Capítulo 8 #2
Entonces, Kyle bostezó y Eric recordó lo tarde que era. Y el hecho de que Kyle vivía en Chelsea, que estaba bastante lejos.
—Deberías quedarte aquí esta noche —dijo Eric. Era una propuesta clara y debería haberla hecho antes.
—Ay, no. Puedo pedir un taxi.
—Quédate. Tengo dos habitaciones de invitados. Incluso puedo prepararte café por la mañana.
Kyle levantó la cabeza de las rodillas.
—Eso es muy tentador.
—Hay cepillos de dientes extra y demás. No tengo que ir a ningún sitio por la mañana. Así que puedes dormir hasta la hora que quieras.
Kyle volvió a bostezar y luego se rio.
—Venga. Me has convencido.
Eric sonrió de oreja a oreja, demasiado contento con cómo estaban pasando las cosas.
Se levantó y le tendió la mano a Kyle, un gesto natural que habría hecho con cualquiera de sus compañeros de equipo en la pista o en el gimnasio.
Pero, cuando Kyle le cogió la mano, de golpe nada de aquello le pareció natural ni familiar.
Los dedos de Kyle estaban fríos, lo más seguro de haber lavado las botellas de cerveza, y su piel era más áspera de lo que Eric esperaba.
Ayudó a Kyle a ponerse de pie y entonces la cara de Kyle quedó a pocos centímetros de la suya.
Sus pechos casi se rozaban mientras Kyle lo miraba con sus ojos azules y somnolientos.
Eric seguía cogiéndole la mano.
—Te… Eeeh… Te enseño la habitación. Puedo prestarte unos pantalones de pijama, si quieres.
Kyle le rozó los nudillos con el pulgar y luego le soltó la mano.
—Gracias.
Eric se volvió antes de hacer algo imperdonable, como invitar a Kyle a compartir su propia cama. Llevó a Kyle a la habitación que estaba en la misma planta que la cocina. Era la que más le gustaba a Eric de las de invitados.
—Vaya —dijo Kyle cuando Eric encendió la lámpara de la mesita de noche.
La habitación estaba en la parte delantera de la casa y tenía un gran ventanal que daba a la calle.
La pared donde estaba la ventana era de ladrillo visto, algo que a Eric le encantaba, y el resto de las paredes eran de un blanco puro, igual que la ropa de la cama, el sillón de la esquina y la alfombra.
Sobre el cabecero de arce claro de la cama colgaba una gran fotografía en blanco y negro enmarcada de una playa rocosa envuelta en niebla.
—Hay una máquina de ruido blanco —dijo Eric mientras señalaba el pequeño aparato que había junto a la lámpara—. Por si la necesitas.
—Quizá sí —dijo Kyle—. Llevo más de seis años en la ciudad y todavía no he conseguido que no me afecte el ruido por la noche.
—¿Dónde está tu casa?
—En Vermont. Estaba mi casa, en pasado.
A Eric no le gustó cómo sonaba eso, pero también sabía que las tres de la madrugada no era el momento para adentrarse en historias tristes. Así que se limitó a decir:
—Me encanta Vermont.
—A mí también. Esta foto es bonita. ¿Sabes de dónde es?
—Gales. —Eric se lo pensó y entonces dijo—: La hice yo.
Kyle volvió la cabeza con los ojos muy abiertos bajo las gafas.
—¿La hiciste tú?
—A veces hago fotos. No soy profesional ni nada así.
—Podrías serlo. Joder. —Le guiñó un ojo—. ¿Qué otros talentos escondes?
Eric sintió cómo le subía el calor por el cuello. Kyle no le estaba poniendo fácil tener pensamientos castos.
—Lo siento —dijo Kyle—. Ese es el último. Te lo prometo. Es que tengo sueño y estoy un poco tonto. Y hace mil años que no follo.
—Claro. No pasa nada —respondió Eric algo tenso—. Voy a traerte el pijama. Y un cepillo de dientes. ¿Necesitas algo más?
—No se me ocurre nada.
Eric se marchó rápido. No le gustaba con qué facilidad se ponía nervioso en compañía de Kyle.
En su habitación, se tomó un momento para recomponerse, luego cogió los pantalones de pijama más suaves y una camiseta antes de ir al baño a buscar un cepillo de dientes nuevo y dentífrico.
Cuando regresó a la habitación de Kyle, casi se le cayeron todas las cosas que llevaba encima.
Kyle estaba tumbado en la cama, sin camiseta y con el botón de los vaqueros desabrochado. Tenía el cuerpo delgado y tonificado; el cuerpo de un atleta hecho para la velocidad.
Kyle se irguió apoyándose en los codos mientras flexionaba los abdominales y se incorporaba para mirar a Eric.
—¿Esta funda nórdica es de lino?
—Sí —dijo Eric con la voz débil—. Las sábanas también.
Kyle se dejó caer de nuevo sobre la cama y soltó un largo y gutural gemido de placer que hizo que Eric bajara las manos para cubrirse la entrepierna.
—Jooooooder. Y estas almohadas… —continuó Kyle, ajeno al alarmante aumento de la excitación de Eric—. Estoy cachondísimo por esta cama.
«Venga ya, Universo. Esto no es justo».
—He traído el pijama. Y un cepillo de dientes. Lo… —A ver, Eric no podía dárselo. No con esa erección a punto de romperle los pantalones—. Lo dejo aquí. —Los dejó sobre la silla de la esquina y se volvió rápido hacia la puerta—. Buenas noches.
—Oye —dijo Kyle.
Eric se detuvo, pero siguió de espaldas a Kyle.
—Dime.
—Ha sido una buena fiesta. Todo el mundo se ha divertido.
—¿Tú crees?
Eric volvió la cabeza hacia un lado para intentar no parecer tan desconsiderado con Kyle.
—Claro. Veo a gente bebiendo y divirtiéndose varias veces a la semana en el trabajo. Soy un experto en distinguir quién se lo está pasando bien y quién no. La fiesta ha sido un éxito.
—Me alegro de oírlo. —Se quedó de pie otro segundo esperando a ver si Kyle tenía algo más que decir y luego añadió—: Que duermas bien.
—Voy a dormir muy bien en esta cama.
Eric sonrió para sus adentros y cerró la puerta tras de sí. Cuando ya estaba casi cerrada, oyó a Kyle decir:
—Feliz cumpleaños.
Eric ya se había desabrochado los vaqueros antes incluso de llegar a su habitación, en la planta superior. No recordaba cuándo había sido la última vez que había tenido tantas ganas de tocarse.
En cuanto cerró la puerta de su habitación detrás de él, los vaqueros cayeron al suelo junto con el ruido fuerte del cinturón.
Metió la mano en los calzoncillos y gimió tan fuerte al agarrarse la polla que se metió los nudillos de la mano desocupada en la boca para amortiguar el ruido.
Se dejó caer sobre la cama y se bajó los calzoncillos hasta los tobillos, apartándolos de una patada mientras se quitaba la camiseta de un tirón y la tiraba al suelo.
Eric nunca había comparado, ni de forma directa ni indirecta, su forma de masturbarse con las de otro hombre, pero suponía que estaba en el porcentaje más alto en cuanto a eficiencia.
Eric era eficiente en todo; eficiente, disciplinado y con práctica.
Había convertido hacerse una paja en una ciencia.
Se preguntó si Kyle también se estaría tocando.
Si estaría en ese momento desnudo y retorciéndose sobre sus sábanas de lino, con los dedos largos y ásperos por el trabajo acariciando una polla que Eric solo podía imaginarse.
Y, dios, cómo se la imaginaba. Larga y bonita, sobresaliendo del vello del mismo rubio oscuro que el pelo que se le había colado por la cintura de los vaqueros.
Los abdominales de Kyle tensándose y flexionándose a medida que se acercaba al límite de la eyaculación.
Mientras llegaba al punto en el que Eric se encontraba en ese momento, tambaleándose al borde del abismo.
Si Kyle se estaba masturbando, ¿estaría pensando en Eric? ¿Estaría a punto de correrse con el nombre de Eric en los labios, igual que Eric estaba a punto de…?
—Joder. Kyle. Por favor —susurró Eric mientras se arqueaba y se corría sobre sus abdominales.
Cuando terminó, cuando la última oleada de placer abandonó su cuerpo y Eric se quedó con la polla flácida en la mano, y el semen empezó a secarse sobre su piel, la vergüenza empezó a apoderarse de él.
¿Qué cojones estaba haciendo? Era un viejo verde que se masturbaba pensando en el joven encantador que había tenido la amabilidad de ayudarle a limpiar después de su fiesta.
Apenas era un conocido. Un posible nuevo amigo.
Eric era patético.
Pero sin duda se sentía atraído por los hombres. Su bisexualidad le parecía mucho menos teórica, aunque solo fuera por permitirse fantasear con otro hombre. Con uno en concreto. Uno que en ese momento estaba durmiendo dos pisos por debajo de Eric. Que llevaba un pijama suyo.
A menos que estuviera durmiendo desnudo.
Ay, dios mío.
Eric respiró hondo varias veces, despacio, y luego empezó a analizar la situación con calma. Nadie salía perjudicado en todo eso. Y Kyle tenía que saber que sus tonteos iban a tener un efecto en Eric. Suponiendo que Kyle supiera que Eric se sentía atraído por él… Por los hombres…
¿Era un problema que lo supiera? Eric siempre había dado por sentado que era algo que la gente no adivinaría de él, pero nunca se había topado con un hombre que le gustara tanto como Kyle. Quizá su deseo era evidente cuando hablaba con él. Sin duda, era algo en lo que pensar.
Eric se arrastró hasta el baño y se limpió rápido. Se fue al vestidor y encontró sus pantalones de pijama, los segundos más suaves que tenía, y disfrutó de la caricia del bambú mientras se los ponía. La suave tela le resultaba fresca contra su piel acalorada.
Cuando se metió en la cama, se dio cuenta de lo agotado que estaba. Mientras se quedaba dormido, pensó en unos ojos azul invernal que bailaban tras unas gafas, en unas manos callosas y en un pelo castaño claro sedoso y revuelto.