Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Si Ilya Rozanov no quitaba el culo de delante de la cara de Eric en ese preciso momento, Eric iba a cortarle las piernas.

El portero lo empujó fuerte en la espalda con la almohadilla de bloqueo.

—Vete a la mierda, Rozanov.

Pero Rozanov —un jugador central espectacular que había sido un quebradero de cabeza para Eric y cualquier otro portero de la NHL durante casi una década— mantuvo la posición.

—Deja de dar por el culo, Rozanov —gruñó Eric mientras estiraba el cuello para ver por encima del hombro de Rozanov.

—Me he enterado de que Hunter se casa —dijo Rozanov como si nada, como si estuvieran comiendo juntos y no en mitad de un partido de hockey en el que iban empatados a uno.

—¿Quieres que te inviten? —preguntó Eric, y le dio otro empujón.

—¿Al evento más aburrido del siglo? No.

Rozanov era un tiarrón y costaba moverlo. Pero Matti Jalo era aún más grande y al final fue a rescatar a Eric.

—Has tardado un huevo —se quejó Eric, pero Jalo ya se había ido detrás de Rozanov.

Al cabo de unos segundos, Rozanov voló hacia la red con el puck . En lugar de volver a meterse en la portería, Eric se desplazó hacia la parte externa de su zona, temerario y retador. «Ponme a prueba, hijo de puta».

Rozanov soltó un tiro de muñeca rápido como el rayo que fue directo a la esquina superior de la portería.

El puck iba rápido, pero Eric lo fue más aún y lo paró, probablemente con más aspavientos de lo necesario.

Ya no le quedaban muchas oportunidades de aumentar su recopilación de momentos memorables.

—Buena parada —dijo Rozanov con tranquilidad cuando pasó patinando por delante de él.

—Pues me quedan muchas más en la recámara.

Rozanov volvió la cabeza y sonrió.

—Lo dudo. Tienes cien años. He oído cómo te crujían los huesos.

—No es eso lo que me dijo tu novia.

Eric sintió vergüenza al instante por haber hecho un comentario tan inmaduro. Pero Rozanov se echó a reír.

—Tendré que preguntárselo —contestó antes de alejarse patinando, sin dejar de reír.

Eric frunció el ceño. Ni siquiera sabía si Rozanov tenía novia.

El partido acabó con un resultado de 3-1 y con victoria de los Admirals sobre Ottawa.

Por norma general, ganar a un equipo que iba tan bajo en la clasificación no habría conseguido que Eric se sintiera tan bien, pero, después de su penosa actuación en el partido anterior, ganar le dio un subidón increíble.

Cuando sonó la bocina del final del partido, levantó los brazos por encima de la cabeza mientras primero Jalo y luego el otro defensa que había en la pista, Brisebois, lo enterraban en abrazos de júbilo.

Carter llegó patinando y golpeó con la parte delantera del casco en la frente de la máscara de Eric.

—Esta noche lo has hecho de puta madre, Benny. Van a volver llorando a Ottawa.

—En realidad se quedan un par de días más por aquí —comentó Eric, porque no podía relajarse y dejar pasar las cosas—. Juegan contra Brooklyn el sábado.

Carter pasó un brazo por encima de los hombros inmensos y cubiertos de protecciones de Eric.

—Puede que les recomiende un bar en el que ahogar las penas.

El vestuario estaba eufórico y con ganas de celebrar después del partido. Siempre era un alivio ganar el último encuentro en casa antes de salir de ruta; con un poco de suerte, el chute de confianza les duraría hasta el partido de Nashville que tenían dos días más tarde.

Eric se sentó a la izquierda de Scott, como siempre, y escuchó cómo le contaba a Carter emocionado la idea de ir a ver a Kip al trabajo esa noche.

A Scott le gustaba de verdad ir a tomar algo al Kingfisher.

Quizá después de esconderse durante treinta años quería recuperar el tiempo perdido saliendo sin miedo a bares queer.

Había sido gracias a Kip. O, mejor dicho, gracias al amor que Scott sentía por Kip.

Este había sido lo bastante intenso para empujar a Scott a salir de su zona de confort y em­prender una vida mejor.

El portero se preguntó cómo debía de ser el amar tanto a una persona que te volvías más valiente.

Te volvías mejor. Ahora Scott se reía continuamente, mientras que antes siempre había sido callado, reservado y estoico.

Apenas había tenido vida social, siempre ponía excusas para no salir de fiesta.

Y, por supuesto, nunca se liaba con nadie. Nunca compartía su vida.

¿En qué se diferenciaba de cómo vivía ahora Eric? Él había compartido la vida con Holly ante todos durante dos décadas, pero, al echar la vista atrás, se había dado cuenta de que en realidad no habían compartido muchas cosas. Una casa. Una cuenta bancaria. Una cama de vez en cuando.

La verdad era que, de entrada, Holly le había gustado mucho.

Venía de buena familia, pero Eric había descubierto que era exageradamente modesta y divertida.

Al principio se habían hecho amigos y luego habían pasado a algo más cuando ella le había preguntado medio en broma si pensaba besarla algún día.

Eric llevaba mucho tiempo dándole vueltas al tema, así que había aceptado la invitación, la había besado y habían formado una pareja que había durado veinte años.

Los padres de ella no se habían emocionado mucho con el novio que había elegido —un jugador de hockey de origen pobre de Canadá—, pero habían cambiado de actitud cuando Eric firmó su primer contrato en la NHL .

Eric todavía dudaba de si había estado enamorado de verdad de Holly.

Incluso cabía la posibilidad de que en el fondo no tuviera la capacidad de amar.

No como Scott amaba a Kip o Carter amaba a Gloria.

El amor que sus compañeros sentían por sus parejas emanaba de ellos, les iluminaba la cara cuando hablaban de esas personas.

Tal vez fuera muy poco frecuente encontrar un amor así y a lo único que pudiera aspirar Eric fuera a una chispa de atracción hacia alguien, a una conversación entretenida.

La charla de Scott sobre el Kingfisher hizo que Eric se preguntara si otro camarero en cuestión también trabajaría aquella noche. Y pensó que quizá le iría bien salir a despejarse un poco.

—¿Vas directo al bar desde aquí? —preguntó Eric.

—Sí. Está más cerca del estadio que de mi casa.

Eric le dio vueltas. Cuando saliera del estadio iría vestido de traje, pero Scott también. Siempre podía quitarse la americana y la corbata antes de entrar en el bar.

—A lo mejor te acompaño —dijo Eric—. Si te parece bien.

Scott pareció sorprenderse, pero luego sonrió de oreja a oreja, con un brillo ilusionado en los ojos azules.

—¡Sería genial!

En realidad, seguro que era una idea pésima.

La semana anterior Kyle había rechazado a Eric de forma bastante obvia y lo más probable era que no le hiciera mucha gracia verlo en su lugar de trabajo.

Pero Eric no pensaba molestar a Kyle; no era tan tonto.

Se limitaría a disfrutar de una noche de tragos con Scott, y, si miraba de vez en cuando a Kyle, no haría daño a nadie.

Eric y Scott compartieron un taxi de una aplicación que les gustaba a los dos.

En cuanto el coche se puso en marcha, Scott empezó a quitarse la ropa.

Primero la americana, luego la corbata, y Eric hizo lo mismo.

Pero, mientras este comenzaba a remangarse la camisa, Scott se la quitó entera y dejó a la vista una camiseta ajustada de color carbón.

Entonces fue cuando Eric se dio cuenta de que los «pantalones de traje» de Scott eran en realidad unos vaqueros negros brillantes.

Cuando lo miró levantando una ceja, Scott sonrió con aire inocente.

—De todas formas, el código de vestimenta es una chorrada.

Eric negó con la cabeza sonriendo.

—¿Cuándo te has vuelto tan rebelde?

—Supongo que cuando Kip se pasó veinte minutos dándome la brasa sobre que a los deportistas profesionales nos exigen que llevemos trajes tradicionalmente «masculinos» para reprimir la creatividad y reforzar las normas de género.

—De acuerdo. —Eric se dejó la camisa puesta, pero se desabrochó un par de botones del cuello—. Es curioso que nunca hablemos de esas cosas en el vestuario.

—Ya llegará —dijo Scott con confianza.

Eric sabía que Scott creía de verdad en que en un futuro no tan lejano el hockey sería tan inclusivo y defensor de la comunidad queer como los bares que frecuentaba.

Eric no estaba seguro de si el futuro de su deporte sería tan de color de rosa, pero si la cultura del hockey cambiaba en algún sentido sería en gran parte gracias al hombre que tenía sentado al lado.

Eric estaba orgulloso de ser su amigo. Y estaría aún más orgulloso de acompañarlo como padrino el día de la boda de Scott.

Pero esta noche Eric estaba nervioso porque en secreto tenía la esperanza de que Kyle trabajara y no acababa de tener claro qué significaba eso.

O qué esperaba conseguir en concreto. De momen­to, lo único que sabía Eric a ciencia cierta era que quería mirar a Kyle.

Desfrutar de cómo le burbujeaba un poco la sangre cuando Kyle le sonreía.

Tal vez fuera triste que la vida sexual de Eric hubiera decaído tanto que ahora sobreviviera de guiños pícaros de un chico que no tenía ningún interés en él, pero algo era algo.

—Esto, eh… —La incomodidad en la voz de Scott captó la atención de Eric—. Creo que esta noche se nos unirá alguien más.

—¿Ah? ¿Quién?

—­Rozanov. Me ha escrito después del partido. Me ha preguntado qué hacía esta noche y se lo he dicho.

Eric se quedó de piedra.

—¿Ilya Rozanov quiere salir contigo esta noche? ¿Para ir a un bar gay?

Scott se encogió de hombros.

—Eso parece.

—Qué tío tan raro.

Scott se rio.

—Es misterioso, no lo niego. Pero creo que es de fiar. ¿Recuerdas cuando se presentó en aquella disco gay de Las Vegas para salir con nosotros de fiesta?