Un mismo objetivo (Game Changers 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

El olor del café animó a Kyle a salir de la cama ya entrada la mañana. Llevaba despierto unos veinte minutos, valorando los beneficios de quedarse tumbado para siempre. Pero entonces olió el café.

Su compañera de piso, Maria Villanueva, hacía un café riquísimo. Era camarera en un Starbucks desde hacía dos años —el último de ellos a media jornada, porque había retomado los estudios— y Kyle estaba encantado de aprovechar toda su experiencia.

—Siéntate —le indicó Maria, aunque intimidaba muy poco con su bata de estar por casa de pelillo morado y unas pantuflas de oso panda.

De todos modos, Kyle obedeció. Su amiga dejó con contundencia una taza de café humeante en la mesa de la cocina y esperó a que él diera el primer sorbo para preguntar—: ¿Qué tal lo lleva tu corazoncito?

Kyle se frotó los ojos con los puños por debajo de las gafas.

—No tengo ni idea de qué hablas.

—Venga ya. Sabes muy bien de qué te hablo. ¿Quieres un bagel ?

—Solo si no son…

—No son de los que llevan jalapeños, mi amor. ¿Las semillas de sésamo también te parecen demasiado picantes?

—Me gusta la comida picante. Pero no cuando acabo de levantarme. ¿Tenemos de canela y pasas?

—No, porque son asquerosos. ¿Quieres que te lo tueste?

Le mostró un bagel con semillas de sésamo.

—¿Son recién comprados?

Maria lo fulminó con la mirada y luego señaló la ropa que llevaba.

—¿De verdad tengo pinta de haber salido de casa hoy por la mañana?

—Tostado, por favor.

Observó a Maria mientras preparaba el desayuno de los dos con la misma actitud que lo hacía todo: con movimientos rápidos y eficientes, moviéndose por la diminuta cocina del piso como si fuera un Starbucks en la hora punta.

—Entonces ¿estás bien? —le preguntó a Kyle—. Porque, de los dos, la que se emborrachó fui yo, pero el que está hecho una mierda eres tú.

—Gracias.

Maria dejó un bagel con queso cremoso muy bien presentado delante de él y se sentó a comer el suyo.

—¿Qué tenías pensado hacer hoy?

—Poca cosa, la verdad.

Maria lo miró con cara de sospecha, a la espera de que Kyle admitiera que necesitaba a una amiga con urgencia.

—Vale, sí. —Kyle suspiró—. De acuerdo. Anoche acabé hecho polvo. ¿Era eso lo que querías oír?

—Si quieres hablar del tema, sí, quiero oírlo.

Kyle fue picando de las semillas de sésamo del bagel .

—Es una bobada. No sé. Tampoco es para tanto.

—¿El qué? ¿Tampoco es para tanto ver al chico del que estás enamorado celebrando que va a casarse con otro?

—No estoy enamorado de Kip —se defendió Kyle—. Solo pillado, ¿vale? Y nunca he tenido posibilidades con él, así que me he pillado para nada.

—Ojalá pudiera llevarte la contraria, pero no puedo. Tienes razón. Te hace falta otra persona con la que obsesionarte.

—Oye, no estoy obsesionado con Kip. Solo… me gusta la idea de Kip. Y de mí. Juntos.

Apartó el bagel y cruzó los brazos encima de la mesa. Luego enterró la cara en ellos.

Maria alargó un brazo por encima de la mesa y le dio unas palmaditas en el suyo.

—Lo sé. Pero ya sabes lo que tengo que decir ahora, ¿no?

Kyle negó con la cabeza, sin despegarla de los brazos.

—No hace falta que lo digas.

—Sí voy a decirlo. Kip y tú no vais a estar juntos. Nunca. ¿Vale?

—Ya lo sé.

—Si a Scott y a él les fueran los tríos o quisieran abrir su relación de algún modo…

—Ay, dios.

—Entonces te diría que igual te proponían algo. Pero esos dos solo tienen ojos el uno para el otro. Tipo, mis padres han renovado los votos de matrimonio dos veces y dudo que sean una pareja tan sólida como Scott y Kip.

Kyle se rio con la cabeza agachada.

—Vale, ya lo pillo.

Maria siempre le hacía reír. Habían entablado amistad a través de Kip, que antes trabajaba con ella en el local de smoothies en el que había conocido a Scott.

Kip había invitado a Kyle a tomar algo con algunos colegas una noche hacía más de dos años y este había adorado a Maria desde el primer momento.

Unos meses después, Kyle se había enterado de que ella tenía que buscar piso y le había ofrecido quedarse en la habitación libre del suyo.

Se suponía que iba a ser algo temporal, pero se llevaron tan bien que Kyle insistió en que se quedara.

—¿Te lo imaginas? —reflexionó Maria—. ¿Cómo sería meterse en medio de ese sándwich?

—Me lo he imaginado tanto que podría escribir una tesis sobre el tema.

—Apuesto a que Scott es un amante muy generoso.

—Para —gruñó Kyle—. Así no me ayudas.

—Supongo que no. Oye, hablando de pillarse de gente imposible, anoche hablé con Matti Jalo durante, tipo, seis minutos enteros.

—¿Los dos solos? —Kyle suspiró—. ¡Ay, madre, la cosa va en serio! ¡Ahora tendrá que pedirte matrimonio!

—Ojalá. Joder… O sea, entiendo que está varias ligas por encima de mí, pero uf. Soñar no hace daño a nadie, ¿no?

—¡No está por encima de ti! Eres maravillosa y muy guapa. Él no es más que un jugador de hockey viejo y grandullón.

—Con genes perfectos y millones de dólares.

—Bueno, sí. Tendría suerte de estar contigo.

—Y hablando de jugadores de hockey ricachones… —Maria se chupó un poco de queso cremoso del dedo y lo soltó con un pop—. Anoche te vi hablando con Eric Bennett, el papi de ensueño.

—Ah, ¿te refieres al tío hetero con una alianza de boda en el dedo? Sí, la cosa prometía. Seguro que me llama en cualquier momento.

—Hetero, mayor y casado. ¿No es así como te gustan?

Kyle le tiró una semilla de sésamo.

—También me gustan gais, jóvenes y comprometidos. Soy muy abierto de mente.

—¿Por qué no le tiras fichas a Aram? Es un amor y está buenísimo.

—Porque es uno de mis mejores amigos y trabaja conmigo.

—Acabas de describir a Kip.

—Sí, pero… —Kyle no tenía claro cómo terminar de forma elegante esa frase, así que en lugar de eso soltó lo primero que se le pasó por la cabeza—: Kip me gustaba antes de trabajar juntos.

O sea, lo vi una noche en el Kingfisher con sus colegas y me quedé hechizado.

Tonteamos un poco y de verdad que pensé que me lo iba a llevar a casa aquella noche.

Pero entonces se fue. Tú estabas la siguiente vez que pasó por el bar. Creo que era su cumpleaños.

—Ay, sí. Esa noche iba superborracha.

—Todos ibais mamados. Y, una vez más, pensé que nos iríamos juntos al acabar la noche. Aunque, claro, resultó que en aquella época él salía en secreto con Scott.

—Y luego está la vez que lo besaste.

Kyle dio un golpe con la cabeza sobre los brazos doblados.

—Sí, luego está la vez que lo besé. —Levantó la cabeza—. Pero en mi defensa diré que su comportamiento me llevó a creer que él también quería. Se presentó solo, se sentó en la barra y se pasó la noche ligando conmigo.

—Emborracharse solo. Signo inequívoco de estabilidad emocional.

—Ya lo sé… Tendría que haberme dado cuenta de que algo no iba bien.

Y, si te soy sincero, lo más probable es que me diera cuenta, pero elegí pasar porque era mi oportunidad.

¡Se fue conmigo! Y entonces lo besé y… —Cerró muy fuerte los ojos, como si así pudiera borrar el recuerdo—.

En fin, me alegro de que ahora seamos amigos.

—Yo también. Pero sobre todo me alegro de que tú y yo seamos amigos.

—Total. Todo el sufrimiento y el bochorno han valido la pena a cambio de que me prepares el café por las mañanas.

—Es lo mínimo que puedo hacer.

Era cierto que Kyle le había ofrecido a Maria un trato bastante tentador.

Como sus padres ricos pagaban el apartamento, Kyle no tenía que cobrarle alquiler a su amiga.

Bastaba con que le ayudara a pagar la comida y las facturas.

Al principio, Kyle pensaba que preferiría no compartir piso, pero se sentía culpable por tener tanto espacio solo para él. Además, se sentía solo.

—¿Qué plan tienes para hoy?

—Esta tarde he quedado con unos compañeros para un trabajo en grupo.

Un año y medio antes, Maria había hecho las pruebas de acceso al cuerpo de policía y las había pasado de sobra.

Al cabo de nada había decidido que quería, según sus propias palabras, «ayudar a la gente de verdad».

En concreto, a las personas inmigrantes, como sus padres.

Así que se había puesto a estudiar Trabajo social en una facultad de la ciudad.

—¿Y tú?

—Puede que me envuelva en una manta y haga una maratón de esa serie de Alyssa Edwards.

Maria se levantó y le dio una palmadita en el hombro mientras iba a dejar los platos en el fregadero.

—Te lo has ganado, colega.

Eric luchó contra el temblor que le recorría el cuerpo al estar en equilibrio sobre los antebrazos. Respiró de forma profunda y controlada y mandó a su cuerpo que se relajara. Su cuerpo, como siempre, le obedeció.

A Eric le encantaba la sensación cuando su cuerpo aceptaba el dolor e iba más allá.

Había empezado a practicar yoga quince años antes para aumentar la fuerza y la flexibilidad en la pista, pero ahora consideraba la práctica diaria un regalo que se hacía a sí mismo.

Le encantaba estar en perfecta sintonía con todo lo que hacía su cuerpo.

Todo lo que le daba cuando él se lo pedía y todo lo que pedía su cuerpo de él.

Había días en los que era capaz de mantener una postura vertical como aquella durante más de un minuto. Pero hoy su cuerpo se resistía.

«Tres respiraciones más», le dijo a su cuerpo.

Últimamente había notado una contractura en el hombro izquierdo (que le habían operado dos veces a lo largo de su carrera deportiva), pero ahora mismo no le molestaba.

Había forzado mucho el cuerpo durante las décadas de parar pucks y sabía que no podría salir airoso sin llevarse algunos regalitos permanentes, pero podía intentar minimizarlos al máximo.

Podía tratar a su cuerpo con el respeto que merecía y controlar lo que se metía dentro y lo que hacía entre partidos.

Una inspiración y espiración más y Eric recogió las piernas estiradas hacia el torso y salió de la invertida. Acabó la práctica, disminuyendo el esfuerzo que le pedía al cuerpo en las últimas posturas y esforzándose por escuchar lo que este le decía.

Eric sabía lo que necesitaba su cuerpo. Ahora se lo pedía con un gemido, pero por la noche prácticamente le gritaba. Hacía un montón que no follaba.

Mientras bajaba a la cocina, no pudo evitar que sus pensamientos volvieran a Kyle. Estaba seguro de que Kyle tonteaba con muchísimos tíos (su trabajo consistía prácticamente en eso), pero Eric no podía evitar que Kyle hubiera absorbido la parte cachonda de su imaginación que casi nunca usaba.

Era absurdo. Kyle era joven y, aparte del coqueteo, lo más probable era que no le interesara en absoluto un viejo como él.

De hecho, Eric estaba seguro de que Kyle estaba coladito por Kip, a juzgar por cómo se había pasado toda la fiesta mirándolo con nostalgia.

La felicidad de Scott y Kip parecía atacar a Kyle como un cuchillo.

Si a Kyle le gustaban los chicos como Kip, Eric no tendría la menor oportunidad.

La menor oportunidad. Dios mío. ¿Oportunidad de qué? ¿Podía saberse qué quería Eric?

Llenó un vaso de agua y se lo bebió deprisa.

Lo rellenó y volvió a meter la jarra en la nevera antes de coger un bol con quinoa para el desayuno que había dejado en remojo toda la noche.

Se puso junto a la ventana de la cocina y miró el tráfico matutino de la calle Treinta y seis mientras comía.

La enorme casa que había compartido con Holly estaba en Long Island y tenía unas vistas espectaculares del río.

Pero Eric prefería esto: un asiento de primera fila para ver el ajetreo de Manhattan.

Esta casa adosada de Murray Hill pegaba más con él en todos los sentidos.

A decir verdad, era una burrada que Eric tuviera una casa adosada de cuatro plantas toda para él.

Se había planteado ir a un piso —quizá un ático, como Scott—, pero la casa estaba en venta en el momento adecuado y Eric no había podido resistirse.

Había trabajado con un diseñador para crear un hogar que transmitiera serenidad y comodidad, a la vez que servía de telón de fondo complementario para su colección de arte.

Eric tenía que admitir que el resultado final era admirable.

Pero nada lo había preparado para lo solo que se sentiría al tener únicamente el arte y los muebles de diseño como compañía.

El móvil, que estaba en la encimera de la cocina, se iluminó. Eric dejó el bol de quinoa vacío junto al fregadero y lo cogió. Era un mensaje de Jeanette, su amiga y marchante de arte. Le había entrado una colección de cuadros de un artista nuevo que pensaba que podía interesarle.

Bueno. Quizá ahí estuviera el cuadro con el que conseguiría tener una vida plena.

Eric: ¿Cuándo puedo verlos?

Acordaron que Eric fuera a la galería el martes, su día libre.

Como siempre, Jeanette no le mandó fotos de ningún cuadro.

Insistía en que la primera impresión del arte debía ser la que se tenía al ver la obra en directo.

Sin embargo, nunca se equivocaba con los gustos de Eric, así que estaba emocionado por ver lo que tenía que ofrecerle.

Kyle estudiaba historia del arte, que era algo en lo que Eric no podía dejar de pensar.

Había cometido el error fatal de conocer datos sobre ese chico.

Ojalá pudiera retroceder al momento en el que no sabía que Kyle estudiaba Historia y arte de la Antigüedad, o que le encantaba la mitología y era genial y fascinante en muchos sentidos.

Una cosa era que tonteara con él un camarero mono y otra muy distinta cuando el camarero mono resultaba ser listo y compartía los intereses de Eric…

Bueno. Había sido una grata sorpresa.

Pensó que podría intentar ligar con Kyle la siguiente vez que se vieran.

Parecía que al chico le gustaba tontear por naturaleza y seguro que a Eric le iría bien practicar con él.

No haría daño a nadie y luego Eric podría utilizar lo que aprendiera cuando por fin se decidiera a ligar otra vez en serio.

Sí, lo único que le hacía falta era práctica, se dijo mientras subía corriendo los dos tramos de escaleras que lo separaban de su dormitorio.

Como deportista, lo tenía comprobado. Practicar algo una y otra vez acababa por dar resultados.

Podría mejorar su habilidad para ligar igual que había mejorado el control de los rebotes en la pista.

Practicaría a ligar, practicaría a salir, practicaría a enrollarse con otra persona.

Con un hombre.

Tal vez.

Pero, primero, a ligar.