Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Sí —confirmó Kyle, aunque todavía no había sacado sus empanadas de la bolsa.

—¿Vas a comer? —le preguntó Eric antes de dar el segundo mordisco.

Kyle salió de su embobamiento y metió la mano en la bolsa. En realidad, se moría de hambre, pero le daba apuro hincarle el diente a su comida delante de Eric. Le parecía de mala educación llenarse la boca de ternera delante de una persona vegeta­riana.

—No me importa —dijo Eric, como si le leyera la mente—. Come, por favor.

Kyle obedeció y mordió la corteza caliente y mantequillosa y luego el relleno picante y delicioso con queso fundido. Gimió de un modo que recordó a un orgasmo más de lo que le habría gustado, pero es que, joder, aquellas empanadas estaban riquí­simas.

Cogió una servilleta de papel del servilletero de la mesa y se limpió los labios con delicadeza.

—Me encantan estas empanadas —dijo Kyle con cierta timidez.

—Me ha gustado escuchar cómo las pedías.

Los ojos de Eric parecían un punto más oscuros de lo que estaban un momento antes. Kyle se removió en el asiento.

—¿Ah, sí?

—Estoy asombrado. Yo casi no sé español.

—Bueno, era joven y soñaba con casarme con Diego Luna.

Eric lo contempló un momento con esos ojos intensos de color café, como si no estuviera seguro de si Kyle bromeaba o no.

Entonces curvó los labios en un atractivo atisbo de sonrisa con la que le gustaba torturar a Kyle, y este desvió la mirada al último trozo de empanada que le quedaba.

Su empanada, que era un lugar seguro y nada complicado.

—Ya debe de quedarte poco para acabar el trimestre, ¿no? —comentó Eric.

Kyle tragó la comida.

—Sí. Termino la semana que viene.

—No pareces muy estresado.

—Solo es una asignatura. Tengo que preparar un trabajo final, pero ya lo tengo casi listo. Me falta revisarlo y tal.

Eric volvió a sonreírle.

—¿Qué pasa? —preguntó Kyle.

—Seguro que escribes muy bien.

Kyle se encogió de hombros.

—No se me da mal. Suelo ir rápido. Me gusta más la fase de investigación que la de redacción.

—A mí también me pasaba cuando iba a la uni.

—Creo que eres el primer graduado de Harvard que conozco que dice «la uni» en lugar de «Harvard» —bromeó Kyle.

Eric cogió una servilleta y se limpió los dedos.

—Estudié allí por el hockey, no porque fuera un genio.

Kyle resopló.

—Vale. Y ¿todos tus compañeros de equipo fueron a Harvard?

Eric vaciló y luego admitió:

—No.

—¿Y cuántos jugadores de la NHL tienen un título de Harvard?

Eric hizo una bola con la servilleta de papel y la metió en la bolsa vacía.

—¿Que jueguen ahora?

—Claro. O, me da igual, joder, ¿cuántos de los jugadores que ha habido en la historia se han graduado en Harvard?

Eric torció los labios y dijo:

—De los actuales, solo yo, creo. Y tal vez… No sé. ¿Tres? ¿Cinco? ¿En total? La verdad es que no estoy seguro.

—Entonces ¿estamos de acuerdo? Eres extraordinario.

Todo lo relacionado con Eric era extraordinario. Kyle no podía dejar de pensar que le resultaba increíble que el hombre que estaba comiendo empanadas con él fuera el auténtico Eric Bennett. ¿Cómo podía ser eso la vida real de Kyle?

Acabaron de comer y Kyle descubrió que buscaba a toda costa una excusa para prolongar el tiempo juntos.

—Hay una cafetería genial en la calle de al lado —propuso.

Eric le sonrió con una dulzura que hizo picadillo el corazón de Kyle.

—No me iría mal un café.

Decidieron coger un café para llevar y pasear por la High Line. Mientras caminaban por el parque elevado, Kyle iba dando sorbos al café con leche con los hombros encogidos por el frío. Se notaba que hacía demasiado tiempo que no vivía en Vermont, porque el frío le molestaba muchísimo.

—Oye, ¿y por qué no sales con Jeanette? —le preguntó Kyle —. Parece genial.

—Y lo es —coincidió Eric—. Pero a su mujer no le gustaría.

—Ah. —Kyle comprobó que no le daba mucha pena—. ¿Tu ex se quedó con parte de tu colección de arte cuando os divorciasteis?

—Dividimos todo de forma equitativa. Había un par de obras que a ella le gustaban más que a mí, así que se las llevó. Le dejé que se quedara con la mayor parte de los muebles de nuestra antigua casa. Quería empezar de cero.

—Debió de ser duro.

Kyle nunca había estado en una ruptura en la que hubiera que repartir objetos. No quería ni imaginarse lo que sería gestionar ese estrés además del dolor por la pérdida.

—No fue para tanto. Ni Holly ni yo somos de montar dramas.

Además, viene de una familia con dinero, así que la parte económica no fue el jaleo que podría haber sido en otras circunstancias.

Me dio bastante igual el partir todo por la mitad.

—Resopló—. Supongo que en general me daba bastante igual todo lo relacionado con nuestro matrimonio, sobre todo en los últimos años. Bueno, a los dos nos pasaba.

Kyle solo había estado en relaciones que ardían como el fuego, luego se apagaban rápido y —al menos por su parte— de forma imprevista.

—Entonces ¿el divorcio no fue una sorpresa?

—No mucho. Como te decía, yo no me implicaba demasiado, así que si me sorprendió fue solo por eso.

Holly no estaba enfadada conmigo. Me pidió que me sentara una tarde y con cariño comentó que no había motivos para que siguiéramos casados.

—Sonrió con nostalgia—. Siempre era muy organizada.

Me presentó un argumento muy bien armado y, cuando terminó, le dije que tenía razón.

Nos abrazamos y a la mañana siguiente empezamos el proceso.

—Guau. Me parece que los divorcios no suelen ir así.

—Supongo que no. Aunque seguimos llevándonos bien. Y tiene otro novio. Es majo.

Caminaron un momento en silencio.

—¿Se sorprendería si tú también tuvieras? —preguntó Kyle—. Me refiero a novio.

Eric se tomó su tiempo para responder, como si nunca se lo hubiera planteado.

—Creo que le sorprendería mucho.

—¿Te importa?

—Si te soy sincero, no lo sé. Suele importarme lo que piensan los demás. Y no me gusta ser el centro de atención.

—Ya —dijo Kyle algo incómodo.

—Aunque supongo que, si estuviera en una relación con un hombre, con alguien de quien estuviera enamorado, tal vez fuera diferente. Tal vez dejara de importarme lo que pensaran los demás si sintiera algo muy fuerte por alguien.

«Si». Si Eric conocía a alguien que estaba a la altura de sus expectativas. Alguien de quien pudiera estar orgulloso de presentar como su novio. Alguien que no fuera Kyle.

Kyle se obligó a pasar por alto la amargura que se había colado dentro de él.

—Si quieres, puedes presentarme como tu amigo barra profesor sexual —bromeó.

Eric esbozó esa sonrisilla medio contenida que tanto le encantaba a Kyle.

—Te agradezco mucho tu… ayuda.

—No me ha costado nada.

En verdad, había sido lo mejor que había pasado en su vida últimamente.

Estaba acabando a medio gas el trabajo final de una asignatura que le daba igual y se arrastraba a un trabajo que sería más divertido si a su jefe le importara una mierda el bar o las sugerencias de sus empleados.

Y, para colmo, hacía días que no follaba con nadie aparte de Eric por motivos en los que no quería entrar y se enfrentaba a otra triste Navidad solo en Manhattan.

Como si le leyera la mente, Eric le preguntó:

—¿Tienes planes para Navidad?

—Nop. Ver pelis o algo así.

Kyle notó que Eric iba con pies de plomo para llegar a las preguntas que de verdad quería hacer.

—¿Hablas mucho con tus padres?

—No mucho.

Se detuvieron en un mirador y Kyle se preparó para la pregunta que sabía que llegaría a continuación.

—No tienes que responderme si no quieres hablar del tema, pero… —empezó Eric—. Lo de tu familia. ¿Es porque eres gay? ¿Por eso te han…?

—¿Desterrado? —acabó la frase Kyle.

Eric parecía muy triste.

—Sí.

Kyle suspiró.

—Oficialmente, no. Por lo menos, no es la única razón. Aunque creo que sí tiene algo que ver, digan lo que digan. —Pasó la yema del dedo por el borde de la funda de cartón del vaso de café—. Supongo que nunca lo sabré.

Eric se quedó callado, con la mirada fija en la calle que había abajo. Kyle sabía que trataba de no forzarlo a darle más información. Por esa misma razón, Kyle quería ofrecérsela de forma voluntaria. Hacía mucho tiempo que no le contaba a nadie el episodio más bochornoso de su vida.

—Monté un pequeño escándalo en el tranquilo pueblo de Shaw, en Vermont. —Kyle se esforzó por mantener un tono desen­fadado, como si no le costara la vida admitirlo ante alguien tan impresionante como Eric Bennett—. Estuve en una… relación… con un hombre que en aquella época era mi jefe.

—Oh.

—Estaba casado. Con una mujer, me refiero. Y tenía dos hijos.

—Oh —repitió Eric, esta vez más serio—. Ya entiendo.

Eric se agarró tan fuerte con una mano a la barandilla que Kyle estaba seguro de que tenía los nudillos blancos dentro del guante. No le sorprendió… No debía de ser agradable enterarte de que el chico con el que habías salido unas cuantas veces era un monstruo.

—Y —continuó, porque Eric merecía saber hasta dónde llegaba lo más gordo— yo lo sabía. Que quede claro, sabía que tenía familia, pero me dijo que me quería y yo me lo creí. —Se rio con amargura—. Nunca había estado con nadie. Pensaba que me había enamorado.

Eric tensó la mandíbula, como si apretara los dientes.

—¿Cuántos años tenías?

—Acababa de cumplir dieciocho.

—Dios…

—Su mujer se enteró y luego lo supo el pueblo entero. Había… fotos. Vídeos.

Eric negó con la cabeza, tenía la mirada fija en algo a lo lejos. Kyle respiró hondo y lento para recuperar la compostura.

—Después de eso, mis padres consideraron que lo mejor era que me fuera del pueblo. Sé que querían protegerme, pero además… no soportaban verme.