Capítulo 2 #3
Mientras él se abrigaba la garganta con la bufanda, Kyle regresó y plantó la pesada bandeja encima de la barra. Se apartó los mechones rubios que le caían sobre la cara y le tapaban un ojo y se los recolocó con los dedos.
—¿Te vas?
—Sí.
Eric miró el reloj, como si la hora fuese la justificación para marcharse de la fiesta en ese momento. Ni siquiera eran las once.
—¿Se te ha pasado la hora de ir a la cama?
Kyle bajó la voz para darle un tono grave y ronco que Eric sabía que pretendía ser provocador, pero que hizo que él diera un respingo.
—No me gusta mucho salir de fiesta.
Lo que Kyle estaba haciendo justo entonces, inclinado contra la barra con los brazos cruzados y un hombro levantado lo justo para que el bajo de la camiseta dejase al descubierto apenas un dedo de estómago plano, probablemente habría funcionado con muchos tíos.
Daba gusto verlo, desde luego. Eric apartó la mirada de la línea de piel pálida y negó con la cabeza mientras se abrochaba el abrigo.
—Recuerdo cuando eras divertido, Benny —dijo Carter.
—No es verdad —dijo Eric tajante.
Carter se echó a reír.
—Ya. En realidad, no me acuerdo.
—Buenas noches, Carter. —Entonces, Eric se dirigió a Kyle—. Me ha encantado hablar contigo, Kyle.
—Lo mismo digo.
Las palabras se escaparon de la boca de Kyle, pomposas y rayando casi en lo ridículo.
A Eric le dio vergüenza el calor que se despertó por debajo de su estómago como respuesta.
Se dio la vuelta y caminó a paso ligero hacia la puerta antes de que nadie se diera cuenta de lo nervioso que se estaba poniendo.
Tenía la obsesión de parecer seguro e inquebrantable en todo momento.
En la calle lo recibió una fría llovizna de noviembre y Eric se arrepintió de no haber llevado algo impermeable en lugar del abrigo de lana de Burberry.
Aunque la lluvia fría fue como un baño de hielo, porque apagó las chispas que recorrían las venas de Eric desde que había puesto los ojos en Kyle esa noche.
La verdad era que hacía un tiempo que se había…
fijado en Kyle. Eric había ido al Kingfisher un puñado de veces a lo largo del último par de años.
Siempre iba cuando Kip trabajaba, en teoría para no dejar solo a Scott, pero en la práctica para quedarse aburrido mientras Scott se dedicaba a contemplar a su novio servir tragos.
La segunda vez que había accedido a ir, Kyle trabajaba en el mismo turno que Kip, y Eric se había sentido atraído por él por motivos que seguía sin saber explicar.
Bueno. En parte sí sabía explicarlo. Desde luego, algo tenía que ver con los ojos azul invernal de Kyle, con sus sonrisas espontáneas y seductoras. Parecía confiado y divertido, muy distinto de los compañeros de equipo de Eric. Era arrollador.
Eric se fijaba en la gente. Siempre lo había hecho. Su capacidad para observar todo y a todos los que lo rodeaban era parte integral de su carrera de portero. Pese a eso, no solía sentirse atraído por otras personas. Aunque, sin duda, Kyle sí le atraía.
Había transcurrido más de un año desde la última vez que Eric había follado, pero no lo echaba de menos.
Las pocas necesidades sexuales que tenía se habían visto satisfechas de un modo u otro.
Pero habían bastado unas cuantas palabras y sonrisas pícaras por parte de alguien joven detrás de la barra para que la libido de Eric reclamara su atención de repente.
En otros tiempos, el hecho de que la persona en cuestión que estaba detrás de la barra fuera un hombre habría aterrado a Eric.
Durante muchos años, había elegido pasar por alto la parte de él que se sentía atraída por los hombres.
Al fin y al cabo, estaba casado con Holly, así que no había motivos para pensar en eso. O eso era lo que se repetía.
Sin embargo, desde que Scott Hunter había salido del armario como gay, las cosas habían cambiado.
Eric había tenido la suerte de ser testigo de primera mano de la felicidad de Scott cuando por fin se había permitido vivir y amar de un modo que siempre le había dado miedo.
Él no era como Scott. Se había enamorado de Holly y nunca se había sentido forzado a ocultar quién era en realidad.
O, por lo menos, no del mismo modo. Simplemente había elegido no mostrarse por completo, porque no le había hecho falta.
Pero desde el divorcio, y ahora que vivía en un mundo feliz en el que sentirse atraído por los hombres no era algo tan impensable para un jugador de hockey, Eric se había permitido fijarse en esa faceta que había enterrado tanto tiempo atrás.
Airearla un poco. Era algo que tal vez le apetecería explorar, ahora que tenía la oportunidad.
Pero ¿cómo? ¿Dónde narices empezaba uno con esas cosas?
¿Con un camarero ligón?
No. Desde luego que no. Kyle era jovencísimo —poco mayor que los rookies del equipo—, así que no era nada apropiado.
Y, peor aún, sería humillante. ¿Hasta dónde quería ser Eric el estereotipo de un tío con la crisis de los cuarenta?
No pensaba salir con un chico que tenía casi la mitad de años que él.
Seguro que había opciones más sensatas y seguras.
Por primera vez en su vida, lo sensato y seguro no le pareció lo más apetecible.