Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Sabiendo que Kyle era camarero y estudiante a tiempo parcial y que vivía en Manhattan, Eric supuso que su piso sería pequeño y estaría destartalado.

Sin embargo, al cruzar el umbral, se quedó sorprendido al ver un salón luminoso y grande que daba a una cocina moderna y bien equipada.

Era evidente que todo el piso era de nueva construcción; todo, desde los electrodomésticos hasta los suelos, parecía nuevo.

—Bonito piso —comentó Eric mientras se acercaba a las ventanas. Echó un vistazo a la calle Diecinueve, cuatro pisos más abajo.

—Gracias. Dame un segundo.

Kyle desapareció en lo que Eric supuso que era su habitación, así que echó un vistazo por el salón.

Enseguida le llamó la atención una estantería llena de libros que había en la pared, junto a un televisor de pantalla plana.

Eric se había deshecho de la mayor parte de su propia colección de libros cuando se había pasado al minimalismo y a los libros electrónicos hacía un par de años.

Últimamente se había arrepentido de su decisión y lamentaba no haber dejado espacio en su nueva casa para una biblioteca.

Le encantaba mirar los libros, tenerlos en las manos. Echaba de menos el olor del papel.

La colección de Kyle era ecléctica y estaba fatal organizada.

En una estantería había novelas gráficas, libros de historia sobre la antigua Roma, Sudamérica y la Primera Guerra Mundial, autobiografías de famosos, libros de cocina y novelas en inglés, español y francés.

Eric sacó de la estantería un libro de tapa dura muy gastado al que le faltaba la sobrecubierta y lo abrió.

Estaba en italiano, lo cual le hizo reír.

Volvió a colocar el libro donde lo había encontrado: entre un manual de cócteles y una edición de bolsillo de la Ilíada .

Le picaban los dedos por las ganas de reorganizar la estantería, pero en lugar de eso centró su atención en la parte superior, donde había una hilera de fotografías enmarcadas y baratijas.

Había una foto de Kyle y Maria, ambos riendo con unos cócteles frente a ellos.

Junto a ella había una bola de nieve con pequeñas pistas de esquí en su interior y la palabra «Vermont» en la base.

Eric la cogió y le dio la vuelta mientras observaba cómo caía la nieve sobre los pequeños esquiadores de plástico que había dentro.

—Casi como estar ahí, ¿eh? —La voz de Kyle sobresaltó a Eric, que estuvo a punto de dejar caer la bola de nieve. Era raro que alguien lograra acercarse con tanto sigilo a él.

—Lo siento. No era mi intención husmear.

Volvió a colocar la bola de nieve en la estantería. Cuando se dio la vuelta para mirar a Kyle, vio que estaba muy atractivo con una camiseta morada de cuello en V y unos vaqueros oscuros ajustados.

—No pasa nada —dijo Kyle con naturalidad—. Ya conoces mis secretos orígenes en Vermont.

—¿Vas a menudo? —Eric no pudo evitar preguntarlo.

La sonrisa se borró de los labios de Kyle.

—Hace años que no voy.

—Ah.

—Mis padres me mandan dinero. Son quienes pagan el piso. —Hizo un gesto con la mano para señalar alrededor—. Pero no. No me han invitado a volver.

Eric no entendía por qué los padres de Kyle no estarían deseando verlo tanto como fuera posible. Era brillante y encantador y estaba estudiando un máster en Columbia. Tendrían que estar orgullosos de él, ¿no?

Abrió la boca para decir algo, pero Kyle lo interrumpió.

—¿Estás listo para que nos vayamos?

Eric decidió no insistir por el momento. Al menos se había resuelto el misterio de aquel apartamento tan bonito.

—Claro.

Kyle cogió la chaqueta y la bufanda que había dejado tiradas sobre una silla. Volvió a sonreír y le guiñó un ojo a Eric mientras decía:

—Vamos a llamar la atención.

No hablaron hasta que llegaron a la calle, y entonces a Eric se le ocurrió una pregunta que no tenía que ver con la familia de Kyle.

—¿Cuántos idiomas hablas?

—¿Cómo sabes que hablo más de uno?

—Los libros de tu estantería. He visto en varios idiomas. —Entonces se le ocurrió algo—: Igual eran de Maria.

—Has estado husmeando —bromeó Kyle—. Son míos. Maria también habla español, pero yo además hablo italiano y francés. Una de mis especialidades en la carrera fue latín, así que sé leerlo. También griego antiguo. Y estoy aprendiendo griego moderno.

—Hostia puta.

Kyle se encogió de hombros como si acabara de soltar una lista de películas que le gustaban.

—Aprendo rápido los idiomas. Siempre se me han dado bien.

—Tienes suerte. Yo apenas sé francés para arreglármelas, pero los idiomas no se me dan nada bien.

—Todos tenemos nuestros talentos. Yo no soy muy bueno haciendo de portero.

Eric se rio.

—¿Pero lo has probado alguna vez?

—Ay, dios, no. ¿Qué clase de maniaco deja que la gente le lance pucks ?

—Alguien cuyo primo tenía un equipamiento de portero que ya no necesitaba.

—¿Así es como empezó todo?

Eric asintió.

—Éramos pobres. Tuve suerte de conseguir ese equipamiento de segunda mano.

Aún recordaba lo emocionado que se había sentido la primera vez que se había atado aquellas pesadas protecciones a las piernas.

Le había encantado ser portero desde el primer puck que había parado.

Se había tomado el juego en serio, porque se lo tomaba todo en serio, incluso de niño, y para cuando era adolescente lo veía como una forma de resolver los problemas económicos de su familia.

O quizá de tener la oportunidad de ir a la universidad.

—¿Dónde están ahora tus padres? —preguntó Kyle.

Eric sonrió.

—Viven muy a gusto a orillas del lago Ontario. Les compré la casa de sus sueños cuando firmé mi primer contrato en la NHL .

—Debió de ser un contrato de lo más jugoso.

—La casa de sus sueños no es nada ostentosa. Solo una bonita casita tipo Cape Cod, pero a las afueras de Hamilton, en Ontario. Ahí es donde crecí. Me refiero a Hamilton.

—¿Eres hijo único?

—Tengo un hermano menor y una hermana mayor. Los dos siguen viviendo en Hamilton. Me alegro de eso porque rara vez voy a casa. Soy un mal hijo.

—Los malos hijos no les compran casas a sus padres.

—Era lo mínimo que podía hacer. Se sacrificaron mucho para que pudiera seguir jugando al hockey.

Mi padre trabajaba de día en un Mr. Lube y a veces por la noche descargando camiones en una tienda de comestibles.

Mi madre trabajó en un Walmart durante la mayor parte de mi adolescencia.

Y, cuando mi hermana tuvo edad para hacerlo, también se puso a trabajar ahí.

Siempre nos costaba mucho llegar a fin de mes.

—Y ahora tú los cuidas.

No era del todo cierto. Su hermana era directora de un colegio y su hermano era contratista. Pero sin duda los ayudaba tanto como el orgullo de sus hermanos le permitía.

—Hago lo que puedo.

Kyle se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y encogió los hombros para protegerse del frío.

—Solía competir en campeonatos de esquí. A mis padres les costaba mucho tiempo y dinero. —Resopló—. Dinero tirado a la basura, supongo.

Eric lo entendió. El cuerpo delgado y tonificado de Kyle era sin duda el de un esquiador.

—Dudo que ellos lo vieran así.

—Sí, bueno.

Kyle volvió a quedarse en silencio.

—Siempre me he puesto nervioso sobre los esquís —dijo Eric tratando de relajar el ambiente—. No me imagino bajando una montaña a toda velocidad.

Kyle se rio.

—¿Así que te parece bien que te lancen pucks , pero esquiar te da miedo?

—Las pistas de hielo son planas.

—Pero el esquí ofrece unas vistas increíbles. El invierno pasado fui a esquiar a un glaciar en Suiza y uuuf… Me da pena por quienes no pueden vivirlo. No me salen las palabras para describirlo.

—Si tú lo dices, te creo —dijo Eric, aunque de repente pudo ver el atractivo de aprender a esquiar.

Se distrajo por un momento, imaginándose a Kyle enseñándole. Se preguntó si Kyle había trabajado alguna vez como instructor.

No tuvo oportunidad de preguntarlo porque ya habían llegado al bar.

Eric había estado antes en bares gais, obvio, pero solo cuando acompañaba a su amigo abiertamente queer .

Nunca se había sentido incómodo saliendo con Scott por bares de ambiente, pero esta vez era distinto.

Esta vez estaba por su cuenta, con el propósito de fijarse él en los hombres. Y de que los hombres se fijaran en él.

Respiró hondo y lento para centrarse y Kyle se dio cuenta.

—¿Estás bien?

—Sí. No sé por qué estoy tan nervioso.

—No hay nada de lo que preocuparse. Además, todos se fijarán en mí.

Kyle le lanzó una mirada de broma y Eric se rio.

—Ciertamente.

Kyle mantuvo la puerta abierta y Eric entró en el bar. Parecía…, pues un bar. Oscuro, abarrotado y animado. Sonaba música pop, no estaba muy alta. Los clientes eran hombres y, en su mayoría, como Eric notó enseguida, atractivos. Y más jóvenes.

Había sido un error.

—Soy demasiado mayor para esto —murmuró Eric.

—En absoluto. Veo una mesa libre. Siéntate y voy a por unas bebidas. ¿Quieres una gaseosa con lima?

—Claro. Gracias.

A Eric le habría gustado ser él quien fuera a la barra, porque al menos eso le habría dado algo que hacer en lugar de quedarse sentado solo y vulnerable en un local para ligar.

Se quitó el abrigo y lo colgó del respaldo de la silla y luego se ajustó un poco la camiseta.

Había elegido una gris claro, más ajustada de lo que las solía llevar, y la había combinado con unos vaqueros idénticos a los que llevaba la noche anterior.

Cuando Eric encontraba algo que le quedaba bien, solía comprar varias unidades.

Se pasó la mano por el pelo y la barba mientras se sentaba y luego cogió una carta de bebidas especiales para tener algo en lo que fijarse. Le aterrorizaba que, si levantaba la vista, cruzara sin querer la mirada con alguien y le diera una idea equivocada.

Kyle volvió después de lo que pareció una eternidad con dos bebidas.

—Perdona —dijo—. Calvin estaba muy charlatán.

—¿Ese es el encargado del bar?

—Sí. Trabajábamos juntos en un restaurante de mala muerte. Es un tío majo. Y besa muy bien.

Eric soltó una risa de sorpresa.

—¿Besas a todos tus amigos?