Capítulo 12
A Eric le encantaba jugar contra Toronto porque odiaba a Dallas Kent.
El delantero estrella del equipo de Toronto tenía muchísimo talento, pero era uno de los mayores cabrones que conocía Eric.
Era prepotente como Ilya Rozanov, pero sin una pizca de su encanto.
Porque, pese a todas las críticas sobre lo malo que era Rozanov, jamás, que Eric supiera, había insultado dentro o fuera de la pista ni había subido bromas sexistas ni homófobas a Twitter.
Rozanov tenía fama de ser un mujeriego, pero siempre parecía tratar a las mujeres —y hablar de ellas— con respeto.
En pocas palabras, todo lo contrario que el puto Dallas Kent.
Eric tenía muchos logros deportivos a sus espaldas de los que estar orgulloso, pero su favorito, en secreto, podría ser el no haber permitido que Kent le marcara ni un gol. Ni uno solo. Y eso no iba a cambiar esta noche.
Eric se fijó en que Kent estaba un poco más callado que otras temporadas.
Tal vez tuviera que ver con que ya no tenía a su protector: Ryan Price había dejado el hockey en mitad de la temporada anterior.
A decir verdad, Eric no podía culparlo; habría preferido beber veneno a tener que ganarse la vida defendiendo a Dallas Kent.
También era posible que Kent estuviera más callado esa noche porque sabía que el equipo de Scott Hunter no iba a tolerar los insultos.
Si se atrevía a pronunciar algo remotamente homófobo, los New York Admirals en bloque se abalanzarían sobre él.
No es que hubiera sido un camino de rosas para Scott desde que había salido del armario (a algunos jugadores los había pillado por sorpresa y se habían sentido incómodos con el anuncio público tan llamativo que había hecho Scott), pero ahora, más de dos años después, no había ni un solo jugador en el equipo que no estuviera dispuesto a defender a su capitán.
Aunque Eric se percató de cómo miraba Kent a Scott en la pista. Con desprecio. Kent era un mierda.
Y seguro que tampoco le gustaban ni un pelo las banderas arcoíris.
Desde que Scott había salido del armario, en todos los estadios en los que jugaban los Admirals había por lo menos un par de banderas queer entre el público.
A veces había carteles hechos a mano en los que daban las gracias a Scott o le pedían matrimonio.
Puede que las banderas fueran para Scott, pero Eric también se enternecía al verlas.
Era chulo sentirse apoyado, aunque los fans no supieran que le estaban apoyando a él en concreto.
Se preguntó cuántos jugadores más se sentirían igual. Tal vez algunos de los desgraciados compañeros de equipo del homófobo Dallas Kent. Entonces recordó de nuevo que Ryan Price era gay y había tenido la tarea de proteger a Kent. ¿Cómo era posible que Kent continuara vivo?
Eric entrecerró los ojos en dirección a Kent mientras el capullo esperaba el saque.
—¿Veis a ese tío? Esta noche no va a meternos ni uno, ¿de acuerdo?
Los postes se quedaron callados, pero Eric estaba bastante seguro de que entendían sus órdenes.
Por suerte, Scott cogió el saque y desplazó el puck a toda velocidad hacia el extremo opuesto de la pista. Eric se irguió y sacudió los hombros, que llevaban un par de días tensos.
—Pásasela a Carter, está solo por allá —murmuró Eric.
Pero, en lugar de eso, el equipo de Toronto paró el tiro de Scott y ahora Kent corría como el rayo hacia Eric con el puck .
—Muy bien, colegas. Acordaos de lo que he dicho. No va a meternos ni uno.
Matti llegó hasta Kent, así que este lanzó el puck hacia su compañero de línea, Troy Barrett, a quien Eric siempre había considerado el «clon light de Dallas Kent».
Tenía casi tanto talento como él y era casi igual de imbécil.
Por lo menos, Eric suponía que lo era, porque se sabía que era colega de Kent, y Eric dudaba de que alguien pudiera ser amigo de Kent a menos que también fuera una persona de mierda.
Así pues, tampoco iba a permitir que Troy Barrett le marcara un gol.
Barrett se vio obligado a retroceder hasta la línea azul con el puck para que los delanteros de Toronto pudieran reagruparse.
—¡Cuidado con Aucoin! —chilló Eric, porque habían dejado el camino despejado al único delantero de Toronto que no era una superestrella—. ¡Id a por él!
Matti lo oyó y fue a cubrirlo, pero no llegó antes de que Barrett le mandara el puck a Aucoin.
Eric se colocó en la esquina de la portería y esperó.
Era famoso por su paciencia, por tener un don para esperar sin prisa al contrincante y obligarle a mover primero.
Eso fue lo que hizo entonces y recibió la recompensa de un cambio en la mirada de Aucoin que le indicó con exactitud hacia dónde planeaba lanzar el puck .
Si Aucoin hubiera sido un jugador más inteligente, como Ilya Rozanov o Shane Hollander o, maldita sea, el puto Dallas Kent, Eric habría tenido que decidir si el cambio en la mirada había sido un truco.
Pero Aucoin era más predecible y lanzó el puck justo donde Eric esperaba que lo hiciera: alto por la parte del guante. Fue fácil pararlo.
Kent se chocó con él justo después de que Eric atrapara el puck y lo empujó hacia atrás tan fuerte que los hombros del portero golpearon contra el larguero. Le dolió un huevo.
Eric le devolvió el empujón, también fuerte.
—Joder, qué amable eres, capullo.
Matti y Scott también llegaron a la portería.
—¡Lárgate, joder! —gritó Scott, y agarró a Kent.
Este intentó sacudírselo de encima y luego le dio un empujón.
—No me puto toques, Hunter.
Puso cara de asco, como si Scott fuera una montaña de carne podrida, y quiso apartar la mano de Scott de un golpe. Scott mantuvo el agarre y se acercó más al contrincante. Kent parecía horrorizado, como si Scott fuera a besarlo o algo así.
—Suéltame, pedazo de…
Kent se contuvo justo a tiempo.
—¿Pedazo de…? —le chilló Scott a la cara—. ¿Pedazo de qué? ¡Venga, acaba la puta frase!
—Bueno, ya basta. —Uno de los árbitros llegó para separarlos—. Id a los banquillos ahora mismo si no queréis ganaros una falta cada uno.
—¡Acaba la frase! —volvió a chillar Scott por encima del hombro del árbitro a la espalda de Kent, que se alejaba.
—Oye. —Eric se quitó el guante y puso la mano en el brazo de Scott—. Pasa de él.
Scott era un amor casi todo el tiempo, pero podía ponerse violento en la pista si alguien lo sacaba de quicio. Era un tipo alto —más de metro noventa y todo músculo—, así que podía hacer mucho daño si se lo proponía.
—Odio a ese puto tío —dijo Scott.
Lo dijo con voz más tranquila, así que el árbitro lo soltó.
—Todos lo odiamos —respondió Eric.
—Sin comentarios —murmuró el árbitro, que se alejó patinando.
En ese momento, Eric se fijó en que Troy Barrett estaba plantado a un par de metros, observándolo. No parecía en absoluto amenazador. En realidad, parecía… ¿avergonzado? Desde luego, por lo menos estaba incómodo.
Eric se levantó la máscara protectora y le lanzó una mirada interrogante. Troy abrió la boca, la cerró y se marchó patinando.
Todo el equipo de Toronto era rarísimo.
Eric bebió agua y se preparó para el saque que tendría lugar justo delante de él.
—Y, por eso —les dijo a sus postes—, no dejamos que Kent nos marque ni un gol.
Era una lástima que Kent fuese un imbécil homófobo, porque Toronto tenía una comunidad queer amplia y muy activa. Ojalá su jugador de hockey estrella fuese un mejor modelo a seguir.
Kyle le había recomendado a Eric que saliera de fiesta mientras estaba en Toronto.
Que fuera a uno de los numerosos bares de ambiente y encontrara, en palabras de Kyle, «algún amorcito sexy canadiense que te haga entrar en calor».
Eric no tenía la menor intención de hacer eso, por supuesto, y trató de no pensar en la posibilidad de que Kyle se fuera más calentito a la cama en Nueva York esa noche.
En lugar de eso, prefería mil veces rememorar su beso.
Y fantasear con la oferta de Kyle de hacer algo más juntos.
Algo más. Ni en sueños podía ser buena idea.
Otra idea nada buena: soñar despierto con follar con Kyle mientras estaba en mitad de un partido de hockey.
Hasta entonces la acción se había desarrollado en la otra mitad de la pista, pero ahora los jugadores de Toronto contratacaban y corrían hacia Eric con el puck .
—Vamos allá, colegas —les dijo Eric a sus postes—. Yo haré mi trabajo; vosotros haced el vuestro.
El tiro llegó desde un ángulo inesperado. Eric se había colocado para bloquear un tiro bajo por su derecha, pero habían pasado el puck en el último segundo. Eric trató de estirarse para detenerlo, pero era un lanzamiento alto que voló por encima de su bloqueo.
«¡Ping!».
Ese sonido, ese sonido glorioso, era el favorito de Eric en el universo entero.
El tintineo de un puck al golpear el poste y desviarse lejos de la portería era un coro de ángeles para un portero.
Si Eric llegaba a viejo, quería que esa melodía sonara en bucle junto a su lecho de muerte mientras agonizaba.
El gruñido de decepción de los fans de Toronto que siguió al ping fue otro sonido bastante fabuloso.
—Gracias, amigo —dijo Eric una vez que la jugada se había alejado de su extremo de la pista.
Le dio una palmadita cariñosa al poste.
«Vale. Concéntrate, Eric». No podía contar con que los postes le salvaran el culo por segunda vez, así que necesitaba despejarse la cabeza.
«Gana este partido y luego podrás pensar en Kyle todo lo que quieras cuando estés en la habitación del hotel», se dijo.
No le gustaba recurrir a algo tan patético para motivarse, pero funcionó. Toronto no volvió a marcar y el equipo de Nueva York ganó el partido.
Kyle: He encontrado a alguien para ti.
Eric se quedó perplejo al ver el mensaje en la pantalla del móvil. Normalmente estaría durmiendo a esas horas, sobre todo después de un partido, pero esa noche no podía pegar ojo. Se preguntaba si Kyle estaría trabajando en esos momentos. No sabía por qué le había escrito.