Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

El jueves por la noche, Kyle siguió a Maria por la escalera de entrada de la casa adosada de Eric. Porque, evidentemente, había decidido ir a la fiesta.

La cuestión era la siguiente: al intentar tomar las decisiones correctas, Kyle se había dado cuenta de que, en realidad, estaba tomando decisiones terribles que lo alejaban de sus amigos.

Y le impedían hacer nuevos amigos. Se recordó a sí mismo que no todo tenía que girar en torno al sexo.

Kip era un amigo maravilloso y Eric parecía un tío muy agradable, inteligente y con quien daba gusto hablar. No había ninguna razón para evitarlo.

Y Kyle se había convencido por completo de todo eso hasta el momento en que Eric abrió la puerta.

Porque, joder, estaba muy bueno. Eric, quien, por lo que Kyle sabía, nunca vestía nada menos formal que pantalones de sastrería y camisa de vestir, llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta gris carbón que se ceñía a su amplio y musculoso pecho y se agitaba sobre su abdomen plano.

Cuando la mirada de Kyle volvió a posarse en la cara de Eric, se encontró con que este lo estaba mirando antes de que sus ojos se abrieran de par en par al reconocerlo.

—¿Kyle?

—Sorpresa —dijo Kyle con un tono suave.

Parecía que Eric se estaba dejando crecer un poco la barba, lo que sin duda le quedaba muy bien.

—Casi no te reconozco.

Kyle sonrió.

—Ya. Me veo distinto cuando no estoy trabajando.

—Sí. Me ha costado reconocerte. —Eric se tocó la ceja—. Llevas gafas.

—Sí, eeeh, nunca me las pongo cuando estoy en el bar, pero así es como voy casi siempre.

Eric lo miraba a la cara como si no pudiera creer que Kyle fuera la misma persona que le servía refrescos con lima.

—Te ves bien —dijo por fin—. Con las gafas, me refiero.

A Kyle le gustó la breve y tímida sonrisa de Eric.

—Gracias.

—Déjame que te ayude con esa bolsa —dijo Eric—. Y el abrigo.

Kyle dejó en el suelo la pesada bolsa que llevaba y se quitó el abrigo.

—Buen intento, pero en la bolsa hay una sorpresa.

Se había prometido a sí mismo ser juguetón, agradable y no coquetear de forma explícita esa noche.

—No me suelen gustar las sorpresas, pero admito que me intriga.

Eric mantuvo la mirada fija en Kyle mientras cogía el abrigo y se lo colgaba del brazo. Le brillaban los ojos, aunque el resto de la cara se mantenía impasible. Era injusto lo sexy que resultaba.

—Holi —dijo Maria—. Maria también ha venido.

Al oírla, Eric se puso rojo.

—Lo siento. Me alegro de verte de nuevo, Maria. Déjame cogerte el abrigo.

Maria se lo quitó y Kyle contuvo una risa cuando Eric abrió mucho los ojos al ver su atuendo.

Maria había ido a divertirse esa noche. Se había puesto un push-up para que se le marcara más el pecho sobre el pronunciado escote en V de su vestido de punto negro.

Estaba fantástica, con el vestido ceñido a las curvas y su impecable peinado y maquillaje.

Puede que solo midiera metro cincuenta y cinco en una casa llena de hombres altos y en forma, pero Kyle estaba convencido de que destacaría esa noche.

Por su parte, Kyle había optado por un look informal que dejaba claro que no estaba allí para seducir a nadie.

Llevaba sus vaqueros desgastados más cómodos con una camiseta azul de manga larga, una bufanda enrollada alrededor del cuello, y completaba el look con sus segundas gafas favoritas.

Iba vestido para pasar desapercibido y no ser la tentación de nadie.

Kyle estaba increíble. A Eric se le había acelerado el corazón en cuanto había reconocido al tipo que se escondía tras las gafas.

Le encantaba esa faceta de él: el estudiante de posgrado dulce y artístico.

Si tenía que ser sincero, le gustaban todas las facetas de Kyle, pero con esas gafas estaba monísimo.

Y le había traído una sorpresa a Eric.

Observó cómo Kyle cogía la bolsa misteriosa del suelo, incapaz de apartar la mirada de él.

—¿Dónde está la cocina? —preguntó Kyle.

—Te la enseño.

Le hizo un gesto a Kyle para que lo siguiera.

Maria, que estaba espectacular esa noche, ya se había dirigido al sótano, donde se encontraban la mayoría de los invitados.

La cocina estaba un piso más arriba, así que Eric llevó a Kyle a la escalera.

Y, cuando Eric encendió las luces, Kyle se quedó boquiabierto.

—¡Son impresionantes!

Eric tenía tres cuadros colgados en la pared que conducía al piso de arriba. Eran abstractos, todos del mismo artista y de la misma serie.

—¿A que sí? —asintió Eric—. Estos fueron los primeros cuadros que Jeanette me enseñó. En ese momento supe que había encontrado a mi marchante.

Kyle se apoyó contra la pared de enfrente con los pies puestos en dos escalones diferentes.

Sonreía ante las obras de arte, con el rostro iluminado de la misma forma que lo había estado el de Eric cuando él había visto los cuadros por primera vez.

De la misma manera que se le iluminaba a Eric en ese momento al mirar a Kyle.

—Me encanta el naranja de este —dijo Kyle mientras señalaba el que Eric había colgado en el centro.

—Ese es uno de mis favoritos.

Eric se dio cuenta de que ambos estaban hablando en voz baja. Todo el mundo estaba en la primera planta o en el sótano, así que en la de arriba no había nadie. De golpe, la situación parecía muy íntima.

Kyle se volvió para mirarlo y su expresión cambió. Fue como si la luz se hubiera apagado de repente, las comisuras de su boca se curvaron hacia abajo y sus ojos parecían casi asustados. Eric se movió para no estar tan cerca.

—Bueno —dijo Kyle. No era el susurro ronco que había utilizado hacía un momento. Ahora su voz sonaba clara, fuerte y disonante—. ¿Dónde está la cocina?

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y subió el resto de las escaleras.

Pues claro. Lo más seguro era que la atracción que Eric sentía por Kyle se le notara en la cara. En su cara de hombre mayor, divorciado y aburrido. No se podía culpar a Kyle por sentirse incómodo.

«Relájate», se dijo Eric a sí mismo. «Tienes el control de tus sentimientos, de tu cuerpo y de tu libido».

Respiró hondo para centrarse y luego siguió a Kyle por las escaleras.

Kyle había encontrado la cocina, lo cual tenía sentido, ya que ocupaba la mayor parte de esa planta.

Dejó la bolsa en una de las encimeras y miró a su alrededor.

—¿Vas a dar una fiesta y tu cocina está así de impecable?

—La comida la trae un catering. Lo he pedido en un restaurante con barbacoa que les gusta a los chicos.

—Ajá. ¿Y tú qué vas a comer?

—Tienen una ensalada de kale que me gusta.

Kyle sonrió, pero no dijo nada al respecto mientras empezaba a sacar botellas de la bolsa y a colocarlas en la encimera. Lo último que sacó fue una coctelera.

—No estaba seguro de que tuvieras una —dijo mientras la sujetaba.

—Sí tengo. Pero ¿para qué es todo esto?

—Un regalo de cumpleaños. Tú espera.

Eric sintió ese burbujeo en la sangre cuando Kyle le guiñó un ojo.

—¿Necesitas hielo?

—Sí, por favor.

Kyle lo preparó todo en la isla de la cocina como si fuera una barra, así que Eric llenó un cuenco con hielo y luego se sentó en uno de los taburetes del otro lado.

—Tengo un amigo que hace unos zumos y refrescos fermentados increíbles —dijo Kyle mientras abría una botella de cristal alta llena de un líquido amarillo brillante—. Mira, huele esto.

Le tendió la botella y Eric la olió. Tenía un aroma cálido, especiado y familiar.

—¿Jengibre? —preguntó.

Kyle asintió.

—Es una tónica fermentada de jengibre y cúrcuma. Deliciosa, saludable y el ingrediente principal de tu cóctel sin alcohol de cumpleaños.

—¿Cóctel sin alcohol de cumpleaños? —preguntó Eric, conmovido.

Tenía pensado beber agua con gas esa noche.

—Pensé que te gustaría el zumo fermentado. Pareces, ya sabes…

—¿Un friki de lo saludable?

—Alguien que se cuida —dijo Kyle con otro guiño.

Eric observó cómo medía con cuidado los ingredientes y los iba añadiendo a la coctelera.

Era extraño ver al Kyle camarero y al Kyle de día fundirse en una sola persona en la cocina de Eric.

Echaba de menos las mangas cortas de las camisetas blancas ajustadas que Kyle solía llevar en el trabajo.

Ahora mismo podría ver el ligero bulto de los bíceps mientras agitaba la coctelera.

Kyle levantó un dedo y se dirigió a los armarios de Eric, abriendo las puertas hasta que encontró lo que buscaba. Volvió a la isla con un vaso alto y echó unos cubitos de hielo dentro.

—Espero que te guste. Esta mañana me he preparado uno de prueba.

—No tenías por qué tomarte tantas molestias.

—No es ninguna molestia. Me encanta inventar cócteles, con o sin alcohol. Estoy intentando convencer a mi jefe, Gus, para que introduzca una carta de cócteles artesanales en el King­fisher. Aunque él está bastante contento sirviendo solo cerveza y cócteles básicos.

—¿Y lo del cóctel Scott Hunter?

Kyle sonrió mientras colaba el contenido de la coctelera en el vaso.

—Esa fue mi creación. Lo puse en la pizarra una noche y ahí lleva desde entonces. Gus es pésimo en marketing, pero incluso él tuvo que reconocer el valor de promocionar la conexión del bar con la estrella de hockey gay favorita de Nueva York.

—¿Sabía Kip lo del cóctel? Me refiero a antes de que lo pusieras en la carta.

—Se lo comenté. Le encantó la idea. Sugirió hacerlo con zumo de arándanos. Creo que es algo entre ellos dos. —Vertió un poco de esa tónica especial por encima y luego deslizó el vaso hacia Eric—. Quizá a este podamos llamarlo «Eric Bennett».

Eric levantó el vaso y admiró el color amarillo turbio del líquido que contenía. Dio un sorbo y notó el toque picante del jengibre, el calor de la cúrcuma y algo dulce que lo equilibraba todo. Estaba riquísimo.

—Está increíble —dijo Eric—. ¿Lleva algo dulce o es la tónica?

—Es un sirope de piña que he preparado yo. ¿Te gusta?

Eric tomó otro sorbo mientras cerraba los ojos esta vez y saboreaba la mezcla perfecta. Tragó y dijo:

—Sí, mucho. Gracias.

Kyle sonrió de oreja a oreja.