Un millonario de altos vuelos CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

CALEB

La primera llamada fue a las cuatro de la tarde.

Tono. Otro tono. Buzón de voz. Una voz automática, no la suya, que me pidió que dejara un mensaje.

No lo dejé. Colgué y miré el móvil un momento antes de guardarlo en el bolsillo.

Volví a intentarlo veinte minutos después. Misma respuesta. Esta vez sí le escribí un WhatsApp: ¿Todo bien? Dos palabras, sin presión, el tipo de mensaje que podría leer cualquiera sin sentirse acorralado.

Nada.

Intenté no darle importancia. Brooke tenía su reunión, su tarde, su vida funcionando en paralelo a la mía. La gente no está pendiente del móvil constantemente, me dije. Yo mismo lo ignoraba durante horas cuando estaba trabajando. Era perfectamente normal.

Pero el mensaje tenía el signo de entregado y no el de leído, lo cual significaba una de dos cosas: que el móvil estaba apagado o que me había bloqueado.

Empecé a considerar la segunda opción con más seriedad de la que me resultaba cómoda.

Pasé la tarde intentando trabajar.

Respondí tres e-mails de los que no eran urgentes y dejé sin responder dos de los que sí lo eran.

Estuve cuarenta minutos en una llamada con el equipo de Nueva York sobre la transición post-venta, tomé notas que no iba a necesitar, y en algún punto de esa llamada me di cuenta de que llevaba diez minutos sin escuchar lo que decían porque estaba pensando en la manera en que Brooke había cogido la carta del restaurante anoche, y en como se había dormido entre mis brazos después de entregarnos el uno al otro.

Terminé la llamada antes de lo previsto.

Cogí el abrigo y salí.

Fui hacia su hotel. En The Hoxton me atendió un chico en recepción que tuvo la cortesía profesional de no parpadear cuando pregunté por Brooke Westlington.

—La señorita Westlington salió hace un par de horas —dijo—. No ha vuelto todavía.

—¿Le puede dejar un mensaje?

Lo pensé durante exactamente tres segundos y decidí que un mensaje escrito en un hotel era demasiado o demasiado poco, no sabía cuál de los dos, pero ninguno era lo correcto.

—No, déjelo, gracias. Mejor no, he cambiado de idea —dije.

Salí a la calle.

Bermondsey estaba a veinte minutos caminando. Así que fui hacia allí.

El mercado estaba recogiendo a esa hora, los últimos puestos cerrando con esa parsimonia de final de tarde, y la librería que Brooke había descrito estaba exactamente donde ella había dicho: al fondo, con el escaparate lleno de títulos en varios idiomas y la puerta entreabierta.

Entré.

No estaba.

Un hombre mayor detrás del mostrador levantó la vista de lo que estaba leyendo y me miró con cierto fastidio.

—¿Busca algo concreto?

—No —dije—. Solo miraba.

Miré las estanterías durante diez minutos, moviéndome entre las estanterías sin ver los títulos, preguntándome si acababa de cruzar media ciudad para buscar a una mujer en una librería que ella me había mencionado de pasada, lo cual era o muy romántico o muy patético dependiendo del ángulo desde el que se mirara.

Compré el ensayo de arquitectura brutalista que había en la mesa de novedades porque necesitaba salir con algo en la mano y ese tenía buena pinta. Salí de allí con el libro bajo el brazo.

Caminé sin destino durante un rato largo.

Por el Southbank, donde la noche anterior habíamos comido helado con el frío encima y ella había dicho que mi vida era bastante distinta a la suya con esa honestidad sin filo.

Por el puente de Blackfriars, donde la había besado en la acera antes de que llegara el taxi.

Por calles que no conocía bien y que Londres fue revelando a su ritmo.

Intenté reconstruir qué había podido salir mal.

La noche había sido buena. No era una impresión mía, era un hecho, ¿no? Había sido buena para los dos y yo llevaba suficiente tiempo prestando atención a las personas como para saber cuándo algo es real y cuándo es una actuación.

Lo de Brooke no era una actuación.

La manera en que su cuerpo había respondido cuando la besé en la acera, los ojos cerrados durante ese segundo extra. La manera en que había dicho ¿subes? desde la acera, sin convertirlo en algo más grande de lo que era.

Esta mañana tampoco había señales distorsionadas. Desayuno, conversación, despedida en la puerta. Normal. Fácil.

Y luego nada.

Me paré en un semáforo y pensé, con cierta frialdad, que tal vez la noche había significado cosas distintas para cada uno.

Que Brooke a lo mejor venía de una ruptura reciente, o que a veces una noche es exactamente lo que parece: una noche, un paréntesis, algo que se cierra solo por la mañana sin necesidad de explicación.

Y más una noche en otro país, en otro continente.

Era una hipótesis razonable.

Y no me gustaba nada.

Sonó el móvil y me sobresaltó. Era Andrews, mi asistente en Nueva York.

—Caleb, dado lo del vuelo de ida, ¿quieres que gestione el regreso en jet privado? Podemos tenerlo listo para mañana por la tarde sin problema.

Lo consideré. Era la opción lógica, la que habría elegido sin pensarlo hace una semana. Subir, sentarme yo solo, cruzar el Atlántico sin escalas ni salas de espera ni terminales vacías a las dos de la mañana.

Sin asientos duplicados. Sin whiskies compartidos. Sin apariciones inesperadas a mi lado..

—No —dije—. Tomaré el vuelo regular. Como tenía previsto.

Hubo un silencio breve al otro lado.

—¿Seguro? Después de todo el lío de la ida, pensé que preferirías…

—Andrews.

—Sí.

—El vuelo regular, tal y como estaba previsto. Gracias.

Colgué.

No me pregunté demasiado por qué había dicho que no.

Lo sabía. Era una lógica completamente irracional que no resistía ningún análisis serio, pero ahí estaba: la posibilidad mínima, casi ridícula, de que Brooke Westlington también volviera en ese vuelo.

De que el mismo error del sistema que nos había juntado a la ida decidiera hacer algo útil por segunda vez.

Era una probabilidad absurda.

La consideré de todas formas.

Volví a mi hotel caminando por Piccadilly cuando ya había oscurecido del todo.

Los anuncios luminosos de la zona estaban encendidos, la calle llena de gente con prisa, ese ruido sordo de ciudad enorme que funciona igual de noche que de día. Iba mirando el suelo con las manos en los bolsillos cuando lo vi.

Una lona enorme en el lateral de un edificio. Una campaña publicitaria para una nueva serie de la BBC. Una producción importante, a juzgar por el tamaño. Y en el centro, con esa luz que convierte las fotografías publicitarias en algo entre el arte y la propaganda, Claire.

Guapa. Triunfal. Con esa expresión innata de quien sabe exactamente el efecto que produce.

Me detuve.

La miré durante un momento. A ella, a mi ya ex esposa.

Y no sentí nada especial. No la punzada que a veces aparece sin avisar cuando uno ve a alguien con quien compartió años y camas y conversaciones a las tres de la mañana.

Ni el peso familiar de lo que podría haber sido.

Solo el reconocimiento neutro de una cara conocida, como cuando ves en la calle a alguien con quien fuiste al colegio y te alegra comprobar que les va bien.

Eso era todo.

Cuatro años, y eso era todo lo que quedaba de nosotros. No era tristeza. Era más bien, pensé, la confirmación de que habíamos hecho bien en terminar, los dos, aunque el camino hasta llegar a esa conclusión hubiera sido más largo y más torpe de lo necesario.

Seguí caminando.

Llegué al hotel, subí a la habitación, dejé el abrigo y el libro de arquitectura sobre la silla, y me senté en el borde de la cama con el móvil en la mano.

Sin mensajes de Brooke. Sin llamada perdida. Sin nada.

Volví a intentarlo una última vez. Esta vez ni siquiera llegué al buzón de voz: la llamada no conectó, y eso, más que cualquier otra cosa, confirmó lo que llevaba horas sospechando.

Me había bloqueado.

Por qué, no lo sabía. Pero lo había hecho.

Me quedé sentado un rato sin encender la luz, con Londres ahí fuera a su ritmo de siempre, preguntándome qué había podido pasar entre las nueve y cuarto de la mañana y el momento en que dejé de existir en su teléfono.

Si había sido algo que dije. Algo que no dije. Alguna señal que había dado sin saberlo y que ella había leído de una manera que yo no había pretendido.

No llegué a ninguna conclusión útil.

Al final encendí la lámpara, abrí el libro de arquitectura en cualquier página, y leí la misma frase cuatro veces sin retener ninguna de las palabras.

Mañana tenía el vuelo de vuelta.

Regular, como tenía previsto. Por si acaso.