Capítulo 5
Cuando repasaba mentalmente lo ocurrido, Eric no acababa de decidir qué había sido más humillante: el hecho de que hubiera estado a punto de pedirle tema a Kyle o el modo tan eficaz en el que Kyle le había dado calabazas. Porque ¡cómo no iba a hacerlo! Eric era un vejestorio y aburridísimo.
Incluso si la atracción era mutua, no bastaría para que Kyle hiciera algo tan ridículo como salir con un hombre que probablemente ya iba al instituto cuando él había nacido.
«Salir». Madre mía.
Si Kyle buscaba algo con Eric —y casi con total seguridad no buscaba nada— sería un polvo.
Un rollo de una noche. No era el estilo de Eric, pero llevaba tanto tiempo sin ligar que la verdad era que ya no sabría decir cuál era su estilo.
A lo mejor ahora le encantaban los polvos rápidos.
Desde luego, parecía que sus compañeros de equipo sí se divertían follando sin más.
Y, si Eric no quería un rollo de una noche con Kyle, entonces ¿qué quería? ¿Un novio? No, claro que no. Pero tal vez sí… un amigo. Eric no podía negar que se había sentido muy solo, más allá del tiempo que pasaba con sus compañeros, sobre todo en los últimos meses.
Apartó esos pensamientos mientras entraba en la galería de arte de Jeanette. Quería tener la mente despejada en el momento de contemplar los cuadros.
Cuando entró, Jeanette estaba al teléfono. Lo saludó con la mano y levantó un dedo. Él asintió y empleó el tiempo en quitarse los guantes y sacudirse el frío de encima. Al cabo de un minuto, su amiga se acercó a él con paso decidido.
—¡Eric! —Lo abrazó deprisa y luego se apartó para inspeccionarlo—. Cada vez que te veo estás más guapo. Dime que estás con alguien.
—Nadie.
Jeanette chasqueó la lengua.
—Qué lástima. ¿Has revelado alguna foto hace poco? Creo que las últimas que vi eran las de Gales.
—No. No me queda mucho tiempo para la fotografía durante la temporada de hockey.
Eric se había aficionado a la fotografía hacía años.
Se había dejado un dineral en una cámara de calidad profesional y había pasado buena parte del tiempo libre entre temporadas viajando y haciendo fotos.
No podía decirse que fuese un artista, pero creía que tenía buen ojo y sacaba partido de la misma atención para los detalles que tanto le ayudaba en la pista.
—Desperdicias tu talento —suspiró Jeanette.
Eric chasqueó la lengua al oírlo.
—Hay mucha gente que piensa que mi mayor talento es parar goles.
—Pues qué tontos. —Jeanette movió la mano para indicarle que la siguiera—. Ven. Los cuadros están en la otra sala.
—¿Un joven artista? —preguntó Eric mientras la acompañaba.
—En realidad, no. El artista ya tiene cincuenta y tantos, pero ha entrado hace poco en el mundo del arte. —Le dio un codazo—. Puedes hacerte artista a cualquier edad, Eric.
—Me lo apunto.
—Era técnico electricista, ¿te lo puedes creer?
—Eso le daría una perspectiva distinta del mundo, supongo. ¿Es de Estados Unidos?
—Sueco.
Entraron en la segunda sala, que tenía algunos cuadros apoyados contra la pared, a la espera de que los colgaran. Pero Jeanette lo condujo hasta la pared más alejada, que tenía ya instalados cuatro cuadros más pequeños.
—Pinta paisajes abstractos, y sé que verás al instante lo especial que es su obra.
Eric miró con detenimiento los cuatro lienzos. Eran magníficos, sobre todo contenían tonos oscuros con toques de color más claro, como amarillo y verde. Eran en su mayoría puramente abstractos, pero tenían la estructura suficiente para insinuar un paisaje.
—Son preciosos —dijo el deportista.
—¿A que sí? Pero este de aquí es el que quiero que veas.
Le puso las manos en los hombros y le hizo darse la vuelta para que quedase frente a la pared que tenía detrás. En ella había un lienzo más grande tapado con una tela.
—Prepárate para enamorarte —dijo la galerista antes de retirar la tela.
Eric casi suspiró. El cuadro era una intensa avalancha de azul y negro que parecía decidida a tragárselo en sus profundidades.
—Guau.
—Sobrecogedor, ¿a que sí?
—No puedo dejar de mirarlo.
Jeanette le tocó el brazo.
—Puedo dejarte un rato a solas con el cuadro. Tengo que hacer una llamada. Pero te advierto que tengo a otra persona interesada…
—Lo compro —dijo Eric con la mirada aún fija en el cuadro—. Ya he decidido dónde voy a colgarlo. Es perfecto.
—Maravilloso. La exposición dura hasta enero, pero después es todo tuyo.
Eric no pudo evitar preguntarse, mientras estaba a solas en la galería, qué habría pensado Kyle de los cuadros.
Apenas lo conocía y nunca se había molestado demasiado en buscar una segunda opinión sobre las obras que había comprado, pero de pronto le entraron ganas de que Kyle estuviera allí en ese momento.
¿Habría suspirado Kyle cuando Jeanette había descubierto el cuadro?
¿Se habría puesto tan cerca de Eric que tal vez sus brazos se habrían rozado sin querer?
¿Habría dicho algo provocador y juguetón que habría hecho que a Eric le burbujeara la sangre?
Dios, ¿por qué se había pillado tanto Eric de él?
Quizá sí fuera la típica crisis de los cuarenta.
Faltaba una semana para que cumpliera cuarenta y uno, lo que equivalía a tener cien años en edad de hockey.
El año anterior le había resultado raro cumplir cuarenta justo después de que Holly y él se separaran.
Los cuarenta eran un hito, pero no había tenido muchas ganas de celebrarlo a lo grande.
Sus amigos habían hecho un esfuerzo, pero, cuando un colega está deprimido por una ruptura y no bebe, los jugadores de hockey no suelen saber muy bien qué hacer con él.
Así pues, Scott y Carter habían tenido que aguantar lo que seguro que había sido una cena de cumpleaños muy aburrida y triste con Eric en su restaurante indio favorito.
No confiaba en que la celebración de sus cuarenta y uno fuera mucho mejor. Ya no estaba tan hecho polvo por el divorcio, pero aún se sentía solo y estaba ansioso por el inminente final de su carrera deportiva.
Además, llevaba más de un año sin follar. Incluso con su libido relativamente baja, empezaba a notar la urgencia. La necesidad de contacto humano: un beso, una caricia, lo que fuera. Alguien con quien viajar o, maldita sea, con quien ir al cine.
Alguien con quien ir a galerías y museos. Alguien con una sonrisa hechizadora y unos ojos azules pálidos.
Eric se deleitó algunos minutos más con su cuadro, encantado de haber sido capaz de obtener por lo menos una de las cosas bellas que había deseado esa semana.
Kyle estaba en el sofá viendo Guy’s Grocery Games cuando Maria salió de su habitación la mañana del Día de Acción de Gracias.
—Oh, oh. Emergencia nivel Triple G —comentó—. ¿Te han llamado tus padres o algo?
Kyle se encogió de hombros y fingió estar concentrado en alguien que intentaba preparar una cena de Acción de Gracias solo con artículos de la sección de cereales.
La única razón por la que se había levantado de la cama era porque le había despertado de sopetón la llamada de su madre.
La llamada obligatoria de Acción de Gracias.
Como siempre, había sido tensa y rara; su madre le había hecho algunas preguntas básicas sobre la uni y el tiempo, y Kyle había respondido con cero entusiasmo.
Al principio, se había desesperado por saber de sus padres, la confianza crecía en su pecho cada vez que lo llamaban, pues esperaba que esa fuera la vez en que…
¿lo perdonaran? ¿Le pidieran disculpas? ¿Lo escucharan?
Y luego Kyle había dejado de preocuparse y fin.
Pero las llamadas telefónicas todavía desenterraban toda clase de sentimientos desagradables.
Maria se sentó con él en el sofá.
—Lo siento —dijo.
—Gracias.
No hacía falta decir más. Maria ya se sabía la historia.
—Por suerte, hoy tienes la oportunidad de disfrutar de la mejor celebración de Acción de Gracias de la historia —comentó contenta.
Kyle esbozó una sonrisa al oírlo. Sin duda, los Villanueva daban las mejores cenas de Acción de Gracias del mundo.
—Comeré hasta reventar.
—¡Muy bien! ¡De eso se trata!
Kyle se acurrucó junto a ella y vieron el resto del programa juntos.
—Quiero cambiar mi vida entera —dijo Kyle cuando hubo terminado.
—Guau, sé que Guy’s Grocery Games es inspirador, pero…
—Hablo en serio. Además, ¿qué es mi vida? Estudio una carrera que ni siquiera sé si me gusta. Me he pillado de mi mejor amigo, que tiene novio. No he estado en una relación sana desde… ¿nunca?
—Vale, pero vamos a concentrarnos en lo positivo.
—¿Como qué? ¿Que trabajo en un bar?
—O sea, claro. Tienes un empleo que no odias. ¡Eso ya es mucho!
—En parte sí lo odio. A veces.
En realidad, le encantaba su trabajo. Era, de calle, lo que más le gustaba de su vida. Era solo que a veces se frustraba con la gestión del Kingfisher.
—Sigues estando mejor que la mayoría. Y tienes unas amistades geniales, incluida una compañera de piso de ensueño.
Kyle sonrió.
—Cierto. Continúa.
—Te codeas con jugadores de la NHL .
—Sí, claro. Vale.
—Puede que dependas de la generosidad de tus padres, pero tienes un apartamento de dos habitaciones en Chelsea, tío. Eso no es poca cosa.
—Ya lo sé. Mierda, pues claro que lo sé. Soy un puto privilegiado y es horrible que me queje.
Dios, era muy desconsiderado por parte de Kyle lamentarse de su vida ante alguien que estaba estudiando para aprender a ayudar a algunas de las personas más desfavorecidas de Nueva York. Nunca sería tan buena persona como Maria.
—No pasa nada por quejarse, pero ahora estamos intentando ser positivos. Y eso me lleva al siguiente punto: estás buenísimo. Basta con que vuelques esa virtud en el hombre adecuado.
—Genial. Si alguien quiere decirme quién es el hombre adecuado, le echaré el lazo encantado.
Maria apoyó las manos en los hombros de Kyle y lo miró con fijeza a los ojos.
—No es Kip.
—Ya lo intento, ¿vale? Casi… lo he superado.
—¿Sabes qué te ayudaría? Un chico que no sea Kip.
—Que ya lo sé…
Maria le clavó un dedo en el brazo.
—¿Sabes qué? Rafael estará hoy en casa de mis padres. Creo que sigue soltero.