa frase.

—¿No qué?

—No pienso en nuestra diferencia de edad. A veces pienso en eso cuando estamos separados, pero, cada vez que estoy contigo, pues… se me olvida.

Sin duda había algo romántico en esa confesión, pero Kyle hizo todo lo posible por ignorarlo. Lo más probable era que hubiera sido sin querer.

—Quizá no me estoy hidratando tan bien como creía —dijo seco.

Eric se rio entre dientes.

—No me refería a eso. Y no estoy aquí para alimentarme de tu juventud. Estoy rodeado de muchos jóvenes cuando estoy en el trabajo.

—Mira, como yo. —Kyle le dio un sorbo a su café con leche—. ¿De casualidad hay algo que te preocupe?

Eric jugueteaba con su taza de café.

—Todavía no le he dicho a nadie que me voy a retirar.

Y estos viajes han sido… duros, supongo.

En cada estadio en el que jugábamos, pensaba en que podría ser la última vez que jugara allí.

Esta podría ser la última vez que vuele de San José a Colorado con mis compañeros de equipo.

—Sacudió la cabeza—. No sé por qué esos pensamientos me molestaban tanto. Es una tontería.

—No lo es. Estás a punto de cerrar un capítulo inmenso de tu vida.

—Lo sé. —Eric soltó un suspiro y dijo—: En fin. No te he invitado aquí para desahogarme contigo.

Kyle arqueó las cejas de forma sugerente. Cuando Eric se dio cuenta, bajó la cabeza para ocultar su sonrisa avergonzada.

—¿Por qué me has invitado? —preguntó Kyle.

Eric levantó la vista.

—Me he dado cuenta de que… te echaba de menos.

Kyle abrió la boca y luego esbozó una sonrisa embriagadora que intentó, sin éxito, controlar.

—Puede que yo también te haya echado de menos. —Bajó la voz—. He pensado mucho en nuestra última noche juntos.

Eric le sostuvo la mirada, y Kyle vio el ardor que se encendió en sus ojos.

—Yo también.

Se mordió el labio, sopesando si lo que estaba a punto de proponer era una buena idea. Lo más seguro era que no lo fuese, pero…

—Maria acaba de empezar su turno de tarde en Starbucks.

Eric tardó un segundo en reaccionar.

—¿Me estás diciendo que tu piso está vacío?

—Lo tengo todo para mí. Si no estás ocupado…

—No lo estoy. —Eric ya estaba volviendo a tapar el café y preparándose para irse—. Vamos.

Kyle se rio ante su entusiasmo.

—Sabes, si querías enrollarte conmigo, solo tenías que decírmelo. No hacía falta que quedáramos para tomar un café.

—Quería verte, no solo… O sea, me gusta hablar contigo.

Uf. Eric tenía que parar. Kyle se iba a hacer todo tipo de ideas equivocadas si no paraba. Decidió mantener el tono provocador.

—¿Qué tal si hablamos después de que te enseñe lo que llevo dos semanas soñando con hacerte?