Capítulo 6
Ir al gimnasio con Aram era como ir una noche al karaoke con Jennifer Hudson.
Kyle se sentía superado y ridículo cada vez que aceptaba ir a entrenar con su compañero de trabajo con cuerpo de Atlas.
Aram era quizá unos cinco centímetros más alto que Kyle, pero tenía por lo menos quince o veinte kilos más de músculo. Sus brazos parecían arcos de globos.
Kyle observó cómo Aram añadía más peso a la barra antes de colocarse en el soporte.
—¿Por qué no salimos a la calle y cargas un autobús? —sugirió Kyle—. Sería gratis.
—Porque ahí hay menos chicos guapos en camiseta de tirantes —respondió Aram.
Kyle se puso cerca de su compañero, en teoría, para ayudarle mientras hacía sentadillas, pero, si Aram llegaba a perder el control de la barra, esta atravesaría a Kyle, el suelo y, casi con total seguridad, acabaría cerca del centro de la Tierra.
Aram era sin duda uno de los chicos en tirantes que estaban más buenos del gimnasio.
Alto, musculoso y con una belleza cautivadora, con la melena larga y oscura, la barba bien recortada, unos intensos ojos marrones y una sonrisa de infarto.
Resultaba extraño que Kyle y él nunca hubieran tenido nada, pero Kyle pensaba que, si aún no había pasado, ya no iba a ocurrir.
Y, aunque Aram estuviera cañón, Kyle no pensaba en él de ese modo.
Kyle había desviado casi por completo la mirada hacia una de las cintas, donde un hombre mayor con aspecto elegante llevaba media hora corriendo.
Tenía el pelo canoso, pero lo más seguro era que tuviese cuarenta y algo.
Parecía un ejecutivo; un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería.
Kyle se permitió un momento para fantasear con tener a ese hombre debajo de él, suplicando por su polla.
Uuuf. En fin.
Aram terminó la serie y llevó a Kyle hasta unas esterillas donde pudieran estirar un poco antes de ir al vestuario.
—¿De verdad Kip va a seguir trabajando en el Kingfisher? —preguntó Aram mientras se tumbaba bocarriba—. Ahora que está con Scott, digamos que necesidad no tiene.
Kyle se tumbó de lado y ambos se volvieron el uno hacia el otro para hacer los mismos estiramientos de rotación torácica.
—No lo sé —dijo Kyle siendo honesto—. Quizá no.
—Si yo me casara con un millonario, te aseguro que no estaría puto trabajando ahí, te lo aseguro —respondió Aram.
—Él es orgulloso, ¿sabes? No quiere ser un mantenido.
—Dios, pues yo sí. Creo que sería muy feliz si me ganara la vida gastando el dinero de mi marido.
Kyle negó con la cabeza. Sabía lo que era gastar dinero que no era suyo.
Sus padres le habían dado mucho dinero a lo largo de los años (dinero que sabía que podían permitirse sin problemas, pero aun así).
Sin duda, era consciente de la suerte que tenía, pero tampoco podía sentirse orgulloso de ello.
En muchos sentidos, eso le hacía sentir como si no hubiera madurado del todo.
—Algún día llegará tu príncipe, Aram.
—Bueno, puede tomarse su tiempo —dijo Aram mientras sonreía—. Que, de momento, me lo paso bien disfrutando de todo lo que me ofrece la ciudad.
Como si fuera a propósito, un chico joven, en forma y con los brazos completamente tatuados, pasó junto a sus esterillas, lo que hizo que Aram se incorporara y le sonriera.
—Quizá es millonario —bromeó Kyle.
—Igual debería ir a averiguarlo. —Aram rodeó con su sudoroso y musculoso brazo los hombros de Kyle y lo abrazó con fuerza—. Nos vemos luego, ¿vale?
—Buena suerte.
Kyle se dirigió a la fuente para rellenar la botella de agua. Mientras caminaba, sacó el móvil del bolsillo. Tenía un mensaje de Kip.
Kip: Eric Bennett va a hacer una fiesta el jueves. Deberías venir.
Ay, ni de putísima coña. Lo último que Kyle necesitaba era ir a una fiesta organizada por el hombre que no estaba disponible con el que había fantaseado como invitado del tío que tampoco estaba disponible y del que llevaba dos años enamorado en secreto. Eso sonaba a una tortura.
Kyle: Estoy ocupado.
Kip: ¿Haciendo el qué? Sé que no trabajas.
Kyle frunció el ceño al móvil. ¿Qué excusa podía dar? Tampoco era que le debiera nada.
Kyle: He quedado con alguien.
A ver, había soltado una mentira y gorda. Pero le había sentado bien. Lo más probable era que tampoco fuera sano.
Kip: ¡¿QUÉ DICES, en serio?! ¡Qué genial!
Kip: ¡Pues impresiónalo llevándolo a la fiesta en casa de un jugador de la NHL !
Kyle se guardó el móvil en el bolsillo.
Cuando Kyle llegó a casa, había cuatro mensajes más de Kip.
Kip: ¿Con quién has quedado? ¿Lo conozco?
Kip: ¿Lo has conocido en el trabajo?
Kip: Quizá si no os va bien puedes pirarte y venir a la fiesta.
Kip: Maria vendrá. Y creo que a Eric le gustaría que vinieras.
Kyle suspiró y respondió:
Kyle: Quizá para la próxima.
Un minuto después, le sonó el móvil.
—No habrá una próxima —dijo Kip—. ¿Sabes cada cuánto celebra fiestas Eric? No había pasado antes, básicamente. O eso es lo que me ha dicho Scott.
—Entonces supongo que me perderé el evento del siglo. Lo siento.
—Tiene una colección de arte increíble. Deberías verla.
Scott y yo fuimos a su casa nueva hace como un mes.
Hostia puta, Kyle. Su casa es una pasada.
Es tan… sofisticada… Pero no en plan mal, ¿me explico?
Es minimalista y bonita. La verdad es que pega con su personalidad.
Solo fui una vez a su antigua casa y era como una mansión en Long Island.
No pegaba con él. —Hizo una pausa, seguro que necesitaba coger aire, y luego dijo—: Supongo que su mujer tampoco pegaba con él.
—¿Su mujer?
—Sí. Se separaron hace como un año o así. Está divorciado. Por eso creo que esa fiesta es tan importante. Puede que se sienta solo.
Eric estaba divorciado. Ajá. Bueno, eso era algo.
—Y —continuó Kip— no bromeo cuando digo que quiere que vayas. Creo que le caes muy bien. Tenéis cosas en común.
—Ya.
Eric estaba divorciado.
—Ya sé que es, bueno, mayor. Pero suele salir con jugadores de hockey de veintitantos años. Es guay.
—¿Está divorciado? —preguntó Kyle para asegurarse.
—Sí… Ni siquiera acabaron mal. Creo que se distanciaron y ya. Pero Eric es un buen tío. No es la alegría de la huerta, pero es muy buena persona.
—Pues todavía lleva el anillo de casado.
—¿Qué? ¿Ah, sí?
—Sí. Lo llevaba puesto la otra noche en el bar. Y en tu fiesta de compromiso.
—¿En serio? Qué raro. Quizá Scott sepa por qué.
—No se lo preguntes.
—¿Por qué?
—Porque no me interesa. —Kyle suspiró—. ¿Y por qué estoy invitado a eso? ¿Van a ser todo jugadores de hockey?
—¡No! O sea…, casi, sí. ¡Pero Maria irá!
—Para poder mirar a Matti Jalo.
—A ver, la verdad es que todos miraremos a Matti Jalo. Seamos sinceros.
—Yo no, porque no voy a ir.
—Ay, claro. ¿Y con quién has quedado?
—Con un tío. No lo conoces. Da igual. Lo más probable es que ni se presente.
Hubo un silencio y entonces Kip dijo:
—No has quedado con nadie, ¿verdad?
—Que sí. ¿Por qué no me crees? Si soy un partidazo.
Kip se rio.
—Lo sé. Si te soy sincero, espero que sea verdad. Y que sea con el hombre más estupendo del mundo.
—Gracias.
—Pero si no has quedado con nadie…
—Dios, ¿quieres parar? Pásame a Scott. Prefiero hablar con él.
—No puedo. Está en St. Louis.
—Ah.
—Oye, ¿te apetece venir a casa? Estoy superaburrido y solo, podríamos ver una película o algo.
«Hostia puta, ni de coña».
—Ay, no puedo. Lo siento.
—¿Has quedado hoy también?
—Sí. De hecho, ahora mismo estoy montado encima de él. Así que mejor te dejo.
—Qué raro —dijo Kip—. Sobre todo, porque justo estábamos hablando de otra cita tuya para otro día.
Kyle resopló y luego fingió susurrarle al tío al que supuestamente se iba a tirar:
—Perdona si lo de antes te ha molestado. —Luego bajó el tono de la voz y dijo—: Ni siquiera me había dado cuenta de que estás con el móvil, cariño, porque se te da genial montarme.
Kip soltó una carcajada.
—¿Por qué tiene la voz mucho más grave que la tuya?
Kyle también se echó a reír, pero luego se recompuso lo suficiente como para decir con la misma voz grave:
—Porque soy una puta bestia.
—¡Suena como Groot!
Después de eso, ninguno de los dos pudo decir nada durante un minuto. Y, entonces, Maria volvió a casa.
—A ver, ¿qué es tan divertido? —preguntó.
—¿Es Maria? —preguntó Kip, que todavía se reía—. Hostia puta, ¿ha estado en tu habitación todo el rato?
—Oye, que he dado un espectáculo formidable.
—Ajá. —Kip bromeaba, pero sus palabras hicieron que a Kyle se le moviera la polla—. Pásale el móvil a Maria. Quiero hablar con ella.
—No. Que vas a decirle que me convenza para que vaya a la fiesta.
—¿La fiesta de Eric? —preguntó Maria mientras se quitaba las botas—. Eeeh, sí, vas a ir.
—Cuéntale lo de que has quedado —dijo Kip.
—No.
—Venga. Quiero oírte decirle a Maria a la cara que has quedado con alguien de verdad el jueves por la noche.
—Adiós, Kip.
Kip seguía riéndose cuando Kyle colgó. Se volvió hacia Maria, que sujetaba su móvil en alto.
—Kip me ha escrito —comentó—. Dice que te pregunte por qué no puedes ir a la fiesta.
Kyle soltó un suspiro exagerado.
—Le he dicho que había quedado con alguien.
Pero no es verdad. —Lo aclaró antes de que Maria pudiera empezar a acribillarle con preguntas—.
Se me ha escapado sin pensar. Quizá intentaba ponerlo celoso, lo cual es tan triste que me voy a ir a comer una bolsa entera de empanadillas congeladas ahora mismo.
Se dirigió a la cocina y Maria lo siguió.
—En primer lugar —dijo ella—, solo te vas a comer la mitad de las empanadillas porque estoy muerta de hambre. En segundo lugar, ¿por qué no quieres ir a la fiesta?
—No lo sé. Porque no quiero pasarme la noche viendo a Kip mirando con ojos de enamorado a su prometido. Y no quiero estar cerca de Eric.
—¿Por qué no? Espera. ¿Está intentando engañar a su mujer contigo? Menudo cabrón de mierda. Le voy a…
—No. Me refiero a que no está casado. Ni ha intentado nada conmigo. Pero… Me conozco, y, si me tomase unas copas y él me dijera cualquier tontería, acabaría haciendo algo de lo que me arrepentiría.
—Anda ya. No eres tan fácil.
—¿Con hombres así? Ya te digo yo a ti que sí.