Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Ajá. ¿Y sigue fijándose solo en osos?

Maria juntó las cejas.

—¿A Raf le gustan los osos?

—Sí. ¿Recuerdas la última vez que intentaste emparejarme con él? Creo que fue en tu fiesta de cumpleaños, ¿no? Me rechazó con delicadeza, pero no pienso volver a intentarlo.

Era una pena, porque el primo de Maria estaba bueno.

—Vale. Pues Raf no. Pero puede que Raf tenga un amigo que…

—Basta, por favor. Además, el día de Acción de Gracias no es momento para seducir. Es momento de comer una montaña de comida y luego desplomarse en el sofá.

Maria tiró de la cintura del pantalón.

—Yo me he puesto mis pantalones más elásticos. Estoy más que preparada.

—Qué guapa.

Había empezado otro episodio de Guy’s Grocery Games . Lo vieron en silencio un momento y luego Maria dijo:

—Oh, no.

—¿Qué?

—He visto un minuto de este capítulo.

Kyle sonrió al darse cuenta del problema.

—Vaya, pues la hemos cagado.

—Sip. Tenemos que verlo entero.

Se inclinó contra él y dobló las piernas encima del sofá.

—¿Traigo algo de picar?

—¡No! Es Acción de Gracias. ¡Está prohibido comer antes de la cena!

Kyle se rio y decidió dar gracias por la familia que había encontrado en Nueva York en lugar de recrearse en la vergüenza y la rabia que sentía cada vez que hablaba con sus padres.

—No sé cómo se me ha ocurrido, la verdad.

—Voy a dar una fiesta. —La gente recibió la noticia de Eric con un silencio asombrado. Se lo esperaba, así que se apresuró a aclarar—: El jueves es mi cumpleaños, el viernes tenemos el día libre y quiero montar una fiesta. En mi casa. El jueves por la noche.

La idea se le había ocurrido al despertarse esa mañana.

Él, Eric Bennett, celebraría su cuarenta y un cumpleaños —su último cumpleaños como jugador de la NHL — con una fiestaza superdivertida.

Porque, si no lo hacía ahora, ¿cuándo? Tenía una casa para él solo, tenía amigos a los que quería como a su familia y, había que admitirlo, se había pillado un poco de alguien.

Alguien a quien podía apetecerle la fiestaza.

El vestuario de los Admirals siguió en silencio durante unos cuantos segundos más, y entonces Carter dio una palmada.

—¡Fiesta en casa de Benny! —exclamó—. Vamos, chicos, cumple noventa. ¡A desfasar!

La sala se llenó de risas, vítores y bromas.

—¡Genial, Benny!

—¿Aún estarás vivo la semana que viene?

—¿A qué hora es la fiesta? ¿De cinco a siete?

—¿Qué llevamos? ¿Leche con cacao?

Eric fingió enfadarse, pero no pudo ocultar la sonrisa.

—A la hora habitual de las fiestas, capullos. Y tendré un arsenal de bebidas. Traed a vuestra pareja, a vuestros amigos. —Luego, por alguna ridícula razón, añadió—: Traed a los amigos de vuestra pareja.

Los jugadores silbaron y vitorearon. Al equipo le encantaba la fiesta, desde luego.

—Bueno, ¿a qué viene todo esto? —le preguntó Scott en voz baja mientras se quitaba los patines.

—¿A qué te refieres?

—Te conozco desde hace mil años y creo que nunca has montado una fiesta. Pero si casi no vas cuando te invitan.

Eric se desabrochó las tiras del protector del pecho.

—A lo mejor quiero probar algo nuevo.

Era una respuesta absurda teniendo en cuenta que casi todas las puñeteras facetas de la vida de Eric habían cambiado en los últimos tiempos. Su casa era nueva, vivir solo era nuevo, estar soltero era nuevo, enfrentarse a dejar el deporte era nuevo.

Permitirse fantasear con los hombres era nuevo.

Querer hacer algo con eso definitivamente era nuevo.

—Vale, Kip y yo iremos seguro. Y quizá Kip pueda invitar a Maria. Es divertida. Ah, y a Kyle. Vive con él, conque si no trabaja, quizá…

—Claro. Sería guay —lo interrumpió Eric, tal vez con demasiado entusiasmo—. Si no está ocupado. Claro que puede venir. Me gustaría. O sea… Cuantos más seamos, más reiremos, ¿no?

Se estremeció por dentro. «¿Cuántos más seamos, más reiremos?». Por dios, parecía su madre.

—Tenemos que levantarnos medio pronto el viernes —añadió Scott—. Me refiero a Kip y a mí. Vamos a hacer una entrevista para un documental sobre deportistas queer . Van a peinarnos, maquillarnos y todo eso. Kip está muy emocionado.

—Suena genial. —Eric lo decía en serio.

Scott y Kip habían dado muchas entrevistas, habían ido a actos y habían hecho muchas sesiones de fotos desde que su relación había salido a la luz.

Casi se había convertido en un segundo trabajo para Scott y le ocupaba casi todo su tiempo libre.

Pero Scott le había contado una vez a Eric que, antes, invertía ese tiempo en hacer encargos remunerados para sus patrocinadores, y representar y dar apoyo a la comunidad LGBTIQ+ era mucho más gratificante que anunciar cuchillas de afeitar y bebidas energéticas.

—No me ofenderé si tenéis que marcharos pronto de la fiesta. Yo me he ido pronto de un montón de fiestas sin tener motivos, así que…

Scott sonrió.

—Tampoco es que yo fuera un fiestero que digamos antes de conocer a Kip. O sea, sigo sin serlo, pero por lo menos salgo sin estar siempre con miedo a que se me caiga la máscara, ¿sabes?

Buf, vaya si lo sabía. Su situación no era la misma que la de Scott, pero comprendía qué era vivir con un secreto.

Amar jugar al hockey, pero odiar tener que soportar las interminables burlas homófobas.

Tener que fingir que no te las tomabas como algo personal.

Por lo menos, Eric había estado con Holly durante la mayor parte de su carrera profesional.

No se había negado el amor o la compañía por miedo, pero no había sido del todo sincero acerca de quién era.

Scott nunca había tenido ese lujo. Antes de que Scott saliera del armario por fin con sus amigos, Eric ya sospechaba que Scott podía ser gay.

No solo era porque nunca mostrase interés en quedar o follar con mujeres, era la incomodidad que siempre transmitía Scott en las situaciones sociales.

En las conversaciones sobre mujeres en los vestuarios.

Era la tristeza que siempre acechaba bajo su exterior seguro y heroico.

Seguro que la mayoría de los jugadores no se había fijado, pero Eric se había pasado años advirtiéndolo.

Nunca le había preguntado a Scott nada más allá del típico «¿Estás bien?

». Madre mía, qué mal amigo se sentía Eric.

O quizá no era eso, sino solo un jugador de hockey, condicionado para interesarse únicamente por los sentimientos que nacían del deporte o tenían que ver con él.

Fuera como fuese, Eric no había hecho nada para ayudar.

Casi le pareció un acto egoísta el plantearse salir del armario ante Scott en ese momento.

Después de que Scott hubiera hecho todo el trabajo duro él solo.

Habían transcurrido dos años y medio desde que Scott había salido del armario de forma pública como el primer jugador gay de la NHL , y ahora, después de ver cómo su amigo cargaba con ese peso sobre sus hombros, ¿qué quería Eric?

¿Un consejo? ¿Recomendaciones para ligar?

Tenía que encontrar la manera de contárselo a Scott sin sentirse gilipollas.

—Me gustas más cuando te quitas la máscara. —Es lo que dijo en ese momento.

Scott le sonrió de oreja a oreja.

—A mí también.

Le dio una palmada a Eric en el hombro.

—¡Me apetece mucho ir a tu fiesta, Benny! Será genial.

Eric asintió con la cabeza. No le iría mal ser un poco más atrevido. Ser la clase de tío que daba fiestas divertidas y que tal vez abría la puerta, aunque fuera una rendija, para dejar que el caos entrara en su vida.