EPÍLOGO
CALEB
Un año después…
La cocina huele a quemado, y eso significa que Brooke está perpetrando algo que no está en su repertorio habitual.
—No es lo que parece —dice sin girarse, plantada delante del horno con un trapo en la mano y una expresión que sugiere lo contrario.
—¿Y qué parece?
—Un incendio.
—Vale.
—Pero no lo es.
Abro la ventana de la cocina de todas formas. Brooke saca una bandeja con algo que en algún momento aspiró a ser un bizcocho y que ahora tiene la consistencia y el color de un objeto geológico.
—Es para la editorial —dice—. Hoy es la celebración del primer aniversario de la colección y se me ocurrió que estaría bien llevar algo hecho en casa.
—¿Por qué?
—Porque James dijo que parecíamos demasiado corporativos en la fiesta de Navidad y quise compensarlo.
—Comprando algo en una pastelería.
—Eso iba a hacer. Y luego pensé: no, voy a hacerlo yo, va a quedar perfecto, va a ser un detalle.
Miro el bizcocho.
—Es un detalle —digo—. De algo.
Me lanza el trapo. Lo cojo al vuelo.
Tiramos el bizcocho. Compramos uno en la pastelería de la esquina, que es exactamente lo que Brooke había planeado hacer al principio antes de que la ambición se le cruzara por el camino, y vamos andando hacia las oficinas de Meridian en Manhattan con la caja entre los dos como si fuera algo frágil que requiriera supervisión conjunta.
—No le digas a nadie que lo compramos —dice.
—No tengo ningún interés en hablar de bizcochos con tus compañeros de trabajo.
—James preguntará. Siempre pregunta.
—Le diré que es una receta de familia.
—¿De qué familia?
—La mía. Mi abuela hacía bizcochos así.
Brooke me mira.
—Tu abuela tenía servicio doméstico para eso.
—No le hace falta saber ese detalle.
Se ríe, ese sonido limpio y sincero que sigue siendo mi favorito después de un año de escucharlo casi todos los días, y ajusta el agarre de la caja con el codo mientras esquivamos a un grupo de turistas plantados en mitad de la acera mirando un mapa.
La fiesta de la colección es en la sala grande de Meridian, con un vino que no está mal y canapés que están mejor, y Brooke pasa la primera media hora siendo la persona del momento, que es exactamente lo que se merece después de un año en el que sus libros han hecho todo lo que ella dijo que harían y algunas cosas más. Ha sido todo un éxito.
La observo desde un rincón con una copa de vino mientras habla con dos editores escandinavos sobre derechos de traducción, gesticulando con esa energía que tiene cuando algo le importa de verdad, y pienso que hace un año, en este mismo mes, estaba sentado en un avión rumbo a Londres sin saber que mi vida estaba a punto de reorganizarse por completo a causa de un error administrativo de una aerolínea.
James Okafor se acerca con su copa y su acento british.
—Caleb. Qué tal.
—Bien. ¿Y la colección? Me he enterado de que ha ido muy bien…
—Mejor de lo que proyectamos. Brooke tenía razón en todo. Es hasta molesto, en realidad. Nunca se equivoca y lo sabe.
Se rio.
—Lo sé. Vivo con ello.
—¿Cómo lo llevas?
—Con paciencia y vino.
James se ríe de nuevo y se va a saludar a alguien más importante que yo, que en esta sala es prácticamente todo el mundo, y me quedo otra vez solo con la copa hasta que Brooke aparece a mi lado.
—¿Aburrido?
—Para nada. Estaba pensando en lo que va a pasar cuando alguien pruebe el bizcocho.
—Nadie va a probar el bizcocho. Lo he escondido detrás de las galletas.
—Brooke.
—¿Qué?
—Es una caja de pastelería. Tiene el nombre de la pastelería impreso en la tapa.
Se queda quieta un momento.
—Mierda —dice, y va directa hacia la mesa de los postres con una decisión y un ímpetu que conozco bien.
Más tarde, cuando la fiesta se vacía y solo quedan los que de verdad quieren quedarse, salimos a la calle.
Noviembre en Nueva York tiene un frío distinto al de Londres, más seco, más directo, y Brooke se sube el cuello del abrigo con ese gesto rápido que ya me resulta tan familiar como mi propio nombre.
—¿Cena? —digo.
—Tengo hambre, pero nada de Michelin, por favor. Llevo tacones desde las seis.
—Hay un sitio a dos manzanas. Sin Michelin. Sin reserva.
—¿Sin relación especial con nadie del personal?
—Esta vez no.
—Increíble. Has aprendido.
Caminamos hacia allá. El restaurante es pequeño, ruidoso, con las mesas demasiado juntas y una carta escrita a mano que no ha cambiado en años, a juzgar por las manchas. Nos sientan junto a la ventana y pedimos sin mirar demasiado, porque ya sabemos lo que es bueno aquí.
—¿Sabes qué día es hoy? —dice Brooke, mientras nos traen el pan.
—Jueves.
—Caleb…
—¿Qué?
—Hace justo un año, hoy, estábamos sentados en un avión discutiendo por un asiento.
Tiene razón. Hace exactamente un año, en esta misma fecha, estaba con un café en la mano viendo a una mujer plantarse junto a mi asiento con la tarjeta de embarque en la mano y una expresión que decía con toda claridad que no iba a moverse hasta resolver el malentendido a su favor.
—El 2A —digo.
—Mi asiento.
—Técnicamente el mío también.
—Técnicamente nada. Lo elegí yo, con mi propio dedito, en la pantalla de selección de asientos, cuatro semanas antes.
—¿Sigues con eso?
Había oído esa frase docenas de veces.
—Voy a seguir con eso el resto de mi vida.
Sonrío. El camarero trae el vino y Brooke lo prueba con esa seriedad falsa que articula siempre, como si fuera a rechazarlo, y luego asiente con un gesto pequeño de aprobación.
—¿Te arrepientes de algo? —pregunto.
—¿De qué exactamente?
—De todo esto. De este año.
Brooke se queda pensando, mirando el vino, y por un momento me preocupa haber formulado la pregunta mal, en el momento equivocado, en el sitio equivocado.
—Me arrepiento de una cosa —dice al final.
—¿De cuál?
—De no haberte preguntado tu nombre completo aquella noche en JFK. Me hubiera ahorrado la sorpresa de descubrir que te llamas Caleb Theodore Hammer.
—Eso no venía en ningún documento que hayas visto.
—Vi tu pasaporte. En el aeropuerto de Londres, cuando lo dejaste sobre la mesa para pagar el café.
—Eso es espionaje.
—Más bien curiosidad. Hay una diferencia.
—¿Cuál?
—La curiosidad es más entrañable.
Levanto mi copa.
—Por la curiosidad, entonces.
Brooke levanta la suya y la choca contra la mía con ese gesto despreocupado que tiene para todo, como si los brindis importantes y los sin importancia merecieran exactamente el mismo cuidado.
—Por el 2A —dice—. Y por el error de la aerolínea que, oficialmente, nunca voy a perdonarles.
—Oficialmente.
—Extraoficialmente les debo bastante.
—Igual deberías escribirles una carta.
—Igual deberías callarte y pasarme el pan.
Le paso el pan. Fuera, Nueva York sigue con su ruido de siempre, la gente cruzando con prisa, los taxis amarillos deteniéndose y arrancando, y dentro, en esta mesa pequeña junto a la ventana, todo está exactamente donde tiene que estar.
Me levanto por encima de las copas y me inclino para besarla. Y solo espero poder repetir ese gesto millones de veces.
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