Capítulo 2 #2
Eric asintió pensativo.
—¿También estudiaste Historia del arte en la carrera?
—En el grado me centré en Latín y en Historia antigua, y luego me decanté por un máster en Arte y arquitectura de la Antigüedad.
—Suena fascinante. Qué genial estudiar eso.
Kyle se encogió de hombros.
—No tengo la menor idea de para qué va a servirme luego, pero me gusta aprender.
—A mí también.
Kyle se apoyó en la barra.
—¿Ah, sí? ¿Lees mucho?
Quizá Eric fuera uno de esos deportistas cultos que iban a clases virtuales o escuchaban un montón de pódcasts educativos.
—Me gusta leer. En la universidad estudié Literatura inglesa.
Kyle se quedó un momento sorprendido, pero, al mirar bien al hombre que tenía delante, reconoció que le pegaba más estudiar literatura que ser jugador de hockey.
—¿Dónde estudiaste?
Eric torció los labios de un modo que insinuaba que le daba vergüenza contestar a esa pregunta.
—En Harvard.
Kyle parpadeó incrédulo.
—¿Te has graduado en Harvard?
—Sí.
Kyle se rio. No pudo evitarlo. Se tapó la boca a toda prisa e hizo una mueca de apuro por lo desconsiderada que había sido su reacción.
—¡Perdón! No esperaba esa respuesta.
Por suerte, Eric no se había ofendido.
—No eres la primera persona que se sorprende. Pero puedes mirarlo en mi página de Wikipedia si no me crees.
—Te creo.
Lo que Kyle no podía creer era lo cruel que era el universo por ponerle delante a aquel hombre absurdamente perfecto y absolutamente prohibido.
¿Un hombre mayor que él, atlético y seguro de sí mismo que había estudiado literatura en Harvard?
¡Vamos, no me jodas! Kyle se sintió tentado de decir algo provocador para ver si podía sacudir las aguas tranquilas de Eric.
Solo para ver si sus ojos mostraban incomodidad o deseo.
Una mujer despampanante con el pelo rubio y un don de la oportunidad impecable salvó a Kyle de llevar a cabo algún experimento inapropiado. Pese a todo, notó la mirada de Eric clavada en él durante todo el tiempo que dedicó a prepararle un vodka con gaseosa a la clienta.
—Estás trabajando en la fiesta de compromiso de tu amigo —comentó Eric después de que la mujer se fuera con la bebida.
—Sí. Muy observador, ¿eh?
Dio la impresión de que Eric se quedaba evaluando a Kyle un momento, como si tratara de descifrar de qué palo iba. Había algo en cómo lo miraba Eric que hacía que Kyle se sintiera muy vulnerable. Casi se puso a temblar.
—Bueno, en realidad no estoy trabajando en serio. Es un evento privado y todo el mundo que trabaja aquí está también en la lista de invitados, porque así funciona Kip, pero, como no conozco a casi nadie, pues prefiero echar una mano detrás de la barra.
—Mejor que hablar por hablar con los jugadores de hockey.
Eric esbozó una sonrisilla mientras lo decía.
Kyle se inclinó hacia él.
—Casi siempre.
Eric se quedó callado un momento. Se limitó a mirar con intensidad a Kyle, como si intentara desvelar todos sus secretos con los ojos.
Todavía tenía los labios torcidos en aquella sonrisilla divertida, y Kyle no tenía la menor idea de qué estaba pasando.
Pero su polla quería sumarse a la fiesta.
Su polla siempre se animaba delante de hombres inalcanzables, así que podía irse a la mierda.
—Vale, pues un cóctel sin alcohol —dijo Kyle para romper la tensión que probablemente solo sentía él. Dio una palmada—. ¿Tienes alguna alergia?
—A los gatos —dijo Eric.
Kyle frunció el ceño.
—Vaya. Entonces tendré que cambiar la receta.
Eric se rio de la broma. Tenía una risa cálida y maravillosa. Kyle sintió ganas de arroparse en esa risa como si fuera una manta. «Hetero. Casado», se repetía Kyle. «Hetero, casado y jugador profesional de hockey. Y, además, por lo menos quince años más viejo que tú».
—No tienes que prepararme nada. De verdad —dijo Eric—. De todas formas, enseguida me iré.
Kyle no debería haberse sentido tan decepcionado como se sintió al oírlo.
—¿Estás seguro?
—Sí, eh… —Eric bajó la voz—. Entre tú y yo, quiero mucho a Scott. Y a Kip. Pero creo que llevo celebrando su relación como tres años seguidos.
Kyle sonrió encantado.
—Ah, ya lo sé… Tipo, «Ya lo hemos pillado. Sois perfectos y estáis enamorados».
—Qué asco —coincidió Eric.
Se echaron a reír.
—Ahora en serio —dijo Eric, algo avergonzado por haberse burlado de sus amigos—, me alegro muchísimo por ellos. Sobre todo, por Scott. Hace mucho que lo conozco y…, bueno, digamos que se ha ganado a pulso la felicidad.
Kyle distinguió a Kip y Scott entre la multitud. Scott había pasado el brazo por encima de los hombros de Kip y los dos estaban radiantes.
—Ha encontrado un buen novio —dijo Kyle melancólico.
Cuando volvió a mirar a Eric, advirtió empatía en sus ojos. Lo desconcertaba.
—Estoy de acuerdo —coincidió Eric.
Kyle puso los ojos en blanco, que era el gesto inmaduro que hacía cuando no quería plantearse lo que sentía.
—En fin. Será mejor que recoja los vasos vacíos.
Agarró una bandeja y le guiñó el ojo a Eric a modo de despedida antes de entrar en la marabunta de borrachos.
Eric observó a Kyle mientras se abría paso como podía por el bar abarrotado.
Observó sus caderas estrechas, que se deslizaban por aquí y por allá, esquivando mesas y personas.
Observó sus dedos largos que retiraban botellas y vasos vacíos de las mesas.
Observó cómo se estiraban los labios de Kyle en una sonrisa juguetona cada vez que alguien le hablaba.
Era probable que se hubiera quedado embobado observándolo. Hasta que una mano en el hombro sacó a Eric del trance.
—¿A quién has echado el ojo? —Carter Vaughenn, su compañero de equipo y amigo, había logrado llegar hasta él, aunque no era tarea fácil—. No hay muchas chicas solteras por aquí esta noche, pero no descartaría que Matti fuera un buen candidato.
—Pero ¿qué se te ha pasado por la cabeza?
—A ver, soy hetero. Cien por cien. Y estoy comprometido con Gloria al millón por ciento, pero lo admito: a veces Matti Jalo me llama.
—No estaba mirando a nadie —mintió Eric—. Solo me había quedado empanado un momento.
—Bueno, eso me lo creo. Mientras no pensaras en el partido de anoche, vamos bien. ¡Estamos en una fiesta, Benny!
—No pensaba en eso.
Carter levantó las cejas y luego dio un sorbo a la cerveza.
—Que no —insistió Eric.
—Vale, vale. ¿Te diviertes un poco?
Eric se encogió de hombros.
—Claro. Me alegro de que por fin se casen, ¿sabes?
—Tendrían que haberlo hecho hace un año.
—Creo que esperar es sensato. Primero hay que asegurarse de que alguien es la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida.
—Estoy convencido de que Scotty lo sabía a la semana de estar juntos.
Eric no podía llevarle la contraria. Su propio matrimonio le había enseñado que apresurarse a comprometerse con alguien era mala idea, pero incluso él veía los corazones en los ojos de Scott y Kip cuando se miraban el uno al otro.
—¿Qué tal lo llevas? —preguntó Carter. El brillo pícaro en sus ojos se suavizó y dio paso a algo parecido a la preocupación—. ¿Se te hace duro?
Eric dedicó un momento a reflexionar. Le gustaba plantearse bien cada pregunta antes de responder.
—Un poco. Tal vez. No es que no me alegre por Scott, pero supongo que me ha hecho pensar en mi propia boda.
El toque pícaro reapareció en la mirada de Carter.
—¿Aún te acuerdas después de tanto tiempo?
—Cállate.
—Siempre se me olvida. ¿Conociste a Holly en la guerra? ¿Fue la enfermera que te cuidó cuando te dispararon los alemanes?
—Vale, me voy a casa.
Carter le dio un codazo.
—Ahora en serio. Siento mucho si se te hace duro.
—Ha pasado casi un año. Ya lo he superado. De verdad. No echo de menos a Holly, pero sí echo de menos…
Eric negó con la cabeza.
—¿El sexo frecuente? —intentó adivinar Carter.
—La compañía. —Eric terminó la frase mirando a los ojos a Carter—. Estos últimos años, Holly y yo no hacíamos muchos planes chulos juntos, pero aun así era agradable tener a alguien con quien hablar por la noche. Cuando los dos estábamos en casa, claro.
—Apuesto a que podemos encontrar a alguien a quien no le importaría hacerte compañía… —dijo Carter en un tono que enfatizó el sentido sexual de la palabra.
Eric volvió a mirar a Kyle, cuya bandeja se bamboleaba por el peso de tantas botellas y vasos vacíos.
El jugador advirtió el bulto del bíceps que tensaba la tela de la camiseta blanca.
Tenía una constitución atlética, no hinchada como la del otro camarero, sino delgada y tonificada.
Eric se preguntó si haría deporte o si se dedicaba a ir mucho al gimnasio.
—Creo que me voy a casa —dijo Eric, porque no quitar ojo de encima al chico jovencísimo que trabajaba en el bar sin duda era una señal de que debía marcharse.
—Claro, el vejestorio tiene que descansar —bromeó Carter.
—Sí, eso.
Eric recogió el abrigo largo de lana negra y la bufanda de cachemir en verde oliva del respaldo de un taburete alto.