Capítulo 6 #2
—¿Y qué tiene de malo que te gusten los hombres mayores? Ya sé que tuviste una mala experiencia.
—O tres.
—Sí, pero ya sabes a cuál me refiero. Ese tío de Vermont era un puto mierdas.
Pero eso no significa que esté mal sentirse atraído por hombres mayores.
A mí me gustan altos y he estado con cuatro que eran unos putos asquerosos.
Eso no significa que no vaya a seguir intentando encontrar a ese príncipe perfecto, alto y, probablemente, finlandés, que puede que juegue o no en los New York Admirals.
Kyle sonrió al oír eso.
—Ian era un mierdas, pero yo tomé mis propias decisiones. Y esas decisiones siempre son malas cuando se trata de cierto tipo de hombres.
Maria se lo quedó mirando seria.
—Kyle. Tenías dieciocho años. No seas tan duro contigo mismo.
—¿Por qué? Si todo el mundo lo fue.
Joder, no debería haber dicho eso. Esbozó una sonrisa que seguro que no parecía real porque él no la sentía.
—En fin. Todo salió bien al final, ¿no? Tenemos este precioso apartamento gratis en Manhattan y yo puedo vivir mi vida de gay lejos de los cotilleos de Shaw, Vermont.
Maria había oído la historia poco después de mudarse con él.
Durante el último año de instituto de Kyle, su padre le había conseguido un trabajo en las oficinas de la Asociación Empresarial y Turística del Área de Shaw.
El director de la asociación, Ian, tenía entonces unos treinta y cinco años, estaba casado y tenía dos hijos, y era un miembro muy querido y respetado en la comunidad.
También estaba, a los ojos del adolescente y virginal Kyle, extremadamente bueno.
Kyle llevaba trabajando con él alrededor de un mes cuando Ian le pidió que se quedara hasta tarde para ayudarle a pensar en nuevas ideas para un festival. No paraba de acercar su silla a la de Kyle y siempre encontraba formas inocentes de tocarlo. Y luego los roces dejaron de ser tan inocentes.
Kyle sabía que estaba mal, pero nunca se había acostado con nadie, y estaba demasiado cachondo y halagado como para que le importara.
Había permitido que su relación secreta continuara durante el verano porque creía todo lo que Ian le decía: que era infeliz en su matrimonio.
Que estaba enamorado de Kyle. Que dejaría a su familia por él.
Que sería lo mejor para todos porque Ian estaba viviendo una mentira.
Kyle, como era joven e ingenuo, creía que aquello era un romance de cuento de hadas.
Que su amor era tan fuerte que aguantaría cualquier cosa.
El secretismo solo hacía que su relación pareciera más importante, como si nadie más pudiera saberlo porque nadie más entendería lo perfectos que eran juntos.
Ian le había hecho creer que Kyle era quien tenía el control.
Que Ian estaba indefenso a su lado, y a Kyle eso le encantaba.
Quería ser irresistible. Quería ser como Helena de Troya y que los hombres importantes se pisotearan unos a otros para ganarse su favor.
Todo se vino abajo cuando la mujer de Ian se enteró.
Había contratado a un detective privado, porque, claro, tenía sospechas; ser director de la asociación empresarial de un pueblecito no era un trabajo que exigiera quedarse trabajando hasta tarde muchos días.
El detective había instalado una cámara oculta en la oficina de Ian, y Kyle e Ian habían dado mucho que grabar.
A Ian lo habían confrontado con las imágenes más explícitas de las grabaciones, junto con la noticia de que su mujer se había ido con los niños.
El chisme se extendió por el pueblo como la pólvora.
Era lo más interesante que había pasado en Shaw en mucho tiempo: una aventura gay. Con un adolescente.
Y así fue como se reveló que Kyle era gay. Ante el pueblo, ante sus amigos y, lo más devastador, ante su familia.
Sus padres le habían asegurado en repetidas ocasiones que no tenían ningún problema con que fuera gay.
Pero él los había avergonzado al provocar un escándalo, y ellos habían considerado que lo mejor era que se marchara del pueblo.
Kyle siempre había sido un estudiante excepcional y lo habían admitido en varias universidades prestigiosas.
Decidió ir a Columbia porque la ciudad de Nueva York le parecía el lugar por excelencia para reinventarse a uno mismo, o para dejarse llevar por la corriente y ya.
Ambas opciones le parecían bien a Kyle en aquel momento.
Sus padres le encontraron un apartamento en Chelsea y le pagaron el alquiler, y Kyle encontró un trabajo a tiempo parcial como camarero en un restaurante para cubrir los gastos.
Nunca volvió a ver ni a saber nada de Ian, y solo veía a sus padres en las contadas ocasiones en que lo visitaban en Nueva York.
—Me dan tantas ganas de darle una paliza a ese tío… —dijo Maria, devolviendo a Kyle al presente—. Debería estar en la cárcel por lo que te hizo.
—Era mayor de edad —replicó Kyle por alguna razón.
—Por los pelos. Es que debería haber una ley contra ese tipo de… manipulación, ¿sabes? Además, era tu jefe. Eso no está bien.
—Ya.
De pronto, ella lo abrazó, algo bastante inusual en Maria.
—Te merecías algo mejor.
Kyle le devolvió el abrazo.
—Es solo que creo —dijo con cuidado— que el desamor y la tentación son una mezcla peligrosa. Si voy a esa fiesta, sé lo que podría pasar.
Maria se apartó para mirarlo.
—Pero ¿qué es lo peor que puede pasar exactamente? Si Eric no está interesado en ti, no vas a, ya sabes, engañarlo para que se líe contigo.
—Me preocupa más el escenario en el que él sí esté interesado en mí.
Ella se apartó y empezó a contar con los dedos.
—No está casado. Al parecer, es un encanto. Y está buenísimo. No veo por qué lanzarte a por él sería malo en tu peor escenario posible.
—Porque al principio siempre va genial con este tipo de chicos. Luego se asustan o lo que sea y salen corriendo. Y entonces yo tengo que volver a recoger los pedazos de mi corazón. No, gracias.
—Bueno, si cambias de opinión…
—No voy a cambiar de opinión —dijo Kyle con firmeza—. Por una vez en mi vida voy a tomar una buena decisión.