Capítulo 4 #4
El jugador pareció pensárselo un momento.
—Practico mucho yoga intensivo en casa los días que no tengo partido ni entrenamiento.
—Guau. —Kyle se rio—. ¿Así es como te liberas y te relajas? ¿Con el yoga intensivo?
—Sí.
No había nada juguetón en el tono de Eric, así que Kyle lo dejó correr. Tal vez el yoga fuese divertido para Eric. Tal vez una sesión de yoga intensivo podía transformarse en una mañana de sexo flexible e intensivo con su mujer.
—También iré a ver la galería de arte de una amiga —dijo Eric—. Está preparando una exposición y quiere enseñarme los cuadros antes. Cuando la inauguren estaré de viaje.
—¡Ah, es verdad! Eres un mecenas…
Kyle lo dijo como si se hubiera olvidado por completo de que Eric coleccionaba arte. Era una de las numerosas cosas encantadoras sobre Eric Bennett en las que Kyle procuraba no pensar.
—Compro obras de arte que me gustan —le corrigió Eric—. Es más bien un acto egoísta.
—¿Hay muchos jugadores de hockey que hagan eso? ¿Coleccionar obras de arte?
Kyle ya suponía que no.
—No muchos que yo conozca. No tengo nada en contra de mis compañeros… De hecho, algunos de ellos son mis mejores amigos. Pero no son las personas más cultas del mundo, que digamos.
Por cómo lo dijo, Kyle tuvo la impresión de que cuando Eric iba a galerías de arte y a inauguraciones probablemente fuera en solitario.
—¿Dónde está la galería?
—En Chelsea. Es la galería Saint-Georges.
—¡La conozco! —exclamó Kyle—. O sea, no he entrado, pero soy fan del local de empanadas que hay al lado.
Otra de sus sonrisas anchas y cautivadoras cruzó la cara de Eric.
—¡Córdoba Bakery! Me encanta.
¿Es que no podía parar de ser perfecto?
—Voy muy a menudo. Vivo a una manzana de allí. Las empanadas de ternera picante son como el sexo, por dios…
—Si tú lo dices, me lo creo.
Kyle no pudo contenerse.
—¿Por lo del sexo?
Eric chasqueó la lengua.
—Por la ternera. Soy vegetariano.
Claro, cómo no.
—¡Es fantástico! O sea, fantástico para… el medio ambiente. ¡Y para ti! Y, eh, para los animales. Yo también estoy intentando comer menos carne.
La cara de Eric adoptó esa expresión de tranquila diversión que tanto había encandilado a Kyle en la fiesta de compromiso.
—No me ofende que comas carne. La mayor parte de mis amigos comen.
—Ah.
Eric llevaba la camisa ancha blanca y de tejido arrugado abierta por el cuello, de modo que Kyle tenía una panorámica excelente de su garganta, que era más sexy de lo que debería estar permitido.
Unos cuantos rizos de pelo oscuro en el pecho se veían justo por encima del primer botón que llevaba abrochado.
A Kyle le encantaba el pelo en el pecho.
Y estaba convencido de que Eric debía de tener la cantidad perfecta, y quizá tuviera algunos canosos. Dios, sería irresistible.
—Si quieres, claro —dijo Eric, y Kyle se dio cuenta de que se había perdido por completo lo que le había dicho antes.
—Perdona. ¿Si quiero qué?
—Ir conmigo. A la galería mañana. Jeanette, la dueña, está muy emocionada con esos cuadros y he pensado que igual te apetecía verlos.
Sería tan fácil que Kyle dijera que sí a eso. Era algo normal que dos personas con intereses comunes podían hacer. No tenía por qué significar algo más. Podía ser algo… inocente.
Pero Kyle se conocía. No estaba seguro de cómo era Eric, pero se conocía bien. Pasar un rato agradable a solas llevaría a que Kyle volviera a las andadas. Así pues, en lugar de decirle que sí, respondió:
—Mañana no puedo. Aunque intentaré ir a la inauguración. ¿Qué noche es?
Eric le dio la información, con la palabra decepción escrita por todo el rostro, y Kyle fingió que lo memorizaba.
De pronto, apareció Kip por detrás de Eric. Sonreía de oreja a oreja.
—Sabía que os llevaríais bien, tíos. ¿De qué hablabais?
—De arte —dijo Kyle, y se apartó un paso de la barra y de Eric.
—¿Lo veis? Mejores amigos —dijo Kip—. Pero, esto, Rozanov espera la cerveza.
—Mierda, se me había olvidado —dijo Eric. La cogió de la barra—. Supongo que será mejor que se la lleve.
—¿Quieres hacer mi trabajo? —bromeó Kyle.
—Lo hago fatal, ya ves.
Se dio la vuelta para marcharse, pero Kyle soltó de pronto:
—Eh, oye… —Eric se volvió con expresión de interés—. Si tienes hambre, que sepas que hacemos unas alitas de coliflor buenísimas. Cien por cien vegetarianas.
Eric sonrió como si Kyle acabara de ofrecerse a cumplir su mayor deseo.
—Gracias. Por decírmelo.
Ay, dios. Kyle se moría de ganas de comerse a ese hombre.
Era la mezcla perfecta de confianza y timidez.
Con seguridad en sí mismo, pero tímido sobre lo que quería.
Tanto si deseaba la amistad de Kyle como si deseaba que Kyle cumpliera todas las fantasías gais secretas que pudiera tener el jugador, saltaba a la vista que Eric no tenía la menor idea de cómo pedirlo.
Necesitaba que alguien se pusiera al mando y Kyle estaba más que dispuesto a ser esa persona.
Pero no podía. Por supuesto. Eric estaba casado, seguro que todavía en el armario, y seguro que lleno de remordimientos. Todo lo que Kyle no necesitaba en absoluto en su vida.