Un millonario de altos vuelos CAPÍTULO 8
73%

CAPÍTULO 8

brOOKE

Caleb había pedido el desayuno a la habitación, cosa que yo no le había pedido que hiciera y que sin embargo agradecí enormemente.

Comimos sin prisas, hablando de menudencias, con esa sensación de que todo iba bien y ninguno de los dos quería ser el primero en convertirlo en algo que requiera conversación seria.

—¿A qué hora es tu reunión? —preguntó.

—A las once.

—¿Nerviosa?

—Menos que ayer. Lo cual no sé si es buena señal.

—Es buena señal.

Se levantó a recoger su abrigo, y yo me quedé sentada en el borde de la cama observando ese modo de moverse por los espacios, como si los hubiera calculado de antemano. Era guapo de una manera que resultaba casi inconveniente a las nueve de la mañana con luz natural.

En la puerta se giró.

—Te llamo luego.

—Vale —dije.

Sin más. Sin concretar cuándo, sin preguntar qué significaba luego exactamente. Los dos teníamos cosas que hacer y el día esperaba fuera con su agenda propia, y hubo algo en esa despedida casual que me pareció bien y me inquietó a partes iguales.

Cerré la puerta y me quedé un momento apoyada en ella.

¿Y si esa era la última vez que había visto a Caleb Hammer?

Me reí. No. Imposible.

Luego me duché, me vestí, y decidí no pensar en nada que no fuera la reunión.

Las oficinas de Meridian Press estaban en Clerkenwell, en uno de esos edificios que por fuera parecen un almacén reconvertido y por dentro está decorado a la última.

Me recibió una chica joven con acento escocés y una sonrisa muy profesional, me llevó a una sala con vistas a un patio interior, y me dejó con un café y mis notas durante ocho minutos exactos antes de que entrara James Okafor.

Okafor dirigía la división europea de Meridian y tenía fama de no perder el tiempo con proyectos en los que no creía, lo cual era o una garantía o una amenaza dependiendo del lado en que te encontraras.

Me puse del lado correcto en los primeros diez minutos, cuando presenté la colección y él empezó a hacer preguntas que no eran educadas sino reales, del tipo que solo se hacen cuando algo te interesa de verdad.

Dos horas después salí a la calle con un acuerdo preliminar, una fecha para la propuesta formal, y el poso que dejan las cosas que salen bien cuando llevas mucho tiempo trabajando para que salgan.

Me detuve en la acera y respiré el aire frío de Clerkenwell.

Saqué el móvil para mirar la hora.

Tenía una llamada perdida.

El nombre en la pantalla era Hayden.

Uf, pensé.

Lo miré durante tres segundos, lo guardé en el bolsillo, y seguí caminando.

No tenía nada que decirle a mi ex y tampoco tenía ganas de averiguar qué tenía él que decirme a mí.

Ese capítulo estaba cerrado o estaba cerrándose, que era lo más honesto que podía decirme a mí misma, y además hoy no era el día para abrirlo.

Busqué el nombre de Caleb en el móvil casi sin pensarlo.

Sin notificaciones. Sin mensajes. Sin llamada perdida.

Te llamo luego , había dicho. Pero luego podía ser cualquier cosa. Podía ser esta tarde o podía ser una de esas frases que la gente dice en los umbrales de las puertas porque llenar el silencio con algo concreto resulta más fácil que no decir nada.

Guardé el móvil.

Seguí andando.

Me di cuenta de que me estaba mordiendo las uñas cuando llevaba ya un buen rato haciéndolo, sentada en un banco frente a la Tate Modern con el río delante y los pies cansados.

Era un hábito horrible que había conseguido abandonar hace años y que volvía con puntualidad irritante cada vez que algo me sacaba del sitio donde creía estar.

Me miré la mano.

Desastre.

Había un salón de uñas a dos calles que había visto por la mañana al salir del hotel. Me levanté del banco. Necesitaba hacer algo concreto con las manos para no seguir pensando.

El salón despedía un intenso olor a acetona y sonaba una música muy agradable que no era de ningún género identificable.

Me senté, elegí un color burdeos que me pareció suficientemente londinense para la ocasión, y acepté la taza de té que me ofrecieron, porque estaba en Londres y el té era lo correcto.

Había una pila de revistas en la mesita lateral. Las cogí sin mirarlas, las hojeé sin leerlas, y en algún punto entre la segunda y la tercera me detuve.

La foto ocupaba media página.

Una mujer muy guapa, rubia, con ese tipo de pómulos que solo existen en actrices británicas de cierta generación.

El pie de foto la identificaba: Claire Wentworth, conocida por una serie de la BBC que yo no había visto.

El titular hablaba de una crisis de pareja, de rumores, de una separación que llevaba meses gestándose según fuentes cercanas.

Y a su lado, en la foto, un hombre que intentaba cubrirse la cara con la mano.

No hacía falta.

Lo reconocí por los hombros. Por la manera de estar de pie. Por el abrigo oscuro que era el mismo que había llevado ayer junto al Támesis mientras comíamos helado en noviembre como si fuera lo más normal del mundo.

Era Caleb.

Me quedé mirando la foto el tiempo lo suficiente como para que la chica que me hacía las uñas tuviera que pedirme dos veces que no moviera la mano. Y no es que la moviese, es que me temblaba.

Millonario americano , decía el texto. Empresario de perfil discreto . La pareja atraviesa una seria crisis desde el verano.

No leí más. No necesitaba leer más.

Cerré la revista y la dejé en la mesita, descompuesta.

Salí del salón con las uñas perfectas y el corazón roto; y toda esa rabia y vergüenza propia de cuando una descubre que ha sido exactamente tan ingenua como prometió no volver a ser.

Casado, joder.

Estaba casado.

O lo había estado, o lo estaba todavía, o estaba en ese territorio gris que los hombres como él llamaban en proceso cuando lo que querían decir era no del todo libre pero tampoco del todo ocupado , que era la versión más conveniente para ellos y la más cara para quien estuviera al otro lado.

Voy a cerrar algo en Londres.

Claro. Qué conveniente. Qué elegantemente vago.

Saqué el móvil. Busqué su nombre. Vi que había una llamada perdida suya de hacía quince minutos, mientras yo estaba dentro con las manos extendidas sobre la mesita y la revista delante.

La miré.

Luego bloqueé el número.

Y por último lo borré, para evitar cualquier tentación absurda.

Tardé exactamente veinte segundos en culminar toda esa purga y cuando guardé el móvil en el bolsillo del abrigo me sentí más fría y más cansada de lo que me había sentido en todo el viaje.

Bastante había tenido con Hayden, con tres años invertidos en alguien que al final había “necesitado espacio”, que era otra manera de decir que no me necesitaba a mí. No iba a añadir esto encima.

No iba a complicarme la existencia con un hombre casado con una actriz de la BBC, encima.

Eché a andar sin dirección durante un rato, dejando que las piernas decidieran mi camino, y al cabo de veinte minutos me encontré en Bermondsey casi sin haberlo buscado.

La librería estaba al fondo del mercado, como recordaba, con el escaparate lleno de títulos en tres idiomas y la puerta entreabierta a pesar del frío. Entré.

Empecé a mirar a ver si encontraba algo interesante sin criterio ni intención. Cogí un título, lo devolví, cogí otro. Una novela gráfica belga. Un ensayo sobre arquitectura brutalista. Una reedición de Penelope Fitzgerald con una cubierta que era un objeto en sí mismo.

Me quedé con los tres.

Pagué, los metí en mi bolso, y me senté en el banco de madera que había junto a la ventana.

Fuera, el mercado recogía sus puestos con esa calma de las tardes de entre semana.

En aquella librería, en aquella ciudad, nadie me conocía ni tenía ninguna expectativa sobre mí.

Fantaseé un poco con la idea de dejar Nueva York atrás e instalarme allí, a trabajar en mis libros.

Era exactamente lo que necesitaba.

Me dije que la reunión había ido bien. Que tenía tres libros nuevos y las uñas perfectas y un día más en Londres antes de volver a Nueva York a construir algo que era completamente mío.

Me lo dije con bastante convicción.

Casi me lo creí del todo.