Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 11
42%

Capítulo 11

Era evidente que Eric no debería haber besado a Kyle. No es que no hubiera estado bien.

«Bien». Dios, había sido algo alucinante. Había sido… reconfortante. Hacía más de un año que no lo besaban, y nunca lo habían hecho así. No había podido dejar de sonreír ni de tocarse los labios durante todo el trayecto en taxi de vuelta a casa.

Pero el hecho de que hubiera sido un beso increíble no significaba que… «¡Ay!».

Eric se sacudió el bloqueador y luego se quitó la máscara.

—Oye, ¿podéis dejar de darme golpes en la cabeza? —gritó a todos los que estaban en la pista—. Eso ha dolido de cojones.

—Perdona, Benny —dijo Matti mientras patinaba hacia él con cara de preocupación—. Se me ha ido de las manos.

Eric suspiró mientras se frotaba la frente. La verdad era que debería haber prestado más atención. Odiaba lo distraído que había estado durante todo el entrenamiento.

—Ten cuidado —refunfuñó mientras se volvía a poner la máscara.

Estaba agotado. No solo había salido hasta más tarde de lo habitual la noche anterior, sino que además no había podido pegar ojo cuando había llegado a casa.

Su cuerpo había vibrado con la adrenalina tras ese beso.

Su mente había dado vueltas a las posibilidades de lo que Kyle le había ofrecido con tanta naturalidad.

«Sin compromiso».

Eric sabía que eso existía. Amigos con derecho a roce, o como se llamase. Era solo que nunca había tenido algo así y no estaba seguro de poder tenerlo. Quizá no estuviera hecho para eso.

Pero tampoco podía pedirle más a Kyle. Una cosa era acostarse con un hombre mayor, y otra muy distinta tener una relación con alguien quince años mayor que tú.

Así que la noche anterior se había convencido a sí mismo de que no aceptaría la generosa oferta de Kyle.

Luego se había masturbado del modo eficiente con el que lo hacía siempre.

Sin embargo, ni siquiera ese alivio había sido suficiente para conciliar el sueño y se había pasado horas dando vueltas en la cama.

Eric necesitaba concentrarse. Su equipo estaba en el cuarto puesto de su división y al día siguiente por la mañana salían de viaje para enfrentarse a unos rivales duros.

Su promedio de goles en contra estaba lejos de ser el mejor, pero tampoco era lamentable.

Seguía en camino de terminar esa temporada —y su carrera— con dignidad.

También le gustaría mantener algo de eso en su vida personal.

Salir con un hombre mucho más joven lo convertiría en una crisis de los cuarenta andante, y Eric en realidad no quería ese tipo de atención.

No podía soportar la idea de ser un hombre recién divorciado que se consolaba con un jovencito guapo.

Y luego estaba el hecho de que Kyle era un hombre.

El entrenador Murdock hizo sonar el silbato.

—Traed esas porterías. Farmer, Woody —les gritó a los dos novatos—. Coged una. Empujadlas hasta los bordes de este círculo.

Señaló con el stick el círculo de la esquina a la izquierda de Eric.

Eric patinó hacia Carter solo para quitarse de en medio de Woody. Carter chocó el puño contra el bloqueador de Eric y dijo:

—¡Pista pequeña!

—Te encantan las pistas pequeñas.

—Porque soy el mejor en eso.

Eric agarró un puck con su stick de portero y empezó a golpearlo de un lado a otro sobre la pista.

—He estado como el culo en este entrenamiento.

—¿Alguien te mantuvo despierto anoche?

El puck se le escapó.

—No —mintió.

—En el vestuario parecías un poco… —Carter hizo un gesto con la mano que no le dijo nada a Eric—. En las nubes.

—Me estás vacilando.

Carter se señaló los ojos.

—Estos no mienten.

—Al parecer sí, porque…

—Muy bien, caballeros —bramó el entrenador—. Al círculo. Un portero en cada portería y vamos a hacer ejercicios uno contra uno hasta que os diga que paréis.

Eric se dirigió patinando hacia la portería más alejada.

Al pasar junto a Tommy, le dio un codazo y le dijo:

—Dales caña.

—Y tanto.

Los jugadores se reunieron a un lado del círculo y el entrenador envió a dos jugadores a disputarse el puck e intentar lanzar a una de las porterías.

Por lo general, a Eric le gustaban esos ejercicios, pero la pequeña superficie de hielo hacía que nunca pudiera relajarse.

Tenía que mantenerse concentrado en la acción porque nunca se alejaba más de unos pocos metros de él. Hoy le resultaba agotador.

A Eric le molestaba que le marcaran goles en los entrenamientos tanto como en los partidos. Pero su capacidad para parar los pucks dependía mucho más de su estado mental que de su estado físico, y hoy el mental era un desastre. Hasta los rookies estaban metiendo goles.

Cuando por fin terminó el ejercicio, el entrenador de porteros, Quinn Cameron, hizo un gesto a Eric para que se acercara al banquillo.

—¿Qué pasa, Eric?

El portero se levantó la máscara.

—No he dormido bien hoy.

—Eso explica por qué tienes tan mal aspecto. —Quinn se lo quedó mirando mientras fruncía el ceño—. No dormir. Eso no es propio de ti.

—Ya.

—¿Pero eso es todo?

Eric se encogió de hombros, con sus enormes hombreras acolchadas.

—Creo que sí.

—¿Cómo tienes la cabeza? Me ha parecido que ese disparo de Matti te había dado fuerte.

—No ha sido para tanto. Es que hoy estoy gruñón.

Quinn esbozó una sonrisa burlona.

—Es lo que tiene hacerse mayor.

—Sí, sí.

Quinn solo le llevaba diez años a Eric, pero parecía mucho mayor.

Caminaba con una cojera evidente debido a un puck que le había destrozado el tobillo cuando jugaba en la NHL .

Se había sometido a una artroplastia de cadera cuando tenía más o menos la edad de Eric y, debido a los años de recibir golpes en la cabeza similares al que Eric acababa de restar importancia, era propenso a sufrir mareos.

Eric también había sufrido su cuota de lesiones a lo largo de los años; el hombro izquierdo le dolía con frecuencia, pero había estado más o menos bien desde la última operación a la que se había sometido.

Hacía todo lo que podía fuera de la pista para compensar el castigo que su cuerpo soportaba en ella.

Sus compañeros se reían de él por ser un obseso de la salud, pero Eric no quería acabar como Quinn.

Si el yoga, dormir bien y comer sano le daban siquiera una posibilidad de evitarlo, seguiría haciéndolo.

Era el cuarto entrenamiento consecutivo en el que Eric tenía pensado decirles a sus entrenadores que se retiraría al final de esa temporada.

Sería muy fácil pedirle a Quinn, en ese mismo momento, que reuniera a los entrenadores para que Eric se lo contara.

Pero no se atrevía a articular las palabras.

La verdad era que tenía miedo. Una vez que lo anunciara, se convertiría en realidad.

Por muy seguro que estuviera en su corazón de que era la decisión correcta, no estaba preparado para que se hiciera realidad.

Hoy tenía la mente confusa. Su miedo a dejar el hockey luchaba contra el miedo a su deseo por Kyle.

Esos pensamientos se mezclaban con el estrés de su mal rendimiento en el entrenamiento de ese día, la euforia de explorar por fin su sexualidad y la aterradora incertidumbre de qué le deparaba el futuro.

Necesitaba una buena siesta.

Decidió, después de ducharse y vestirse, ir andando desde el estadio hasta su casa.

Esperaba que el aire fresco y el ejercicio adicional le ayudaran a aclararse las ideas.

Mientras caminaba intentó pensar con sensatez en lo que Kyle le había sugerido.

Desentrañó los hechos y los ordenó con cuidado en su mente.

El primero era que le gustaba Kyle, se sentía atraído por él, y parecía que la atracción era mutua.

El segundo era que Kyle parecía tener una relación despreocupada con el sexo y se había ofrecido a acostarse con él.

El tercero era que a Eric le ponía nervioso acostarse con un hombre.

O con cualquiera, la verdad. Desde que era adolescente solo había estado con Holly, y no había sido muy a menudo durante sus últimos años juntos.

El cuarto hecho era que no se imaginaba acostándose con un desconocido.

La idea no le atraía. De hecho, le repugnaba un poco.

Hecho número cinco: la idea de acostarse con Kyle no le repugnaba. En absoluto.

Eric estuvo dándole vueltas a todo esto durante el camino a casa.

Analizó cada detalle, barajándolos como si fueran cartas y esperando que surgiera un plan de acción claro.

A lo que no dejaba de darle vueltas era a que no estaba seguro de lo que significaba el hecho de que quisiera acostarse con Kyle.

Sabía que era un simple problema de lógica: a Eric Bennett solo le gustaba acostarse con personas por las que sentía algo.

Eric Bennett quería acostarse con Kyle. Por lo tanto…

Y ahí estaba justo la razón por la que no podía acostarse con Kyle.

A menos que pudiera.

Hostia puta, joder.

Cuando Eric llegó a casa, subió corriendo a su habitación y se dejó caer sobre la cama. Era tan suave y maravillosa…

Y solitaria.

Al final, cuando le apeteció moverse de nuevo, se quitó la ropa y se acurrucó bajo las mantas.

Al cerrar los ojos, recordó cada detalle del beso de la noche anterior con Kyle.

El calor de la lengua de Kyle y la fresca presión de sus dedos donde había tocado la mandíbula de Eric.

La dulce forma en que se había reído cuando Eric se había inclinado con ansia para pedir más.

Eric se puso rojo. ¿Estaría Kyle pensando en ese beso tanto como él? Lo más probable era que no.

Sentía calor por todo el cuerpo y apartó las mantas de un puntapié. No solía masturbarse a diario, pero su mano se dirigió hacia su polla y comenzó su rutina habitual de movimientos rápidos y enérgicos. Se corrió rápido, como siempre, cogiendo el semen en la mano.