Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 15
68%

Capítulo 15

Mientras entraban juntos en la galería de arte, Eric se recordó por enésima vez que aquello no era una cita.

—¿Hola? —saludó Eric al entrar en la sala vacía.

Oyó los golpes secos de los tacones de aguja resonar contra el suelo de hormigón y al poco apareció Jeanette, que salía de la trastienda.

—¡Eric! —Lo abrazó y le dio un beso en la mejilla. Luego se volvió hacia Kyle—. ¿Y quién es este?

—Jeanette, te presento a mi amigo Kyle. Estudia Historia del arte en Columbia. —Confiaba en no haberse atascado en la palabra «amigo». Aunque no era mentira—. Kyle, te presento a Jeanette Saint-Georges, amiga mía y dueña de esta galería.

—Había pasado por delante mil veces, pero no había entrado nunca —dijo Kyle mientras le daba la mano—. Es un sitio precioso.

—Gracias. Y estoy encantada de conocerte. Creo que es la primera vez que Eric viene por aquí con un «amigo».

Lanzó una mirada a Eric con la que pretendía preguntarle algo que él no tenía la menor intención de responderle.

Por dios, ¿de verdad era tan transparente?

Nunca le había dicho nada que diera a entender que le atraían los hombres.

¿Acaso lo sabía sin más? ¿Cualquier persona a quien le presentara a Kyle sospecharía que Eric se acostaba con él?

Eric apartó la mirada y preguntó:

—¿Qué tal fue la inauguración?

—Genial. Lo vendimos todo.

—No me sorprende.

—A mí tampoco. Pero todo el mundo te tiene envidia. Tu obra era la gran admirada…

—Me muero de ganas de verla —dijo Kyle—. Eric tiene muy buen gusto.

Jeanette lo miró con ojo experto, como si estuviera planteándose exponerlo en su siguiente muestra.

—Desde luego, tiene ojo para la belleza.

Eric notó que el calor le subía por el cuello. Estaba claro que su amiga sospechaba algo. De pronto se sintió ridículo, como si estuviera mostrando el trofeo de hombre con el que se enrollaba en lugar de llevar a un amigo a su galería de arte favorita.

Un amigo mucho más joven.

Por dios, ¿a qué jugaba Eric?

Jeanette los llevó a la segunda sala y Eric se quedó rezagado para tratar de ordenar sus sentimientos. Tratar de aclararse las ideas.

Pensaba que lo tenía bajo control hasta el momento en que Kyle vio el cuadro que había comprado Eric. A Kyle se le iluminó la cara, y el corazón de Eric, traidor, dio un vuelco emocionado.

—Uf, guau —susurró Kyle con gran admiración—. Es magnífico.

—Sí —dijo Eric en voz baja.

Mientras Kyle contemplaba el cuadro, Eric contemplaba a Kyle. Tenía los largos dedos doblados delante de los labios carnosos en pose de contemplación y había sacado la cadera ligeramente hacia un lado. ¿Por qué todo lo relacionado con él era tan fascinante?

La mente de Eric divagó hasta el domingo por la noche, cuando esos mismos dedos se habían curvado alrededor de su polla.

Había sujetado aquel juguete maravilloso mientras Eric la metía y la sacaba.

Recordó esos mismos labios carnosos chupándole la punta, rozándole la piel con besos tiernos.

Esas mismas caderas habían apresado su regazo cuando Kyle había llegado al clímax mientras Eric lo abrazaba fuerte.

Entonces se dio cuenta de que tanto Jeanette como Kyle lo miraban a la cara y, a juzgar por la expresión de los dos, estaba claro que esperaban que respondiera a algo.

—¿Perdón?

—Le he preguntado a Kyle si le habías enseñado alguna foto de las tuyas.

—Le he dicho que solo una, pero que me encantaría ver más —añadió Kyle.

—Ah. —Eric se sintió incómodo de que hablaran de su afición como si tuviera un gran talento. Y más en presencia de unas auténticas obras de arte tan exquisitas—. No es nada del otro mundo. Soy un turista con una cámara. Y a veces tengo suerte.

—La suerte no tiene nada que ver —le replicó Jeanette sonriendo.

—Bueno —dijo Eric despacio—, si tengo algún talento es la paciencia. Supongo que resulta útil para la fotografía.

—Paciencia y atención a los detalles —dijo Jeanette. Le dio un codazo a Kyle—. A este no se le escapa nada, ¿sabes?

Kyle no respondió, pero aguantó la mirada a Eric mientras esbozaba una sonrisa lenta muy atractiva. Eric dirigió la atención al cuadro de inmediato, porque era un territorio más seguro. Sin embargo, después de esa sonrisa los colores del lienzo le parecían apagados.

Kyle se desplazó hasta quedar junto a Eric y se pusieron a analizar el cuadro en silencio. Al cabo de un minuto, Eric se volvió y se sorprendió al ver que Jeanette se había marchado en algún momento.

—¿Dónde vas a colgarlo? —preguntó Kyle.

Lo dijo en un susurro, aunque se habían quedado solos.

—En el salón. Quiero reorganizar el espacio para que lo domine todo.

—Vas a darle todos los caprichos.

—Como debe ser.

Kyle se rio en voz baja.

—Gracias por enseñármelo.

Eric quería enseñarle muchas cosas. Todo. Quería ver su cara ilusionada en todas las galerías del mundo. En todos los museos. En todos los monumentos históricos y ante todas las vistas espectaculares.

—Me alegro de que hayas venido. Tendrías que ver el resto.

Dedicaron otros veinte minutos a contemplar las obras de arte y comentar cada uno de los cuadros. Al final, Kyle le sonrió y dijo:

—¿Ha llegado el momento empanada?

—Por supuesto.

Dieron las gracias a Jeanette y ella los abrazó antes de que se marcharan. Una vez fuera, Kyle comentó:

—Ha sido chulo.

—¿Ver la galería?

—Sí, pero… me refería a la experiencia general de ir a una galería de arte contigo.

Eric sintió que flotaba.

—A mí también me ha gustado. O sea, me gusta pasar tiempo contigo.

Kyle le sonrió y a Eric se le pasó por la cabeza besarlo. Pero Kyle se apartó.

—¡Empanadas! —dijo—. ¡Vamos!

Kyle olió el delicioso aroma de la carne especiada y la masa recién horneada antes de abrir siquiera la puerta de Córdoba Bakery.

Entró en el acogedor calorcillo del local argentino abarrotado y decorado con vivos colores y aguantó la puerta para Eric.

Cuando este pasó rozándolo, Kyle se recordó una vez más que aquello no era una cita.

Valentina, la propietaria del local junto con su marido, saludó a Kyle en español y charlaron un momento en su lengua materna.

Kyle no bromeaba cuando le había dicho a Eric que había ido mil veces a ese lugar.

Pidió lo de siempre: cuatro empanadas de ternera picante; dos para comer en el momento, una para Maria y una para más tarde.

Supuso que después se iría directo a casa.

Eric y él no habían hecho planes para … otras cosas.

Y, además, si Maria se enteraba de que había ido a Córdoba Bakery y no le había llevado una empanada, se pondría hecha una fiera.

—Siempre tan predecible —le tomó el pelo Valentina—. ¿Una es para Maria?

—Puede…

La dueña miró a Eric por encima del hombro de Kyle y pareció reconocerlo, así que cambió al inglés.

—Una de verduras a la brasa, ¿verdad?

—Exacto —le confirmó Eric.

Para Kyle una empanada de verduras a la brasa era un desperdicio de masa, pero lo más probable era que fuese la cosa menos sana que Eric se permitiera comer.

—¿Os conocéis? —preguntó Valentina—. Os pasáis el día viniendo por aquí, pero nunca os había visto juntos.

­—Somos amigos —dijo Kyle, y sonrió a Eric por encima del hombro.

Valentina le entregó a Kyle una bolsa de papel llena de empanadas humeantes.

Como siempre, había añadido «en secreto» dos empanadas de postre gratis.

Y Kyle, como siempre, estaba encantado. Eric recibió lo que había pedido y se apartaron del mostrador para dejar sitio a la siguiente persona. Córdoba siempre estaba abarrotado.

Kyle señaló una mesa que estaba vacía de milagro.

—¿Nos sentamos?

Eric asintió.

—Sí, vale.

Parecía nervioso, algo raro en él. Kyle se había fijado en que en la galería le había ocurrido lo mismo. ¿Sería porque Jeanette le había tomado el pelo sutilmente a propósito de Kyle? ¿Le daría vergüenza que lo vieran con él? ¿Le estresaría que otras personas sospecharan algo?

Kyle quería decirle que no se preocupara por nada de eso, pero un local de empanadas hasta arriba no era el mejor sitio para hablarlo. Y menos cuando acababan de entrar cuatro clientes más, que llenaban casi todo el espacio central.

No estaba seguro de qué quería Eric en realidad.

La última vez que habían estado juntos había sido una puta pasada, y Kyle estaba bastante seguro de que los dos pensaban lo mismo.

Pero eso no era lo que le había rondado por la cabeza a Kyle durante días.

Era lo mucho que le había costado marcharse aquella noche.

Las tremendas ganas que tenía de quedarse en la cama de Eric, no para seguir acostándose, sino porque quería que lo abrazara.

Deseaba quedarse dormido en sus brazos y despertarse con sus tiernos besos.

Deseaba hablar con él mientras desayunaban y hacían planes para su día juntos.

Y justo por eso Kyle tenía que poner distancia entre Eric y él.

Corría el riesgo de enamorarse de aquel hombre y era un error que Kyle no estaba dispuesto a cometer.

Por un lado, Eric no parecía del todo preparado para estar en una relación con un hombre y que la gente lo supiera.

Por otro lado, saltaba a la vista que no se sentía cómodo con la diferencia de edad que había entre los dos.

Lo más seguro era que lograse convencerse de que no era para tanto cuando estaban en la cama de Eric, o cuando iban a una galería de arte juntos, pero Kyle sabía lo frágil que era esa seguridad.

Eric podía decidir en cualquier momento que Kyle era demasiado joven, demasiado masculino, demasiado…

ridículo para estar en una relación de cualquier tipo con él.

Y Kyle prefería que, si eso llegaba a suceder, su corazón sufriera lo mínimo.

Observó cómo Eric sacaba la empanada de la bolsa de papel y daba un mordisco. Cerró los ojos y suspiró feliz con la boca llena de verduras a la brasa. Unas migas de masa se le habían quedado en los labios, y Kyle era incapaz de apartar la mirada.

Eric tragó y dijo:

—Uf, qué rica.

Sacó la punta de la lengua para limpiarse las migajas.