Un millonario de altos vuelos CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

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La misma fila. El mismo lado. La ventana esta vez, que era lo que había seleccionado hacía semanas cuando todo esto era solo un viaje de trabajo a Londres y yo era una persona que hacía listas y se ceñía a ellas.

Me acomodé, puse la bolsa en el compartimento superior, y me senté con la satisfacción de quien por fin tiene el asiento correcto. La editorial había pagado el billete, primera clase sin negociación, y yo había aceptado con la elegancia de quien sabe que hay batallas que no merece la pena librar.

A mi lado había una señora.

Era mayor, elegante, con el pelo blanco perfectamente recogido y un collar de perlas que no era bisutería. Me sonrió en cuanto me vio llegar, como si pensara que los desconocidos son una oportunidad y no una amenaza.

—Va a ser un vuelo largo —dijo, a modo de saludo.

—Ocho horas —confirmé.

—Yo llevo haciéndolo desde los cuarenta. Ya no me parecen tantas.

Sonreí. Me recosté en el asiento. Miré por la ventanilla el asfalto gris de Heathrow y pensé que Londres había sido muchas cosas en apenas tres días: una reunión que había salido bien, mi librería favorita en Bermondsey, un helado en noviembre junto al Támesis, una noche que no iba a olvidar aunque hubiera preferido poder hacerlo, y una foto en una revista que había resultado ser, como casi todo, más destructiva de lo que parecía a primera vista.

Seguía siendo destructiva. Solo que ahora la complicación tenía nombre y apellido y yo había decidido no querer saber nada más al respecto.

Decisión tomada. Capítulo cerrado. Nueva York me esperaba.

Pensé, como siempre pienso justo antes de despegar, en lo irónico que sería que el avión no llegara a su destino.

No como un miedo real. Más bien como ese pensamiento absurdo que aparece solo en los momentos de agotamiento, cuando el cerebro deja de filtrar.

Tres días de viaje emocional comprimidos en una maleta de mano, y lo que le ocurría a mi mente mientras esperaba el empuje de los motores era calcular la ironía de desaparecer sobre el Atlántico justo cuando la reunión había salido bien y el proyecto estaba en marcha.

Me reí sola, en silencio, mirando por la ventanilla.

La señora de al lado me miró con curiosidad amable.

—Nerviosismo —dije.

—Ah. A mí me pasaba antes. Se va.

—¿Cuándo?

—Cuando tienes algo suficientemente bueno esperándote al otro lado.

No supe qué responder a eso, así que no respondí nada. Volví a mirar la ventanilla.

La azafata llegó antes de que cerraran las puertas.

Se inclinó hacia la señora con una discreción entrenada y le susurró algo al oído. La señora se irguió, miró su tarjeta de embarque, miró el número del asiento, y con una elegancia perfecta se giró y me dijo:

—Vaya. Me comentan que me he equivocado de fila.

—No se preocupe —dijo la azafata—. La acompañamos.

La señora recogió su bolso, me dedicó otra sonrisa, y siguió a la azafata hacia atrás sin ningún drama. Yo la observé alejarse y luego miré el asiento vacío a mi lado.

2B.

Me quedé mirándolo exactamente el tiempo necesario para que algo en el pecho se me reorganizara sin permiso.

—¿Te molesta si me siento?

Levanté la vista.

Caleb Hammer estaba de pie en el pasillo con su bolsa de mano y una expresión no del todo neutral, aunque lo pretendiera. Llevaba el mismo abrigo oscuro. Tenía aspecto de haber dormido poco y tomado una decisión.

Abrí la boca.

La cerré.

—No —dije.

Se sentó.

No hablamos durante el despegue. Él miraba al frente, yo miraba la ventanilla, y Londres fue encogiéndose debajo de nosotros hasta convertirse en una mancha de luz grisácea entre nubes. Cuando el avión alcanzó la altitud de crucero y las luces del cinturón se apagaron, Caleb se giró hacia mí.

—Te busqué ayer —dijo.

No contesté.

—Fui al hotel. Fui a la librería de Bermondsey.

Eso no me lo esperaba. Lo miré.

—¿Fuiste a la librería?

—Me dijiste que era uno de tus sitios favoritos.

Me mordí la lengua.

—No se me ocurrió ningún sitio mejor donde buscar —añadió.

Guardé silencio un momento. Fuera, las nubes tapaban el canal de la Mancha.

—Vi una foto —dije, sin mirarlo—. En una revista. Salíais tú y una mujer. Una actriz. El titular hablaba de una crisis matrimonial.

Caleb no dijo nada durante dos segundos.

Luego soltó el aire despacio.

—Claire —dijo.

—No leí el nombre.

—Mi ex mujer —me miró—. Fui a Londres a firmar el divorcio, Brooke. Eso era lo que iba a cerrar. No supe cómo contártelo sin que sonara a lo que no era, y no quería que lo primero que supieras de mí fuera eso.

Lo procesé.

—¿Lleváis separados mucho tiempo?

—Casi un año. El divorcio ha tardado en formalizarse por cuestiones legales entre dos países. No hay ninguna crisis. Solo una foto de hace meses que los tabloides reciclan cuando no tienen nada mejor, porque la verdad es que no hay más fotos nuestras…

Pensé en la revista en el salón de uñas. En lo rápido que había sacado conclusiones. En los veinte segundos que había tardado en bloquear su número.

—Tal vez debería haberlo leído mejor —admití.

—Debería habértelo contado yo antes.

Hubo un pequeño silencio mientras los hechos se asentaban.

—¿Por qué no lo hiciste? —pregunté.

—Porque llevábamos tres horas conociéndonos en un avión y luego seis horas en un aeropuerto y la noche era buena… y no quería convertirla en una conversación sobre mi fracaso matrimonial —me miró—. Que es lo que parece desde fuera aunque desde dentro haya sido más complicado que eso.

—Todo es más complicado desde dentro.

—Sí.

Lo miré de verdad por primera vez desde que se había sentado. Tenía una marca pequeña bajo el ojo izquierdo que antes no había notado, o que no había mirado con suficiente atención. Caleb Hammer con ojeras era, paradójicamente, más fácil de ver que Caleb Hammer perfectamente compuesto.

—¿Cómo fue? —dije—. Lo de firmar.

—Bien. Más tranquilo de lo que esperaba y más triste de lo que quería. Las dos cosas a la vez.

Asentí. Conocía esa combinación.

La azafata nos trajo dos whiskies con hielo. Caleb ,e puso el mío delante sin preguntar y yo lo cogí sin protestar, que era una dinámica que aparentemente habíamos establecido sin declararlo.

—No sé lo que va a pasar —dijo Caleb, mirando el vaso—. Quiero dejarlo claro desde el principio. No tengo un plan ni una promesa que hacerte. Solo sé que pasé ayer la tarde buscándote por media Londres y que eso me dice algo sobre lo que me importa, aunque todavía no sepa exactamente cómo llamarlo.

Lo miré.

—Eso es o muy honesto o muy aterrador —dije.

—¿Cuál de los dos?

—Las dos cosas. Que es exactamente lo que dijiste tú la otra noche, así que supongo que estamos en paz.

Algo se aflojó en su expresión.

—Dame una oportunidad, Brooke —dijo—. Sin más que eso. Sin saber adónde vamos ni a qué velocidad. Solo seguir conociéndonos cuando lleguemos a Nueva York.

Pensé en la librería de Bermondsey. En él comprando un libro que no buscaba porque necesitaba salir con algo en la mano. En el helado en noviembre. En la manera en que yo había dicho ah cuando me habló del socio y él había tenido que mirar hacia otro lado un segundo.

Pensé en mis uñas perfectas y en la decisión de darme un descanso de los hombres, que había durado exactamente cuarenta y ocho horas.

Pensé en que el miedo y las ganas eran la misma cosa dependiendo del ángulo, y que había pasado demasiado tiempo eligiendo el ángulo equivocado.

—Vale —dije.

—¿Vale?

—He dicho que vale, Caleb. No me lo hagas repetir.

La sonrisa que apareció entonces era distinta a todas las anteriores. La de un hombre que ha esperado algo y no estaba del todo seguro de merecerlo.

Me giré hacia la ventanilla. El Atlántico abajo, negro y enorme y completamente indiferente a todo lo que acababa de pasar en el 2A y el 2B.

—Ocho horas de vuelo —dije.

—Ocho horas —repitió él.

—Creo que la señora que me había tocado me hubiese dado menos la murga.

Se rio.

—Probablemente.

—No roncas, ¿verdad?

—Nunca me lo han dicho.

—Eso no es un no.

—Es lo mejor que puedo ofrecerte ahora mismo.

Aterrizamos en JFK con el sol de Nueva York entrando horizontalmente por las ventanillas, esa luz de primera hora que lo hace todo parecer más nuevo de lo que es.

Recogimos los equipajes en la misma cinta, cosa que ninguno de los dos comentó. Salimos juntos por las puertas de llegadas, con el ruido del aeropuerto abriéndose delante y la ciudad esperando fuera con su prisa habitual.

Me paré un momento.

Caleb se detuvo a mi lado.

Nueva York en noviembre. Los dos con el equipaje de mano y el abrigo de Londres todavía encima y ocho horas de Atlántico detrás.

—¿Y ahora qué? —dije.

Me miró.

—Ahora desayunamos —dijo—. Conozco un sitio.

—¿Sin reserva previa?

—Sin reserva previa.

—¿Buena relación con el jefe de sala?

—Con el cocinero, en este caso.

Le sostuve la mirada un momento. Luego cogí el asa de la maleta y eché a andar hacia las puertas.

—Pues venga —dije.

Y él caminó a mi lado: hacia fuera, hacia el taxi, hacia nuestra querida Manhattan.

Juntos.